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    Haciendo boca

    Parece que vuelve al país el héroe uruguayo que sobrevivió cuatro meses extraviado en Los Andes, en el incidente que podríamos llamar: “el milagro hermano menor sin atractivo del Milagro de los Andes”.

    Lo primero que me llamó la atención en su momento fue el poco efecto que nos causó su desaparición. No nos impactó mucho emocionalmente como sociedad, estuvo ¡cuatro meses! perdido en Los Andes y ni nos mosqueó; después apareció y hablamos durante dos o tres días, para volver a olvidarlo. Raúl Fernando Gómez Circunegui, te tenemos que decir, hermano, que nos olvidamos completamente de tu existencia; en orden de interés quedaste notoriamente abajo de: Luis Suárez, las cartas de Amodio, el calor, la tormenta (¿tuvimos tormenta este año?), el casamiento gay, el porro, Siria —el uruguayo se sensibilizó mucho con Siria, sobre todo cuando se decía que iban a invadir los estadounidenses; los 150.000 muertos que lleva la guerra civil no concitan atención ni sensibilidad alguna—, los viejos que vienen en los cruceros —es ya como un fetiche que tenemos, los informativos van a hacerle notas y todo—, la gallina inflable de Nacional y hasta hubo más preocupación social por la situación humana de Snowden y la de Assange que sigue en la Embajada de Ecuador en Londres alimentándose a bananas. Pero no estamos acá para hablar de Assange; estamos acá para hablar de… ¿de quién estábamos hablando?

    ¡Ah!, perdón Circunegui, me olvidé, ¡de nuevo! Debe ser algo en el nombre que de alguna forma misteriosa lleva a que uno se olvide de su existencia. ¿No es para descostillarse de la risa? Creo que ni una página de Facebook le hicimos, nada.

    Quiebro una lanza por nosotros: como segunda parte de la historia del verdadero y original Milagro de los Andes, es bastante floja. El tipo va a un encuentro de motoqueros en Chile, a la vuelta se le rompe la moto y decide cruzar a pie (ni menciono las sospechas derramadas sobre su honor por sus parientes chilenos, por las cuales estuvo detenido hasta hace poco). El guionista de Dios escatimó en condimentos y nosotros ya vivimos la otra, la primera, la fuerte; no sólo eso: vimos la película, leímos el libro, vimos las entrevistas a los sobrevivientes, todas, desde Chichita hasta la BBC. Pobre Circu, ahora que pienso tampoco creo que su experiencia tenga mucha pegada en el mercado de conferencias empresariales, que es lo que te da Dios en recompensa por haberte soltado en la cordillera solo y desamparado.

    Así y todo, es una prueba más de lo que produce la cordillera de los Andes en la fibra del uruguayo. Es increíble. Nos tendríamos que ir a vivir allá los tres millones; capaz que nos transformamos en un pueblo pujante con iniciativa propia. A lo mejor lo que nos falta para salir de este pelotudismo crónico que padecemos como colectivo son montañas y nieve. Está claro que saca lo mejor de nosotros; no digo que nos transforme en japoneses, pero ayuda. El hombre logró sobrevivir —¡cuatro meses!— alimentándose de azúcar, pasas de uva y ratas, que pudo cazar a partir de una trampa casera que construyó él mismo. Esa dieta, entre otros problemas, debe dar una sed de campeonato, te levantás en la mitad de la noche y si tenés que pelear a un oso por un vaso de agua lo hacés sin pestañear.

    Está claro que yo me hubiera muerto a la semana, pero yo no me puedo ubicar en esa situación ni desde la abstracción. Casi no salgo de mi apartamento, así que debo estar más cerca de levitar que de extraviarme en las montañas. Me da miedo meterme en un shopping un sábado de tarde; imagínense lo que puedo sentir en la Cordillera de los Andes. Lo mismo pero a la inversa.