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    Haciendo boca

    Como decíamos en nuestra anterior ponencia de Estándar and Pobres (“la única consultora/encuestadora que no le importa lo que diga la gente”, ese es nuestro eslogan), estas elecciones las va a ganar Tabaré Vázquez, en balotaje. Primeramente porque como país nos toca cambiar el modelo de viejo -tal como explicamos en la ponencia pasada, edición del jueves 4/9-, y segundamente porque, aunque se niegue a admitirlo y sus padres sufran cada vez que revisan la cuenta de lo que está gastando en publicidad, a Lacalle Pousito no le conviene ganar.

    Sería un error político propio de un joven inmaduro y bastante torpe apostar a ganar estas elecciones, que están especialmente hechas para que Tabaré Vázquez se quede con la escoba cuando se acabe la música de la bonanza. Gobernar en el próximo período (2015-2020) es comerse la parte blanca de la sandía, es tomarse el final de la coca cola de 2 litros y medio, es entrar en los últimos 10 minutos de una orgía que lleva 48 horas de duración. Todos sabemos que ahora viene la bajada económica, el ajuste –público, privado, o de ambos al unísono, da igual-, y bueno sería que le tocara como presidente a un muchacho de 43 años que habla como si tuviera un scon atravesado en la glotis, joven —ambos, el muchacho y el scon en la glotis— y del Partido Nacional, que es un partido poco acostumbrado a gobernar (seamos honestos: los blancos se autodenominan “los garantes de la democracia” con toda razón: siempre pierden). Tragarse la bajada después de más de 10 años de crecimiento casi eufórico, y ser la cara visible de ese descenso y el recorte correspondiente, con el FA re-estrenando su condición de opositor y el Pit-Cnt fuerte y millonario como está (según nuestros cálculos, basados en medir la publicidad gremial, la calidad de los parlantes, del escenario del Primero de Mayo, y los trajes de la Murga Diablos Verdes que es auspiciada por la central gremial, el Pit-Cnt tiene más plata que el Estado Islámico en este momento), es menos auspicioso que irse de embajador a Siria.

    En la vida política de Lacalle Pou se abren dos posibilidades: una es perder las elecciones en el balotaje por una diferencia mínima, mantener las comodidades que otorga el carácter potencial de su figura, la promesa incumplida, y continuar estos 5 años desde la oposición como la estrella política surgida en el 2014, de cara a ganar las elecciones del 2019; la otra es ganar y pasar los peores cinco años de su vida, envejecer veinte, y salir de ese baile con una carrera política destrozada, completamente calvo, justo cuando sus hijos entran en la adolescencia, y con enormes deudas conyugales a pagar por el poco tiempo dedicado a la familia mientras fue presidente, o sea: del infierno profesional al infierno hogareño. Agarra el país y cuando no debe y vuelve a su familia cuando peor se pone, pésima estrategia.

    Supongo que su padre, el Dr. Lacalle de Herrera ya se lo habrá explicado, pero el muchacho —intuyo— habrá querido ver en la advertencia una expresión de mezquindad del progenitor que no quiere que el hijo lo supere o consiga un récord mejor que el suyo, en este caso llegar a Presidente más joven que él. Los hijos piensan con el culo, disculpen que lo diga así, pero no hay vueltas. Lo mismo de la mezquindad del padre que no quiere ser superado por el hijo habrá pensado George W. cuando George Padre le aconsejó: “no invadas Irak, pelotilla, para qué vas a voltear a Saddam si no tenés a quién poner, es como patear un avispero, no seas burro”, y ya sabemos el berenjenal que se armó una vez que cayó Saddam, Alá lo tenga en un lugar más digno que el pozo de donde lo sacaron los yanquis.

    (esta ponencia continúa la semana que viene, o la otra)