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La reciente polémica de las encuestas es de las dinámicas más absurdas en las que nos hemos abandonado como sociedad. Casi todas las opiniones dan como válidos y verdaderos una cantidad de sobreentendidos axiomáticos, en algunos casos contradictorios entre sí, que deben venir de una época en la que yo no había nacido porque desde que tengo memoria nadie ha comprobado tales verdades asumidas.
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Empecemos por el acólito frenteamplista convencido de que el Sordo González tuerce los números para manipular a la opinión pública en contra del FA. Un par de grietas surgen en esa robusta hipótesis a la que llamaremos “Goebbels usa barba y aparato en la oreja” o “La boca de urna no mueve los labios”.
El primer problema salta ante la avasallante realidad estadística: el Frente Amplio hace tres elecciones que gana con mayorías parlamentarias incluidas, arrasa a sus adversarios a pesar de las conspiraciones del sordo. Podría decirse que el licenciado González no ha conseguido ningún resultado últimamente con su triquiñuela, y sin embargo insiste, así que además de sordo es terco como una mula vieja recién levantada de la siesta que anda seca de vientre. ¿No sería tiempo de que intentara cambiar su método de manipulación popular por otro más eficaz, como mover un péndulo ante las cámaras de televisión e inducirnos el voto por medio de la hipnosis catódica, o adiestrar a su ejército de encuestadores para que le practiquen una lobotomía ambulatoria a todo aquel ciudadano que exprese su inclinación a votar a la izquierda? Este truquito de la encuesta anti-FA funciona menos que la Virgen de Fossati.
Un segundo problema es el que llamaremos “la razón del meteorólogo”. El encuestador de elecciones, al igual que el meteorólogo, tarde o temprano se ve contrastado por una realidad tangible para cualquiera: si dice que llueve y al otro día no llueve, le van a llover las puteadas. La corta duración de su mentira la transforma en ridícula y autodestructiva, se cae estrepitosamente el día de las elecciones, y lo perjudica directamente exponiendo su error ante el más palurdo de los ciudadanos: la multitud. El encuestador es una mezcla de meteorólogo y comentarista deportivo, vive de su credibilidad, su carisma, y la utilización de ambos para sacarle plata a sus clientes; necesita acertar si quiere que le crean y lo respeten. Me habrán oído decir, como CEO de Estándar and Pobres, que una encuesta se hace para que le guste al cliente sin importar la realidad, pero a cualquier cliente le deja de gustar si después plancha en las elecciones.
Pasemos a los que descartan las intenciones maquiavélicas del sordo más perverso de la historia después de Graham Bell (que inventó el teléfono porque era sordo, claramente), pero aseguran que las encuestas inciden en el voto. ¿En qué libro de verdades reveladas se encuentra el axioma: “Un porcentaje x de votantes decide su voto a partir de las encuestas”? Admitir que hay gente que vota un candidato según le guste o no el numerito que le asignan las encuestas es un canto al voto calificado, es lo peor que se pueda decir de un electorado. Si hay quienes votan a partir de las encuestas (en caso de asumir tal verdad deberíamos hacer una ponderación de números que inducen a votar, el 18 ha quedado claro que no es un número persuasivo, pregúntenle a Pedro), o sea: definen su voto por lo que dicen unos señores que ellos creen que el resto de los ciudadanos piensa votar, nos merecemos la invasión paraguaya y la instalación de su democracia tutelada por el régimen feudal que tan bien está funcionando y los tiene como uno de los motores de crecimiento en Latinoamérica.