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    Haciendo boca

    Quiero solidarizarme (amo esta expresión solemne y altruista tan valorada por la sociedad, trato de solidarizarme con dos o tres causas al día por lo menos, desde acá, con mi traste arriba de una silla de rueditas enfrente al monitor de la computadora) con la situación del compatriota Víctor Hugo Morales.

    Debe ser horrible despertarse todos los días y ser Víctor Hugo Morales. Piensen en eso: cada día se levanta y tiene que reconstruir ese amor superlativo que siente por él mismo, sin decepcionarse ni sentir el mínimo descenso en la fascinación que le provoca escucharse hablar.

    El individuo tiende a sobrevalorar su importancia, su carácter y su dignidad, siempre, pero el Michael Jordan de ese deporte tan humano es Víctor Hugo Morales. Me quedé corto, ¡es el equipo entero de los Globber Troters: va a morir invicto! ¡Es el Mick Jagger y Kate Richards de la dignidad con Paul McCartney de invitado especial! Ahora que lo echaron de la radio (con la que estaba peleado hace 10 años pero seguía saliendo al aire en rebeldía y por la gente) porque el poder corporativo hegemónico capitalista quiere acallar su voz incómoda, debería hacer una gira por Latinoamérica dando lecciones de vida, periodismo y moral; y de paso aprovechar al muchacho que va atrás de él cargando un mármol de 3x2 metros (lo tiene contratado por los próximos 4 años porque pensó que ganaba Scioli), que cuando escucha una frase con potencial célebre inmediatamente se pone a tallarla en el mármol para que quede ahí por el resto de los tiempos y las generaciones futuras puedan nutrirse espiritualmente. En la jerga clínica ya existe el “Síndrome VHM”: se aplica a gente que compulsivamente tiende a disertar acerca de su propia dignidad innegociable, sin que nadie les haya preguntado al respecto o haya sugerido lo contrario. Lo cual genera dudas, porque una persona que se pasa alabando y haciendo gala de su propia integridad levanta sospechas. Ojo, a lo mejor si yo tuviera la dignidad que tiene Víctor Hugo me comportaría de esa manera detestable también, seguramente; deben pegar fuerte las luces de la virtud moral embriagadora, uno se debe marear con tanta entereza. No lo sé porque soy limitado en esos menesteres, bastante indigno, admitámoslo, pero si ese es el efecto colateral de ser un virtuoso de la honorabilidad, mierda, es un precio caro a pagar. No digo que no lo valga.

    Si el resto del planeta quisiera tanto a Víctor Hugo como se quiere él, sería más popular que Mandela. Sin embargo —cómo es la gente de mezquina— no hacen más que odiarlo, los argentinos por alcahuete de Cristina y por uruguayo, los uruguayos por argentino, los capitalistas por manijero populista acomodaticio, sin olvidar a los anticapitalistas que lo odian por sus gustos elitistas pretenciosos como ir a ver ópera a Nueva York. ¿Y cómo queremos que sea un tipo que se llama Víctor Hugo Morales? ¿Eh? El determinismo nomenclátor es infalible: póngale a su hijo el nombre de pila de escritor famoso, y de apellido el plural de moral, y el resultado es este: un tipo que se ha pasado engominado los últimos 40 años de su vida dictando cátedra como grado 5 de la integridad.

    Qué increíble, y pensar que lo único que ha hecho es relatar fúbol, y más acá en el tiempo ser una especie de Galeano con gomina y voz engolada (en lugar de voz grave y profunda de café y tabaco, voz melosa y brillante de té con masitas); pero en ningún caso Víctor Hugo ha comandado los destinos del mundo, ni la ciencia, ni siquiera de un diario; con lo inteligente e íntegro que ha demostrado ser (siempre desde su propio punto de vista, claro), por no hablar de su manejo experto del método Ilvem de lectura rápida entrelíneas. Qué desperdicio.