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    Haciendo boca

    No puedo evitarlo, cada tanto vuelvo a hacer foco en esa fiesta de facto llamada Carnaval de la Pedrera. Es lo más parecido a una dictadura juvenil que se pueda concebir. Pasan 48 horas casi sin dormir, alimentándose mal, autoimponiéndose esa felicidad perpetua, eufórica, aunque sea de sustento artificial, sostenida en la muchedumbre y el carpe diem. Es el infierno mismo, y solo puede ser habitado por jóvenes. Un lugar en donde la consigna principal es el descontrol, a cualquiera con más de 30 años le produce escalofríos, miedo, fobia.

    Lo que disfruta el joven la aglomeración, el hacinamiento, es de no creer. La tara empieza en la condición de snob recalcitrante que no lo deja saltearse ningún acontecimiento. ¿Qué es lo que más quiere el joven? El joven quiere estar. En donde sea que se junten otros jóvenes siente la necesidad de estar, llámenle cumpleaños, ocupaciones, recitales, inauguraciones de Forever 21 o clases de zumba; no estar es el peor castigo para un joven. Su objetivo de vida es asistir a la mayor cantidad de eventos colectivos posible (menos el liceo) y no quedar afuera de la pomada social, es la razón misma de su existencia. Esa especie de picazón que también es el motor del snob —es gente que quedó atrapada en la juventud mental—, el joven la experimenta como una varicela. Pero además hay una fascinación hedonista en la muchedumbre: al joven le encanta estar frotando involuntariamente su cuerpo con otros cuerpos jóvenes y lozanos, sin que haya un mínimo espacio deshabitado por el que corra un poco de individualidad. ¿A qué van a la Pedrera, entonces? A ingerir todos los venenos posibles, total, soy joven y mi organismo metaboliza un litro de gasoil igual, al otro día es como si hubiera tomado jugo de zanahoria y remolacha (hasta acá es irreprochable su actitud, hay que aprovechar para llenar de drogas y alcohol el organismo mientras funciona así de bien), y después de envenenarse: a frotarse.

    Me imagino la gente local preparándose, pertrechándose de agua, comida y velas como para resistir una invasión nazi. Lo que dejan después de dos días es tierra arrasada, no hay paradero que aguante ese régimen fascistoide-juvenil. En el informativo se pueden ver las secuelas de esa tiranía del desborde en las entrevistas a los vecinos que se quejan de que los jóvenes les defecan en sus jardines, por ejemplo. Los jóvenes no son mucho de usar el baño químico. Básicamente porque hacer cola para el joven es un insulto, a diferencia de lo que sucede con el viejo, que hasta parece que le gustara la dinámica de la fila, es como parte de la naturaleza del viejo hacer cola; creo que es un tema de resignación también, uno cuando llega a viejo ya está completamente doblado por el sistema, y sabe que parte esencial de la vida es la espera, que se ha pasado casi el mismo tiempo de su vida esperando para algo que haciendo ese algo para el cual tuvo que esperar, y lo acepta. Pero al joven no lo agarran para esa, todavía cree en sus propias fuerzas y su libertad indómita, y además recibe la presión de los demás jóvenes, que ven como un timorato al que hace fila para el baño químico pudiendo sacar su instrumento y orinar en cualquier jardín de algún adulto con plata (todo adulto tiene plata para el joven). He escuchado gritos y descalificaciones a quienes hacen fila para un baño químico en lugares donde los jóvenes mandan: “burócrata de la próstata”, es una de las agresiones que se escuchan habitualmente, “esclavo de tu propio orín”, o “puto de la vejiga”.