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    Haciendo boca

    Resulta que ahora está de moda una palabrita, de uso frecuente entre académicos, cientistas, mentalistas, psicólogos, astrólogos, políticos que tratan de estar en lo nuevo e intelectualoides de todo pelo y color, exceptuando el pelo color “Conmebol” (es una tinta anaranjada que se podía apreciar en Blatter, Léoz, Figueredo mismo) que cayó en desgracia desde el FIFA-Gate y ya casi no tiene exponentes, aunque ese color nunca perteneció a los circuitos de la intelectualidad, disculpen la digresión, vuelvo a la palabrita en boga y me dejo de rodeos: la “posverdad”. El neologismo es uno más entre tantos, y ha tenido la dicha de ser adoptado por sociólogos y periodistas estadounidenses, que son las fuentes en las que abreva la mayoría de los pensadores locales independientes, en general de izquierda —muchos de ellos antiimperialistas y anticapitalistas—, quienes repiten palabras del acervo estadounidense traducidas literalmente, a veces de forma muy cómica como “empoderar” (que viene de empowered), una palabra amada por Constanza Moreira, o la última de las feministas en contra del machismo capitalista patriarcal: “sororidad”, que viene de sorority y alude a un pacto de hermandad solidaria de un grupo de personas sin lazos sanguíneos, mayormente usada por los muchachos que van a las universidades y se juntan a torturarse física y mentalmente para pertenecer a ese tipo de grupos llamados alfabetagamabetaipsilon que salen en las películas. Muy divertido. No las películas, ni lo que hacen estos subnormales con sobreproducción hormonal y exceso de aminoácidos, lo gracioso es el hábito de nuestros pensadores locales independientes.

    El problema no son los neologismos en sí. El verdadero escándalo es que muchas veces esta gente confunde un vocablo novedoso con un fenómeno inédito. He leído artículos de académicos grado 5 en la prensa (sí, tuve ese disgusto) que hablan de “este fenómeno actual de la posverdad”. Confundir un neologismo con un suceso inédito es el colmo de la estupidez, es como creer que las vacaciones de Turismo son una semana inventada por los uruguayos, y no un nombre inventado por los uruguayos para llamarle a la Semana Santa. Pero vayamos a su definición, transcribo directo de esa cantera inapelable de sabiduría llamada Wikipedia: posverdad describe la situación en la cual, a la hora de crear y modelar opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales. Fin de la definición. ¡Ja! Y eso les parece que es nuevo. A mí me resulta una de las cosas más viejas de la historia de la humanidad. Sin embargo, el Diccionario Oxford la declaró palabra del año en 2016 (no sabía que existiera tal honor, pero ahora que lo sé me gustaría postular la palabra “esperpento” para 2017). ¿Cuál fue el motivo? Fácil: la post-truth es la forma en la que explican el Brexit o el triunfo de Trump los cientistas sociales sajones que viven de la industria bienpensante. O sea: apelan a un neologismo para describir un suceso que los perturba profundamente y no saben explicar, utilizan un vocablo como refugio emocional que describe una creencia personal (la gente fue engañada por una manipulación emocional) en lugar de analizar los hechos objetivos —en caso de que existieran. ¿Se dan cuenta del milagro? La posverdad es la posverdad que les permite ordenar el mundo a los que inventaron la palabra. El cientista social tiende a oler sus propias flatulencias como ejercicio narcisista, pero en este caso directamente se mordió los glúteos, pasó de la autocomplacencia a la autoantropofagia en un movimiento. En cuanto al Brexit, yo tengo una explicación más sencilla: la culpa es del nabo de Cameron que se jugó toda su carrera política a un plebiscito sin que nadie se lo pidiera. Permítanme usar la trillada metáfora del Titanic: Cameron pidió que le pusieran el iceberg delante del barco para demostrar lo bueno que era esquivando icebergs, en un intento por reforzar su legitimidad como capitán y su autoestima, y al final se dio de frente como un imbécil. Ahí está el Brexit, ¿Con quién tengo que hablar para que eliminemos el vocablo posverdad?

    ¿Qué nos van a venir a hablar a nosotros los uruguayos de posverdad? Somos la mismísima posverdad hecha población. Un país que construyó su identidad sobre la mentira emocional de un héroe imposible, eligiendo como Padre de la Patria a un individuo que no aceptaba la existencia de dicha patria porque la veía como la materialización de su derrota (con bastante razón), y se negaba a venir con la obstinación de un viejo necio que no quiere ir al médico, al punto que hubo que traerlo en forma de cenizas adentro de un jarrón. Por no mencionar que en 2011 festejamos nuestro bicentenario de la independencia, lo que deja a otros héroes de la patria, que honramos el lunes porque nos quedaba mejor para después de la Semana de Turismo, como 33 esnobs que vinieron recién 14 años después de haberse independizado la patria a hacerse los libertadores, 33 arribistas orientales que se subieron al carro de una moda, oportunistas, aprovechadores que se hacían los que venían a liberar y en realidad ya nos habíamos independizado 14 años antes. En términos de una pelea general callejera, vinieron a pegarle la patada en la cabeza al que estaba tirado, nada más. La pegaron con la bandera, eso sí, que resumía el espíritu de esta patria y su búsqueda de justicia: “Que Pague Más el que Tiene Más”.