N° 2030 - 25 al 31 de Julio de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSer tiempo no es igual que habitar en el tiempo; ese verbo y esa proposición confunden, derivan a un campo teorético donde los entes están definidos a priori, donde las propiedades sustituyen a la significatividad de la experiencia. El dasein (el existente) es siempre posibilidad de ser; su esencia reside en lo que ha decidido ser, es lo que opera una eyección, algo que solo puede ocurrir en el tiempo. Habitar en el tiempo es como habitar en una casa, en el fondo del mar o en las nubes; siempre se trata de dos entes que se relacionan: la persona y el lugar. Pero según Heidegger, esto resulta muy distinto de ser tiempo, que es simplemente ser en un sentido casi tautológico, como decir subir arriba, bajar abajo, algo que va de suyo sin que sea necesario añadir el segundo término para comprender el primero.
Desde el punto de vista fenomenológico Heidegger nos indica la significación que damos al tiempo en la vida llamada cotidiana a través de un variado repertorio de expresiones familiares: necesitamos tiempo, ganamos tiempo, perdemos tiempo. “Estas formas de hablar –dice el filósofo en la página 55 del libro Naturaleza, Historia y Estado (Editorial Trotta, Madrid, 2018)— revelan la seriedad con la que nos tomamos el asunto del tiempo. Después de todo, el tiempo que tenemos está limitado por la muerte. De ahí que nos veamos obligados a repartir nuestro tiempo meticulosamente”. Pocas líneas más adelante abre espacio para una reflexión que nos llevará al centro de su preocupación sobre este tema, que no es otro que el de discernir la naturaleza o esencia de lo que para nosotros, existentes —para el dasein— significa o es el tiempo: “¿Dónde está el tiempo cuando miramos el reloj y decimos que es tal o cual hora? Cuando decimos ‘son las siete’, ¿por qué se trata de algo más que la simple mención de un número? Esto no se dice sin más, sino que lo estamos diciendo nosotros de un modo concreto al enfatizar el ‘ahora’ que aparece en la frase ‘ahora son las siete’. El tiempo adquiere para nosotros su significado en el ahora. De ahí que el ahora tenga prioridad sobre el después y el antes; desde la perspectiva del ahora, antes y después parecen ser nada.”
Esta disquisición acerca del despectivo señorío del ahora apunta a un detalle central de toda la exposición de Heidegger, cual es el de destacar dos rasgos del ahora como situación existencial, a saber: que el ahora de hecho, en el que estamos cuando afirmamos que “ahora estoy de pie, ahora sentado” es excepcional en el sentido que ya nada tiene que ver con los ahora del pasado, atrapados todos ellos en la bolsa del genérico antes. La otra nota es que en el ahora de ahora somos los actores reales de la acción, estamos ahí diciendo y ejecutando ese ahora, decimos “ahora te extraño”, “ahora bailo”, “ahora salto” en tanto estamos extrañando, bailando o saltando. El ahora es, por decirlo de manera si se quiere un tanto ligera, eminentemente existencialista: “El ahora requiere de nosotros. Nosotros somos los que decimos: ‘ahora son la siete’. El ahora nos obliga a decidir si ir hacia adelante o hacia atrás. El animal no se encuentra ante la obligación de decidir, porque de lo contrario tendría que ser capaz de ordenar las cosas. El animal por tanto no tiene tiempo”.
Heroica distinción es la que plantea Heidegger, mostrando la radicalidad de lo humano; condenado a tomar decisiones, a definir el ahora cada vez, a producir su tiempo, su ser. Increíblemente —me consta que es una pura coincidencia significativa porque no conoció el pensamiento de Heidegger— Borges dejará planteada una meditación análoga en su cuento El Sur, donde el personaje precisamente construye o sueña un destino personal y por ello no puede dejar de confrontarse con un animal, a quien esa tarea no le incumbe, no lo toca, no lo abarca: “En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.”
Me emociona este encuentro.