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    Herencia legislativa de Pétain

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2093 - 15 al 21 de Octubre de 2020

    Cuando en junio de 1940 las tropas de la Wehrmacht quebraron las primeras defensas en territorio francés, los políticos de París empezaron a comprender el tamaño de su soberbia y de sus muchos errores. Lo que creían imposible se estaba materializando por segunda vez en apenas dos o tres generaciones: la remozada Alemania de Hitler marchaba triunfalmente sobre Francia.

    Es en estas circunstancias que el mariscal Philipe Pétain, obligado por su honor, entra en escena. Por ese entonces era embajador ante Madrid. El gobierno, ya en situación de vergonzosa huida, decide rogarle que regrese a la capital para “rendir a Francia ante el enemigo y salvar lo que se pueda”. Pétain, desoyendo el consejo del generalísimo Franco que le advirtió acerca de la falta de nobleza de los políticos (“lo llaman ahora porque lo necesitan para arreglar lo que ellos hicieron mal, pero luego se lo reprocharán”, le dijo en la entrevista de despedida) se pone a las órdenes del presidente Reynaud y este lo instruye a representar los intereses del Estado francés ante el alto mando alemán, cuyos pasos ya se escuchaban en las afueras de París. El gobierno decide autodisolverse y confiar al anciano Pétain la suerte de la patria.

    Con toda esa responsabilidad sobre sus hombros y ante la realidad de los hechos consumados, rinde efectivamente a Francia y firma el doloroso armisticio por el que acepta la ocupación de una parte del territorio, mientras que se compromete a crear un gobierno nacional y con cierta autonomía en una vasta franja con sede en Vichy. Será desde este puesto que tendrá la ocasión de llevar un proceso de reformas y un modelo de gestión que se convertiría en legado para gran parte de la administración y la legislación francesa hasta el día de hoy. Tal es lo que consigna e ilustra con abundancia documental el buen libro de Cécile Desprairies: L’Héritage de Vichy. Ces 100 mesures toujours en vigueur(Armand Colin editor).

    Algunos datos que aparecen en esta obra no dejan de asombrar. En los cuatro años que dura su gobierno, el mariscal Pétain promulgó la nada desdeñable cantidad de 16.786 leyes y decretos sobre los aspectos variados de la vida doméstica, económica, social, cultural, administrativa, urbanística y política de la sociedad. El lema del gobierno de Vichy no ocultaba sus valores y su visión: “Trabajo, familia, patria”. Y su obra legislativa, que también terminó siendo cultural, testimonia este triple voto que al parecer todavía subsiste en la legislación. Así, por ejemplo, tenemos como leyes que todavía gozan de actualidad el sistema de asignaciones familiares o el derecho de cualquier mujer a dar a luz de forma anónima, es decir, bajo el nombre X, ya sea en un establecimiento público o privado; es la primera vez en Francia que se le confiere existencia social a un niño que nunca conocerá a sus padres. Bajo análoga vocación se decidió la instauración del Día de la Madre y se introduce la obligatoriedad del certificado prenupcial de 1942, que obliga a los futuros cónyuges y padres a pasar un examen médico antes del matrimonio. Por ley de diciembre de 1941, Vichy también puso las bases del hospital público, institución que continuó a pesar de la competencia de los centros hospitalarios universitarios.

    La medicina del trabajo también nació en 1941 y, ya en la Liberación, la ley del 11 de octubre de 1946 obligó a los empleadores del sector privado a contratar médicos del trabajo. Una ley de noviembre de 1941 creó el Instituto Nacional de Higiene, antepasado del Inserm (Instituto Nacional de Salud e Investigaciones Médicas). A eso siguió el registro de vacunación, obligatorio a partir del verano de 1941, y el reconocimiento médico y entrega del carnet de salud a los escolares (5 de febrero de 1944). Junto con esto dispuso también la creación de la Orden de Médicos para disciplinar y coordinar la profesión, que era una vieja aspiración de la izquierda republicana en la década de 1920 y cuya formulación es prácticamente un facsímil de aquella lejana y frustrada propuesta. En el mismo espíritu, Vichy también creó la Orden de Contadores Públicos.

    Pétain, pese a la magnitud de su obra legislativa, consideraba —y así lo dice en su famosa alocución del 11 de octubre de 1940— que “una revolución no se hace solo mediante leyes y decretos, se logra solo si la nación la comprende y la pide, si el pueblo acompaña al gobierno en el camino de la necesaria renovación”. En alguna medida, aunque más no fuera tenue, esto parece haber ocurrido.

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