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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAl parecer, se ha quitado del plan de los estudios para la formación docente la asignatura Historia de la Educación. Y digo “al parecer”, porque la autoridad no se ha pronunciado aún y porque todo ocurre como si inadvertidamente se la hubiera dejado caer al suelo para que, sin estridencia alguna, quedara allí tirada, como la categoría de las cosas desechables.
En efecto: nadie ha salido a defender y justificar esa quita tan significativa de un plan de estudios. Porque, ¿quién, con argumentos racionales podría demostrar que esa disciplina no cumple un rol fundamental (e insustituible) en los complejos procesos formativos del alumno que se prepara para la función de enseñar? Por lo tanto, quien desee hacer desaparecer los estudios de historia de la educación, se sentirá compelido a hacerlo sigilosa y furtivamente, sin expresar motivos, porque, honestamente, no los hay, si de motivos legítimos estamos hablando.
¿Acaso no se sabe que la disciplina Historia de la Educación, bien enseñada, cobra la dimensión de una Historia de la Cultura? ¿Y que en nuestro país la historia de la Cultura (sí, de la nuestra) ha sido la gran ausente en la “currícula” del siglo pasado y de lo que va del actual? Ese inmenso bache (que debiera llenarnos de vergüenza) lo han cubierto algunos profesores cuando han tenido a su cargo en el nivel terciario la materia “Historia de la Educación”. Porque Uruguay se ha olvidado de enseñar la historia de su propia cultura.
Apenas si encontramos, en el prístino plan de estudios del IPA que elaborara el gran Grompone en 1950, una disciplina (¿pensada como carrera?) llamada “Cultura”, que desapareció al año siguiente. Y recordamos como ejemplo sobresaliente el Plan 1956 del IPA, que destinaba, con criterio más que razonable, un curso de un año al estudio de la historia educacional de nuestro país, precedido de otro semejante, de carácter universal.
Ese conjunto de saberes que forma la Historia de la Educación, integra en un todo indisoluble, los procesos evolutivos de las ideas (científicas, filosóficas) relativas a la educación, los valores que las impregnan, las normativas que las regulan, las prácticas educacionales, las instituciones oficiales y privadas donde se llevan a cabo, el lenguaje pedagógico, los centros y modalidades de creación pedagógica, más el protagonista humano, que se estudia en tanto receptor activo o como productor cultural (pedagogo, docente, administrador), todo ello en un contexto sociocultural sujeto a dinamismos y en un ámbito geográfico determinado.
Si a todo ello se le quisiera cambiar de nombre, habría que justificarlo con razones de peso, recordando que en los países civilizados mantiene esa denominación, que así la llamó Varela en su Enciclopedia de 1878, y que desde 1910, así figura en los programas normalistas del Uruguay. También señalemos que hay instituciones latinoamericanas de prestigio que la incluyen en su sigla, como el Congreso CIHELA. De paso consignemos que, cuando en 2018 la Sociedad Uruguaya de Historia de la Educación (creada en 2009 y regulada por la normativa de la Personería Jurídica), organizó el XIII CIHELA, se presentaron, provenientes de diversos países, nada menos que 1128 ponencias.
Lo que resulta llamativo es que el mismo procedimiento de escamotear a la juventud una disciplina de tanta relevancia, también se pretendió realizar en el período anterior, cuando el signo ideológico del gobierno era radicalmente distinto del actual, lo que haría pensar que esa operación no se ha venido llevando a cabo en niveles elevados de decisión.
Queda aún algo por decir.
Prof. Agapo Luis Palomeque