N° 1985 - 06 al 12 de Setiembre de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa anécdota la conté muchas veces en esta columna, y hoy se impone que la repita. En una carta que Maquiavelo envía a su amigo Francesco Vettori durante su exilio refiere las tediosas jornadas del campo; dice que pasa las mañanas tratando de mitigar inútilmente sus nostalgias, caminando entre los labradores, y luego va a la tabernera y se encanalla tomando algún licor y jugando a las cartas, y conversando de cosas insustanciales: “Me escucho diversas cosas, y observo la variedad de gustos y fantasías de los hombres. (...) Así, en medio de estos piojos, me limpio el cerebro de moho y desahogo la maldad de esta mi suerte... (...) Cuando llega la tarde vuelvo a mi casa y voy a mi escritorio, en la entrada me despojo de este traje cotidiano, lleno de fango y lodo, y me revisto de ropas curiales y reales: y decentemente vestido entro en las antiguas cortes de antiguos hombres, donde amorosamente acogido por ellos, me alimento del único alimento verdaderamente mío y para el que he nacido; por eso hablo con ellos sin temor, y les pido que me expliquen el porqué de sus acciones; y ellos, por su humanidad, me responden; y por espacio de cuatro horas no siento aburrimiento y olvido todas las preocupaciones, no temo a la pobreza, ni me angustia la muerte, me sumerjo totalmente en ellos.”
No lejos de ese santuario, una generación más tarde aparecía Montaigne; que nos vino a informar que los libros son efectivamente las amistades que más procura para experimentar lo que sencillamente llama felicidad. Su ensayo acerca de los libros, de los que le abrieron horizontes y de aquellos que solamente le depararon ratos de solaz, es una reserva de estímulo para cualquier lector de todos los tiempos; allí habla del placer de leer y del efecto ambulatorio que ofrece al espíritu, que lo vuelve inquieto, insatisfecho, aplicado siempre a cambiar rumbos o retar o derribar muros. Para Montaigne, leer es una forma de ser en el mundo, es el rasgo más distinguido de humanidad que se puede esperar de un hombre. Le ocurre algo análogo a Orlando, el protagonista de la novela de Virgnia Woolf, que pudo conjurar las injurias del amor no correspondido y los desdenes de la fortuna y las noches de soledad y los fríos y los vientos y las torvas miradas que el futuro echa sobre los mortales a la luz de una vela, sosteniendo amorosamente un libro entre sus manos.
La semblanza que se expone de esa pasión con la que tanto fatalmente nos identificamos es, en todo punto, susceptible de universalizarse; plantea una situación que es verdad en cualquier tiempo, en cualquier geografía, al amparo de cualquier estrella, aun de la más indiferente. Reza así: “De chico, los pajes lo sorprendían leyendo a la medianoche. Le quitaban la vela, y criaba luciérnagas que ayudaban a su propósito. Le quitaban las luciérnagas y casi prendió fuego la casa con una mecha. Para decirlo de una vez (dejando al novelista la tarea de alisar la seda arrugada y sus complicaciones), Orlando era un hidalgo que padecía del amor de la literatura. Muchas personas de su tiempo, aun más las de su rango, escapaban al mal y quedaban en libertad de correr, de cabalgar o de enamorarse a su gusto. Pero a algunos los contaminaba un germen nacido del polen del asfódelo, traído por los vientos de Grecia y de Italia, y de naturaleza tan perniciosa que detenía la mano lista para el golpe, velaba el ojo que buscaba su presa y entorpecía la lengua que estaba declarando su amor. La fatal naturaleza de ese morbo sustituía a la realidad un fantasma, de suerte que Orlando, a quien la fortuna había otorgado todos los dones —platería, lencería, casas, sirvientes, alfombras, camas en profusión—, no tenía más que abrir un libro para que esa vasta acumulación se hiciera humo. Desaparecían los nueve acres de piedra que eran su casa; se evaporaban los ciento cincuenta sirvientes; se volvían invisibles los ochenta caballos de silla; sería prolijo enumerar las alfombras, divanes, tapicerías, porcelanas, platerías, vinagreras, calentadores y otros bienes muebles, a veces de oro macizo, que se desvanecían bajo la misma como niebla marina. Así era, y Orlando se quedaba solo, leyendo, un hombre desnudo”.
Cada página de esta novela es una apertura; un camino de redención que explica y definitivamente justifica la existencia. Virginia Woolf compuso un libro como quien compone una partitura, una música que no puede dejar de escucharse día y noche; cada página es una puerta hacia un centro desde donde todo empieza de nuevo.