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    Homenaje a Garibaldi

    Sr. Director:

    El 20 de septiembre de 1870, hace un siglo y medio, tuvo lugar en Roma uno de los hitos más significativos que registra la historia de la libertad de conciencia o de pensamiento. Las tropas de la unificación italiana, dirigidas por José Garibaldi y en la ocasión al mando del Gral. Cadorna, luego de abrir una brecha en la Porta Pía de la antigua muralla Aureliana, invadieron los Estados Pontificios, defendidos solamente por una pequeña tropa que, desde la retirada de la guarnición francesa encargada de su defensa, había quedado al mando del Gral. Kanzler.

    Esa pérdida del apoyo francés había privado al papa de la época, Pío IX, de la única defensa posible ante un inminente ataque de las tropas italianas, pero la intransigencia del pontífice impidió la toma pacífica de la ciudad como lo había intentado el rey Víctor Manuel. Con Roma ocupada, culminaba el proceso político y bélico de la unificación italiana, en torno al Reino de Piamonte y de la Casa de Saboya, y dejaban de existir los estados pontificios.

    En el plebiscito, organizado por los ocupantes, de los 167.000 romanos habilitados para votar, 133.000 lo hicieron a favor de la anexión al Reino de Italia y solo 1.500 por el mantenimiento del gobierno pontificio. Así, el 9 de octubre de 1870 Roma quedó formalmente incorporada al Reino de Italia y proclamada como capital del Estado.

    Desde nuestro Uruguay, que fue casi su segunda patria y a cuyo servicio combatió con gallardía, deseamos rendir, una vez más, nuestro homenaje a José Garibaldi, distinguido con el apelativo de León de Caprera, en testimonio a su valor en el campo de batalla, y conocido también históricamente como el Héroe de Dos Mundos, por sus luchas y triunfos en Europa y en América.

    Pero hagámoslo como él lo hubiera querido: sin fasto. Con solemnidad, pero sin pompa. Procurando reparar al menos simbólicamente lo que sus compatriotas no supieron respetarle cuando le llegó el momento de partir a su última morada. Es que a Garibaldi, como a tantos personajes de su estirpe, le tocó vivir una historia de consecuencias, de lealtades y de traiciones. La última de estas se verificó luego de su fallecimiento. Había pedido por testamento, consecuente con su trayectoria y su carácter, que su cadáver vestido con camisa roja fuera incinerado sobriamente y que sus cenizas fueran depositadas en una urna de granito y enterradas sencillamente en la tierra que había elegido para terminar sus días junto con su familia en la isla de Caprera.

    Pero su última voluntad no fue cumplida y su cuerpo fue sepultado con el marco de un acto social que no pidió ni quería, ante la presencia de los delegados del rey, la presidencia del Parlamento, los comandantes del ejército y la marina y numerosas asociaciones garibaldinas y de ex combatientes de la expedición de los Mil.

    Garibaldi fue uno de esos personajes históricos que trascienden su nacionalidad. Fue un auténtico ciudadano del mundo. Este formidable y romántico combatiente sardo nació en Niza el 4 de julio 1807, cuando esta ciudad pertenecía al Reino de Cerdeña, y murió el 2 de junio de 1882, en Caprera, pequeña isla perteneciente a Cerdeña.

    Garibaldi había traído en la primera mitad del siglo XIX su espada de libertad y de justicia para ponerla al servicio de los americanos del sur que compartían sus mismos sueños, sus mismos desvelos y sus mismas esperanzas. Primero junto a los patriotas brasileños de Río Grande del Sur y luego incorporado a las filas del gobierno de la Defensa del Estado Oriental en la Guerra Grande.

    Homenajeamos una vez más al guerrero indomable, pero también a ese caballero del espíritu quien, desde la profundidad de sus ojos azules, proyectaba la pureza de sus intenciones en la sinceridad de sus actos.

    Garibaldi viajó por el mundo al servicio de sus ideales y cuando llegó a nuestra tierra luchó denodadamente para contribuir a lograr un mejor destino para esta, su patria adoptiva, del mismo modo que luego lo hizo para su amada Italia y, por añadidura por la causa de la libertad de conciencia, para toda la humanidad.

    El observador desprevenido podría no entender por qué le brindamos, cada 20 de setiembre, nuestro homenaje a Garibaldi, cuando esa es una fecha que parecería ser patrimonio de los italianos. Y por cierto que ello no es incorrecto, ya que en esa fecha de 1870, con el ingreso a Roma, las fuerzas liberales de Italia consolidaron la unidad de toda la nación. Pero es una respuesta incompleta. Y, por sí sola, no explicaría el reconocimiento que desde varias partes del mundo, incluyendo preferentemente al Uruguay, se le tributa desde entonces.

    Nuestro homenaje se fundamenta en que ese acontecimiento tuvo una consecuencia mucho más importante y de carácter universal. Ya que significó la extinción de la soberanía temporal del papado, luego de una existencia más que milenaria que le había permitido consolidar la tremenda influencia política que tenía en el mundo, y que era tanto o más fuerte que la espiritual, y por ello dicha jornada ha sido distinguida en el mundo como el Día de la Libertad de Pensamiento y más recientemente en nuestro país también asimilada también al Día de la Libertad de Expresión.

    Hoy, a un siglo y medio de consumados los hechos, estamos más convencidos que nunca de que, de no haber sufrido el Vaticano esa derrota política y moral, hubiera sido mucho más difícil, particularmente para países como el nuestro donde la religión oficial del Estado era la católica de Roma, consagrar el laicismo y la laicidad en el Estado con rango constitucional, como ocurrió a partir de la reforma constitucional de 1918, que fue el resultado de un proceso que duró más de medio siglo, en un acontecimiento fundamental, que podríamos considerar metafóricamente como bisagra, para la consolidación de la identidad nacional que tanto nos ha distinguido en el concierto de las naciones.

    El 20 de septiembre de 1870 tuvo pues, desde el primer instante, una significación muy importante para el Uruguay. ¿Por qué ha sido y sigue siendo tan importante? Porque la mayoría de los uruguayos, desde la laicidad consolidada en nuestra “comunidad espiritual”, expresión que acuñara con afecto y admiración Wilson Ferreira Aldunate, nos hemos opuesto a los fundamentalismos dogmáticos provenientes de las verdades reveladas, ya que sostenemos que la razón es la facultad suprema del hombre mediante la cual discurre acerca de cualquier cuestión, en un proceso que está sujeto a prueba y verificación, con el tamiz de la duda cartesiana, logrando emitir juicios correctos a partir de las premisas de las que parte.

    Pero también con humildad y tolerancia reconocemos que el conocimiento racional no nos proporciona la verdad última por propia definición y que siempre queda un espacio sin resolver dando lugar a una aproximación intuitiva a lo desconocido, que se emparenta de algún modo con la fe de los creyentes, y allí quizás reside la mayor virtud del pensamiento laico y la que más lo fortalece.

    Esta conjunción de la razón y la fe, que paulatinamente fue ganando terreno en el mundo del conocimiento, fue el sustrato filosófico esencial del desplazamiento del poder terrenal de los papas que tenía una influencia nociva sobre la libertad de conciencia de los ciudadanos y cuya derrota quedó simbolizada el 20 de setiembre, hace 150 años.

    Pero la necesidad de defender la libertad de conciencia, de la que Garibaldi fue un abanderado, mantiene absoluta vigencia en el siglo XXI, más allá de cuál sea el origen de la intolerancia fundamentalista de cada época. Y es por ello que la figura del héroe de dos mundos se agiganta con el paso de los años.

    Nuestro recuerdo afectuoso, pues, para ese romántico combatiente que no creyó ni impuso a nadie verdades reveladas y que, desde el eterno reposo en su amada isla de Caprera, nos convoca año a año, con su ejemplo, a recorrer nuestro propio camino sin ceñirnos a un pensamiento único, rechazando a la vez las imposiciones que por distintas formas y medios intentan socavar o neutralizar esa primordial libertad de los individuos.

    Gastón Pioli