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    Honestidad, honor y dignidad

    Nº 2164 - 3 al 9 de Marzo de 2022

    A comienzos de diciembre pasado el presidente del Partido Popular (PP) de España, Pablo Casado, llegó a Uruguay durante una gira regional con la pretensión de proyectarse como próximo presidente de España. Esto es, como futuro vencedor del Partido Socialista y del actual presidente, Pedro Sánchez, en las próximas elecciones generales. Como líder político fue recibido por el presidente Luis Lacalle Pou y en diversas entrevistas de prensa —casi monólogos— puso énfasis en su afinidad ideológica con el primer mandatario uruguayo y pretendió dictar cátedra de principios.

    Nadie le preguntó por la incombustible historia de corrupción de su partido y del resto del sistema político español. Pocos tienen las manos limpias, pero el politizado sistema judicial solo ha llevado a la cárcel a unos pocos.

    En Uruguay la mayoría de los ciudadanos y gobernantes solo se interesan por lo que ocurre en la región, o se conmueven cuando fuera de esta llegan sacudones económicos o como el que genera la guerra en Ucrania. Contribuye la merma de información sobre política internacional, cuyo tradicional espacio en los medios ha sido desplazado por guerritas internas, pullas partidarias o prostituidas redes sociales. Así nos va.

    Durante su breve estancia en Uruguay, Casado fue mimado como un líder consolidado pese a que en realidad desde hace tiempo su mediocridad lo venía empujando cuesta abajo. Desde que en julio de 2018 asumió como presidente del PP, intentó correr una maratón con ritmo de velocista. El columnista de Clarín, Juan Cruz, escribió el domingo 27: “Casado es la expresión misma del hombre que perdió la respiración corriendo, se ha quedado a la mitad de la meta y pasó de ser el futuro de la derecha a perdedor perfecto al que le aplauden para que se vaya de una vez. Y se va, se da un tiempo, pero se va”.

    Mientras Casado hacía gala en América del Sur de ser un político consolidado y anunciaba su victoria electoral, la alcaldesa de Madrid, la carismática Isabel Díaz Ayuso, de su propio partido, se afirmaba en la receptividad ciudadana con una imagen distante de las batallas políticas internas.

    Cuando regresó a España, Casado tomó conciencia de que la alcaldesa amenazaba su liderazgo partidario y su candidatura presidencial. Entonces hizo algo que jamás harían los políticos uruguayos a quienes acababa de ensalzar. Con un grupo de incondicionales y la contratación de detectives, armó una conspiración para descalificar por elevación a la alcaldesa. Señaló a su hermano Tomás como favorecido por la compra de mascarillas a China durante la pandemia y de otros negocios ajenos al Estado. Lo reafirmó durante una entrevista radial. No presentó pruebas de esa supuesta corrupción, salvo sugerencias e insinuaciones de que la alcaldesa había incidido en los negocios de su hermano, “lo que yo nunca haría”. Díaz Ayuso lo enfrentó públicamente y le llenó la cara de dedos. Acorralado intentó recular: “Yo no dije eso”, y se disculpó. Tarde piaste sucio político.

    Habrá que ver cómo le va al PP en el futuro, porque la implosión que Casado provocó en su partido fue un inesperado regalo a Pedro Sánchez. A eso se suman los líderes regionales del PP —a quienes denominan “los barones”— que desprecian la mediocridad de Casado y le reprochan haber hipotecado la historia del partido. Los “barones” de los gobiernos autonómicos en manos del PP pueden tener más poder que el presidente de su partido y hoy gobiernan cinco comunidades autónomas y presiden sus gobiernos: Alberto Núñez Feijóo (Galicia), Juan Manuel Moreno (Junta de Andalucía), Alfonso Fernández Mañueco (Castilla y León), Fernando López Miras (Murcia) y Díaz Ayuso (Madrid). Hay otros “barones” con peso interno, pese a que no presiden los gobiernos de sus comunidades autónomas.

    Aunque no lo ha confirmado, Núñez Feijóo se perfila como el responsable de reconducir a su partido si tiene el respaldo total que reclama. A los 60 años es presidente de la Junta de Galicia desde 2009 y presidente del PP en su comunidad desde 2006. Siempre con mayorías absolutas.

    Casado quedó defenestrado cuando los “barones” le exigieron su renuncia. Quejumbroso les pidió que le permitieran seguir al frente de su partido hasta un congreso del 2 y 3 de abril. Aceptaron con el compromiso de que en ese congreso no competiría por la presidencia. En política no hay muertos, sino heridos, pero las heridas de Casado le resultarán fatales y apuntan a su desaparición de la cabeza del escenario político español. No será su única pérdida: hoy cobra 47.720 euros anuales de su partido. Se añaden 55.803, 86 euros como diputado.

    Pero desde sus sembrados mientras tuvo el poder seguramente le tirarán salvavidas (quid pro quo) como ocurre siempre en España con los que se van, incluidos expresidentes de gobierno. Si hubiera permanecido más tiempo en Uruguay, dirigentes de todos los partidos, sin distinción, le hubieran advertido que en política las batallas son duras, pero que no todo vale: hay que desempeñarse con honestidad profesional, honor y dignidad.

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