Nº 2127 - 17 al 23 de Junio de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn la góndola del supermercado me encuentro con unas galletas de arroz importadas de Bulgaria que contienen siete semillas: chía, quínoa, amaranto, trigo sarraceno, mijo, lino y… cáñamo.
El cáñamo es una variedad de la planta cannabis sativa, pero que no produce efectos psicoactivos dado sus bajos niveles de THC (tetrahidrocannabinol), pero sí es muy rico en CBD (cannabidiol), el componente “medicinal” que tiene efectos positivos a nivel de nuestra salud (epilepsia, fibromialgias, antinflamatorio, etc.) y también como alimento (posee proteínas, grasas omega 3 y 6), pero aún no se ha integrado a la producción local, básicamente por problemas burocráticos.
Uruguay fue el primer país en regular el mercado del cannabis hace ya siete años y, sin embargo, aún falta reglamentar o definir protocolos para que la industria nacional pueda incorporar el cáñamo y sus derivados en alimentos, productos cosméticos, pomadas o aceites y cientos de opciones más.
Se está dando el absurdo de que se pueda importar estas galletas de arroz con cáñamo, pero no producirlas en Uruguay. Lo mismo sucede con un aceite con CBD que se utiliza como tratamiento para la epilepsia, donde el laboratorio que lo comercializa en plaza importa el CBD desde Suiza, cuando en nuestro país hay varias empresas que tienen almacenadas más de una cosecha, pero aún no les dan los permisos para hacer las extracciones de CBD o la fabricación de productos finales.
Toda la cadena productiva del cáñamo, desde conseguir las semillas, los plantines, cultivarlo, cosecharlo, secarlo y procesarlo, insume mucha mano de obra, tanto en lo relativo al trabajo rural como en la etapa industrial. Por ejemplo: una sola hectárea de cáñamo puede demandar hasta 15 personas en plena cosecha y unas cinco durante el resto del año.
A nivel industrial sería una buena oportunidad para empresas locales (grandes y pequeñas), que puedan hacer alimentos diferenciados por el uso de CBD fabricado en nuestro país y con buenos estándares de calidad, que pueden ser caramelos, galletas, pomadas o aceites para uso veterinario.
Estas demoras en las habilitaciones, reglamentaciones o coordinaciones entre organismos del Estado causan enormes costos ocultos a las empresas y a los consumidores y, además, desalientan la llegada de nuevos inversores que ven los padecimientos y trabas sufridas por los pioneros.
Un negocio que crece a escala mundial sin parar, que generaría mucha mano de obra y productos exportables con alto valor agregado (por su calidad y porque están de moda), no puede quedar enredado en las telarañas de la burocracia estatal. El tren no pasa dos veces, y si lo hace, ya lo estaríamos tomando tarde.