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    Infame lejanía

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2124 - 27 de Mayo al 2 de Junio de 2021

    La traición es para Dante el supremo de los crímenes porque es peor que el asesinato, peor que la herejía, que la simonía, que la iracundia, que la hipocresía, peor que el robo, peor que la seducción taimada y manipuladora; es el peor de los pecados que el hombre puede cometer. Los antiguos romanos empleaban la palabra traditore, que en el sentido literal, etimológico, viene del verbo latín dare y significa entregar. Nos servimos de la raíz del verbo cuando decimos dar, dádiva, adición, edición, perder; también usamos alguna variación que nos lleva a donum, que es regalo, o don, y de ahí vienen palabras muy queridas como donar o perdonar. Todo se lo debemos increíblemente al sustantivo traditor, que es aquel que entrega, el que da.

    La traición tiene una condición fundamental y por eso sus comisarios, los traidores, no tienen o no deberían tener perdón; algo que es peor que el mero engaño —malo de por sí, infame por definición—, a saber: la ruptura de la cercanía. El traidor es quien engaña desgarrando el amor, aniquilando el sentido de pertenencia. Es tan grave la traición porque es una escisión del yo de la víctima; lo último que se puede concebir es que la mano derecha quiera cortar a la mano izquierda dado que ambas integran la misma unidad. La traición rompe una estructura; y lo hace de adentro. Para traicionar hay que estar cerca.

    Hay una conferencia de Heidegger hacia finales de los años 40 en la que observa que en la época contemporánea hemos suprimido las grandes distancias; para comunicar un pueblo con otro antes se necesitaban varios días, semanas interminables. En cambio ahora los medios de la modernidad —aviones, los trenes, autos— permiten largos recorridos en poco tiempo. Pero semejante cambio, dice, no garantiza nada respecto de la cercanía; afirma que la supresión de las distancias no necesariamente trae cercanía. Para que exista cercanía, enseña Heidegger, tiene que haber algo hacia lo que queremos ir, algo hacia lo que vamos. Es así, entonces, que uno se puede sentir cercano a personas que están muy lejos, y no tan cercano o directamente extraño respecto de ciertos vecinos. Lo que define todo es la cercanía, que es precisamente lo que el traidor violenta desde su privilegiada proximidad dentro del esquema de la relación; el traidor es parte de la realidad del traicionado, compone junto con él una estructura, un esquema de confianza y funcionamiento, a menudo completa la realidad del inocente al que humillará con su crimen. El traidor, como sujeto, es alguien que viene dado en la propia realidad del traicionado, es tan cercano a menudo que casi compone su yo, y sin duda es parte de la construcción de su mundo. Al traicionar, el traidor se amotina secreta y ruinmente contra ese mundo, va radicalmente contra la esencia de la persona, la desnaturaliza en la medida en que le trastoca y confunde el suelo donde están plantadas las certezas y el horizonte en el que se proyectan las posibilidades.

    Es tan próximo e inmediato el traidor que cuando la traición ocurre se produce como una suerte de desdoblamiento; es como una sola persona escindida en la que una de sus partes en silencio le declara y le hace la guerra a la otra. Eso es lo que le confiere a la traición el carácter de crimen íntimo y, por lo tanto, con frecuencia, inexplicable. La máscara de la hipocresía y el depurado arte del engaño son los instrumentos que el traidor perfecciona con sus malignas y hábiles manos y las sombras y los silencios rencorosos son su excelente aliado. Pienso en Tartufo abusando de la ingenuidad y la ambición fatua de Arpagón, pienso en Yago posando como el amigo de mayor confianza que sostiene a Othelo en el desfallecer de su infernal sospecha, en Ricardo III de York dando cuenta de su hermano y de los inocentes sobrinos dejados a su cargo, y en la Helena que nos ofrece Virgilio, que en la noche fatal de Troya se levanta del lecho compartido en el que era tratada como una reina y ayudando a los guerreros que vomitó el vientre del caballo van a cebarse sanguinariamente en las zonas y en las figuras más sagradas del palacio en el que la ligera espartana era honrada.

    Entiendo la jerarquía de Dante.

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