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    Ingenuidad, política y futuro

    N° 2014 - 28 de Marzo al 03 de Abril de 2019

    Pocas cosas más incómodas que los adultos que se comportan infantilmente alegando que hay que “mantener vivo el niño que llevamos dentro”. Esta frase de manual barato les sirve para hacer cosas ridículas, decir bobadas o jugar a que no entienden nada. De este modo, simulan ser ingenuos cuando en realidad son tan solo adultos que necesitan justificar todos sus comportamientos, incluso los banales.

    Pero también existen adultos genuinamente ingenuos. Estos son fundamentales. Me refiero a aquellas personas que, a pesar de asumir que el niño que fueron ya murió, mantienen viva la capacidad de asombro y la imaginación creadora. Son mayores que tienen la disposición de estar abiertos a ser sorprendidos por la realidad, es decir, que saben que no se las saben todas. Conservar espontáneamente esa apertura a la sorpresa es una virtud política.

    Cuando llegamos a la edad adulta ya nos hemos explicado casi todas las cosas que nos asombraban de niños. Resolvimos una cantidad de incógnitas: desde Papá Noel a entender que nacimos en un país llamado Uruguay, pasando por conocer que las cosas caen por la fuerza gravitatoria, o que hay monedas distintas que se pueden intercambiar. Al crecer y volvernos mayores se hace cada vez más difícil mantener viva la capacidad de asombro y la ingenuidad. Se supone que ya comprendimos las reglas de la vida humana.

    Pero la capacidad de preguntar sigue ahí, latente. Cada generación vuelve a cuestionar las cosas que parecían resueltas y, a veces, la interrogante más ingenua es las más relevante. Por ejemplo, pregunta ingenua: ¿qué tiene que saber una persona para ser candidato a presidente? Es una interrogante tan básica que perdemos de vista su relevancia.

    Como adultos informados pensamos que tiene que saber el PBI, el desempleo, la inflación, la tasa de deserción liceal, el valor del barril de petróleo... pero al mismo tiempo, aunque sepa todo eso, podría no estar capacitado para gobernar. Acumular información no implica comprender ni supone capacidad de acción. Y ambas son más importantes para la vida pública que retener datos.

    La tarea pública requiere una dosis de ingenuidad para que sea fértil. Necesita que los políticos estén abiertos a la novedad, dispuestos a que quien está enfrente los sorprenda, les diga algo nuevo, interesante, desprovisto de intereses mezquinos. Necesita también que los periodistas no piensen que ya “les sacaron la ficha” a todos los candidatos y no hay nada nuevo bajo el sol.

    El error fatal que hay que evitar, más que simular ingenuidad, es estar convencido de haber respondido todas las preguntas, de ya saber cómo funciona todo y cómo son las personas. Muchas veces, los políticos (aunque no solo ellos) creen tener la radiografía completa de todos nosotros. Ya saben si quien los entrevista o escribe sobre ellos es de tal o cual ideología, de tal o cual barrio, amigo de Fulano o enemigo de Mengano. Como parten de esa idea, todo encuentro queda viciado desde el principio. Ya está todo dicho antes de empezar a hablar. Entender así la política es asfixiarla desde el principio.

    Escribo todo esto mientras pienso en la campaña de Juan Sartori. ¿Por qué habla de una nueva política y lanza la campaña en el Palacio Peñarol, donde iba Pinchinatti en 1989? Su spot de TV podría perfectamente ser de antes del invento de las redes sociales. ¿Esto está pensado? ¿Es por gusto así? ¿Por qué?

    Sartori se presenta como nuevo en la política pero adquirió ya todos los vicios de la vieja política: sonreír aun cuando está incómodo; no responder las preguntas; hacer como que todo es espontáneo aunque pueda estar guionado; insinuar que siempre el periodista tiene un interés oculto que no manifiesta; decir que le gusta hablar con los vecinos; repetir una y otra vez que está recorriendo el país y escuchando a la gente... Todas estas frases las dicen los políticos desde la salida de la dictadura en adelante. ¿Dónde está la señal de una nueva manera de hacer política?

    Imaginen una charla por Skype de Sartori donde habla en inglés, o francés, o dice alguna palabra en ruso. Por subtítulos entendemos que está hablando con un grupo de empresarios extranjeros. Corta la comunicación, mira a la cámara y nos dice: “Estaba hablando con colegas que quieren venir a Uruguay. Vivir aquí, producir, generar emprendimientos, probar soluciones de productividad y sustentabilidad”. Enseguida vuelve a sonar el teléfono y responde en inglés y se aleja de la cámara... eso sería un spot nuevo para este país. Eso sería renovación. No digo que me guste ni que me parezca seductor. Digo simplemente que es novedoso.

    No entro aquí en lo que Búsqueda investigó sobre la carrera empresarial de Sartori. El periodista Guillermo Draper realizó una exhaustiva pesquisa sobre los negocios y la historia de UAG (Nº 1.998). Tampoco entro aquí en la reflexión de Soledad Platero en la diaria (6 de marzo) sobre el peligro global del culto a la ignorancia en el manejo del espacio público. Mi argumento va en una dirección diferente. Aun en el caso de ser un empresario menos exitoso de lo que parece; aun en el caso de una estatura moral difusa; aun en el caso de una fortuna fortuita más que meritoria, Sartori tenía todo para introducir la novedad, para barajar y dar de vuelta en esa relación siempre frágil entre la ciudadanía y la política. Podría haber introducido esa ingenuidad que abre posibilidades donde todo parecía sabido.

    A lo mejor todo está estratégicamente pensado. Las encuestas dicen que crece y eso significa que va por el camino correcto. O sea, si aumenta el caudal de votos, es porque está haciendo las cosas bien. Puede ser... pero votos desencantados para candidatos insípidos es justamente lo que hace que las instituciones entren en jaque. Eso ya trasciende la estrategia electoral.

    ?? Las alas y el vuelo

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