Nº 2162 - 17 al 23 de Febrero de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl primer trabajo que tuve cuando llegué a Barcelona fue en la cocina del Hard Rock Café. Me había ido a estudiar un máster en periodismo gracias a una beca que incluía todos los gastos relativos al curso pero no los de manutención. Para colmo de males el máster era intensivo, es decir, las clases eran en doble horario por lo que el trabajo que consiguiera tenía que ser después de las cinco de la tarde. Y así fue como entré en la cocina del local de Plaza Cataluña, en pleno período de fiestas de fin de año.
La cocina tenía tres zonas: al fondo, donde se preparaban las cosas que no tenían por qué ser cocinadas en el momento (como las tortillas de los nachos y las salsas); al costado, donde se lavaban platos, vasos y cubiertos sin parar; y al frente, donde se cocinaba lo que se tenía que hacer en el momento (como las carnes), se montaban los platos y se los pasaba al personal del salón, que revisaba que todo estuviera en su sitio antes de dárselo a los camareros. A mí me tocó trabajar al frente, cocinando lo del momento y montando los platos.
Al comienzo me hice el tigre: soy uruguayo, mándenme a la parrilla. De inmediato descubrí que era un infierno: el encargado de la parrilla es quien manda en la cocina ya que son sus platos los que toman más tiempo. Es quien recibe la orden con el pedido de cada mesa y quien tiene que ir avisando al resto lo que tienen que hacer y cuándo, después de que él comience a preparar lo suyo. Cuando se confirmó que era un completo inútil en la parrilla fui asignado a tareas acordes con mi nivel: preparar sándwiches, nachos con jalapeños y postres. En ese puesto estuve el tiempo que trabajé allí.
En esa zona de la cocina trabajábamos cinco personas por turno y en el mío solíamos ser tres filipinos, un mexicano y yo. En el fondo trabajaban un par de filipinos más y un par de subsaharianos. En la limpieza de platos, solo africanos. El Hard Rock tiene un discurso de lo más políticamente correcto pero, en los hechos, su público solo interactúa con camareros rubios y casi siempre del norte de Europa. Los empleados que tienen un color o un origen menos “cool” trabajan siempre lejos de la vista de los clientes.
Las situaciones de vida de quienes estábamos en el turno (los filipinos Emilio, Pong y Reinaldo, el mexicano Rubén y yo) eran distintas pero tenían elementos en común. El más evidente: todos éramos inmigrantes. Porque, efectivamente, más allá del máster que me llevó a Barcelona, mi idea era vivir allí una vez terminado el mismo. Otro tanto ocurría con Rubén, que estaba haciendo un máster en administración y tenía pensado quedarse. En el caso de los filipinos no había máster de por medio: todos ellos habían llegado a España hacía tiempo y trabajaban en el sector gastronómico desde entonces. Con Pong, que había sido bajista de una banda punk en su país de origen, me unía además la pasión por Bad Religion.
España tiene firmados convenios que facilitan la migración con una veintena de países. En la mayor parte de los casos se trata de países que fueron colonia española, como Filipinas. En otros casos, como el mío, siendo hijo de una española es relativamente sencillo obtener la nacionalidad. E incluso en aquellos casos en que no se tenga un vínculo previo, en aquel entonces (año 2001) obtener la residencia y luego la nacionalidad era un trámite. Uno engorroso y complicado, que a veces podía demorar años, pero que en general terminaba en la obtención de “los papeles”.
En aquel entonces la migración no aparecía como un problema en ninguna de las encuestas de percepción ciudadana que se publicaban. La economía iba bien, la migración estaba por debajo de 10% del total de la población y no existía en el país ningún partido de esos que reclaman guardar el trabajo existente para los aborígenes. Pero incluso en tiempos tan recientes como 2018, diez años después de la crisis de 2008, la inmensa mayoría de los españoles no tenía una visión negativa del asunto y apenas un 3.5% de ellos consideraba a los inmigrantes un problema. Ojo, al mismo tiempo ya entonces algunos partidos nacionalistas catalanes no tenían empacho en usar como consigna electoral la frase “en Cataluña no cabe todo el mundo”. Después vino Vox y la xenofobia llegó al mainstream político español.
Como apuntaba en un artículo de 2018 el politólogo español Roger Senserrich: “El inmigrante típico a España no llega en barco, ni en patera, ni saltando una verja en Ceuta o Melilla. El inmigrante típico en España (y en la inmensa mayoría de países desarrollados) es alguien que llega a Barajas o El Prat con un pasaporte en regla, visado, unos cuantos cientos de euros en tarjeta o efectivo, y que decide quedarse en el país”. Y agregaba: “Los inmigrantes son habitualmente gente con niveles de educación por encima de la media en su país de origen, y que vienen a España con ganas de trabajar”.
Esto último es algo que en Montevideo es bastante fácil de comprobar: la presencia de inmigrantes venezolanos, cubanos y dominicanos es cada vez más habitual en el área de los servicios, especialmente en el negocio alimentario y de cara al público. Más o menos lo mismo que ocurría en España con los latinos: hablás el mismo idioma, tenés cierto nivel educativo que te hace atractivo para el trato con el público, compartís un terreno cultural común amplio y se trata, en su inmensa mayoría, de gente con ganas y disposición de trabajar. E incluso si no se tienen demasiadas ganas de trabajar, se trabaja: el inmigrante casi siempre carece de la red familiar que hace de colchón ante el desempleo. Siendo inmigrante se trabaja porque no hay plan B.
Entiendo que en estos días el homo uruguayensis (al decir de Diego Delgrossi) está con la cabeza metida en el balde de la LUC y no se interesa por nada más. Entiendo también que, dada la baja proporción de inmigrantes que tiene Uruguay (aproximadamente un 4 o 5% frente al 14% de España), no abundan las voces que adviertan sobre los “males” que traen esos recién llegados. Entiendo, en fin, que Uruguay está lejos de tener partidos políticos abiertamente xenófobos. Pero esa misma era la situación en España cuando yo trabajaba en aquella cocina, rodeado de inmigrantes que, como yo, reescribían sus vidas entre fogones y freidoras gigantes.
Por eso, aunque creo que hacer chistes sobre venezolanos y Pedidos Ya el día en que Uruguay juega con Venezuela es, a pesar de su aroma xenófobo, algo pequeño y banal, también existe el derecho a rechazar esos chistes y señalarlos como lo que pueden ser: las primeras malas señales de algunos en torno a la migración. Una migración que, se sabe empíricamente, siempre ha mejorado los países en los que se ha instalado, especialmente aquellos que no crecen poblacionalmente y tienen problemas de escala en su economía. Por eso, querido homo uruguayensis, solo quería recordarte que cuando hacés chistes sobre inmigrantes estás señalando a uno de los colectivos más desprotegidos que existen, el de los recién llegados. También me estás señalando a mí, sudando como loco en la cocina de aquel Hard Rock. Y, aunque se te haya olvidado, también estás señalando a por lo menos un par de tus abuelos.