N° 1892 - 10 al 16 de Noviembre de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáKarl Marx estaría feliz de ver desconcertados a los liberales, sus enemigos. Mucho antes de que varios de los pensadores del bando de la libertad, se dio cuenta del eje crítico que define el goce de la libertad; vio en los reclamos de seguridad una de las claves que sostenían el tipo de sociedad que pretendemos solventar; por eso habló tan mal de ella y mostró las razones que explican la conveniencia de destruirla total y radicalmente. En sus escritos acerca de la Revolución francesa postuló su rechazo a los esfuerzos de algunos revolucionarios por consagrar los derechos individuales: “¿Quién es ese hombre distinto del citoyen? Ni más ni menos que el miembro de la sociedad burguesa. ¿Por qué se llama ‘hombre’, hombre a secas? ¿Por qué se llaman sus derechos, ‘derechos humanos’? ¿Cómo explicar este hecho? Por la relación entre el Estado político y la sociedad burguesa, por lo que es la misma emancipación política. Constatemos el hecho de que, a diferencia de los ‘derechos del ciudadano’, los llamados ‘derechos humanos’, no son otra cosa que los derechos del miembro de la sociedad burguesa, es decir del hombre egoísta, separado del hombre y de la comunidad”.
La tesis de Marx es que la misión revolucionaria consiste, principalmente, en eliminar esos derechos personales, individuales. Han de reinar, en su lugar, los llamados derechos colectivos, los que el Estado discierna en favor de la masa de los iguales a los que se les garantizará, dice, la satisfacción de sus necesidades materiales como toda prenda de libertad. Por eso la salvaguarda de los derechos individuales es un obstáculo a remover sin ninguna consideración ni demora.
Copio uno de sus fragmentos más elocuentes, aquel, precisamente, en el que subraya el denuesto a la garantía de los derechos personales, es decir, en el que condena la moralidad y pertinencia de la seguridad, que en su opinión “es el supremo concepto social de la sociedad burguesa, el concepto del orden público: la razón de existir de toda la sociedad es garantizar a cada uno de sus miembros la conservación de su persona, de sus derechos y de su propiedad. En ese sentido Hegel llama a la sociedad burguesa el Estado de la necesidad y del entendimiento discursivo. (…..) La idea de seguridad no saca a la sociedad burguesa de su egoísmo, al contrario: la seguridad es la garantía de su egoísmo. Ninguno de los llamados derechos humanos va por tanto más allá del hombre egoísta, del hombre como miembro de la sociedad burguesa, es decir del individuo replegado sobre sí mismo, su interés privado y su arbitrio privado, y disociado de la comunidad. Lejos de concebir al hombre como ser a nivel de la especie, los derechos humanos presentan la misma vida de la especie, la sociedad como un marco externo a los individuos, como una restricción de su independencia originaria. El único vínculo que los mantiene unidos es la necesidad natural, apetencias e intereses privados, la conservación de su propiedad y de su persona egoísta”.
Lo que Marx nos prodigó en estos es el núcleo de la posición de los enemigos de los derechos individuales, que consiste en desarticular las garantías de la ley para que ninguna libertad pueda ser ejercida a plenitud por nadie. La seguridad debe ser combatida, minada, destruida por la buena razón de que es el pilar sobre el que justamente se asientan las libertades de la persona. Solo se es libre, en el sentido burgués que desdeña Marx y que nosotros empeñosamente reivindicamos, en la medida que se ambienten circunstancias aptas para ejercer la libertad; esas condiciones son nada menos que el sistema de garantías que tutelan la posibilidad de goce efectivo de los derechos.
Para Marx, para sus empecinados discípulos y para una vasta legión de distraídos con poder (estos son los peores, porque dicen abjurar del comunismo y lo sirven enmascarándose en coincidencias ocasionales o en complicidades oportunas) el desafío político por excelencia consiste en quitarle a la libertad su posibilidad de existencia, en negarla abiertamente en el caso de los discursos más radicales, o, entre los borrosos dirigentes que solo tienen apetito de gobierno, cualquiera sea su contenido, en dejarla como una simpática voluntad grabada en el descascarado frontispicio de instituciones desprovistas de amor y de compromiso para con los valores que en su momento se juramentaron encarnar.