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    Intermitencias

    Columnista de Búsqueda

    N° 1887 - 06 al 12 de Octubre de 2016

    En su estudio sobre el placer sensible, que corresponde al Libro Segundo de la Primera Parte de la Antropología en sentido pragmático (FCE, que distribuye Gussi), Kant se introduce en lo que podríamos llamar el rasgo fenomenológico del goce. Su teoría, que ilustrará con divertidos ejemplos, es que así como “deleite es el sentimiento del fomento de la vida, y dolor, el de un impedimento de esta”, es un hecho que “los médicos han hecho notar” que la vida animal es “un continuo juego del antagonismo entre ambos”.

    No hay duda de que al momento de plantear esta mirada, Kant tuvo a la vista —no podía no tenerla— la famosa escena del placer de Sócrates cuando es liberado de su grilletes en aquella tarde última de su paso por el mundo y se toca los tobillos, ahora aliviados del hierro, y razona que el placer y el dolor son dos aspectos que se complementan perfectamente, porque la ausencia de dolor es placentera y la ausencia de placer es dolorosa; “son como dos gemelos”, le hace decir Platón a Sócrates en el Fedón. Por eso, casi como si fuera una paráfrasis del texto antiguo, escribe: “A todo deleite ha de preceder el dolor; el dolor es siempre lo primero. ¿Pues qué otra cosa se seguiría de un continuo fomento de la fuerza vital —que, sin embargo, no puede elevarse por encima de cierto grado— si no una rápida muerte de alegría?”.

    Le parece tan obvia su reflexión que deja sin respuesta la pregunta; por el contrario, prefiere elevar la apuesta y dictaminar con similar empuje y soltura respecto de la situación inversa a la planteada y termina postulando más que una verdad, un consejo de esos que fácilmente podríamos encuadrar en el campo de lo que entonces se llamaba la Higiene: “Tampoco puede un deleite seguir inmediatamente a otro, sino que entre uno y otro ha de intercalarse el dolor. Son pequeñas represiones de la fuerza vital con fomentos de esta mezclados entre las primeras, las que constituyen el estado de salud, que tomamos erróneamente por un bienestar continuamente sentido; este estado, en efecto, solo se integra de sentimientos agradables que se suceden como pulsaciones (con un dolor que se intercala entre ellos). El dolor es el aguijón de la actividad, y en esta sentimos ante todo nuestro vivir; sin él se daría una falta de vitalidad”.

    Lo que vuelve decididamente interesante este fragmento del libro tiene que ver con los ejemplos de los que se sirve para respaldar la pertinencia de sus absolutas afirmaciones. Es en esta parte donde tal vez podemos asomarnos a la persona que fue Kant en su vida cotidiana, en sus ratos libres tal como los reconstruyó deliciosamente Thomas de Quincey en una invicta semblanza (Los últimos días de Kant, Valdemar, Madrid, 2000), es decir, viendo el costado doméstico, intrascendente y por demás cordial de un hombre común que por toda peculiaridad se dio a la meditación profunda y a la enseñanza de la metafísica y de las matemáticas. Nos dice el filósofo que la intermitencia entre el dolor y el placer se prueba, entre otras cosas, por la atracción que ejerce el juego por dinero “cuando no es demasiado interesado”, porque es “un estado de temor y esperanza incesantemente alternantes”. Esto cura, dice, la fatiga intelectual; y además tiene propiedades digestivas: “la cena después de este estado sabe y sienta mejor”. En la misma línea considera que el trabajo es la mejor manera de gozar de la vida, “porque es una ocupación fatigosa (en sí desagradable y solo satisfactoria por su resultado), y el reposo se torna, por el mero desaparecer una larga fatiga, en un notorio placer, el estar alegre”. Y como parafraseando la Poética, de Aristóteles, sostiene que las obras de teatro, sean tragedias o comedias, son cautivadoras “porque en todas surgen ciertas dificultades —la inquietud y la perplejidad en medio de la esperanza y de la alegría— y este juego de afectos contrarios es, al terminar la obra, un fomento para la vida del espectador por haberlo puesto interiormente en agitación”.

    Hay que entender que la postura de Kant no quiere ser un consuelo ante la imperfección de la vida y la promesa segura de infelicidad que nos depara el mundo a cada paso. No se trata de la visión escéptica que más tarde esbozará Schopenhauer y ante la que no hay que realizar ningún esfuerzo para prestarle devoción. No, lo de Kant es simple descripción y consejo; secretamente, quizá, inocente, involuntaria autobiografía.

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