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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEntre los sentimientos nobles del ser humano: el amor de pareja, el cariño a familiares y la amistad, siendo todos de misteriosa génesis, los dos primeros están ligados a determinismos biológicos —de atracción sexual uno, de sangre el otro— en tanto que la amistad, cuando es auténtica, es fresca, libre y espontánea y, por lo tanto, el más desinteresado de los afectos.
Jorge Marabotto Lúgaro, fallecido el pasado jueves 31 de enero, fue un auténtico e inolvidable amigo.
Quizás muchos recuerden que fue un destacado jurista que hizo carrera en el Poder Judicial, desde la judicatura de Paz hasta la culminación como presidente de la Suprema Corte de Justicia.
Pocos recordarán que era oriundo de San Bautista y que durante los años 1953 y 1954 cursó los Preparatorios (hoy llamados 5º y 6º del 2º ciclo liceal) en el liceo Tomás Berreta de Canelones.
En esa época acudían a esa casa de estudios no solo estudiantes de esta ciudad, sino también de los centros poblados y zonas circundantes: San Bautista, Santa Rosa, San Ramón, Progreso, Las Piedras, La Paz, Los Cerrillos, Santa Lucía, 25 de Agosto, Cardal, etc.
Tengo el recuerdo vivo del día que lo conocí. De gruesos bigotes, me pareció demasiado veterano (¡y apenas tenía 20 años!). Bien pronto integramos un núcleo de compañerismo y afecto. Teníamos la edad de los enamoramientos desmesurados —casi siempre pasajeros—, de los cándidos sueños, de los empujes idealistas, de las grandes amistades, de las confidencias que trenzan los sentimientos.
En esos años Marabotto conoció a Reina Reboledo. Aún recuerdo las anotaciones “Jorge-Reina”, que adornaban, cada pocas hojas, sus cuadernos de apuntes. Reina fue el inconmensurable amor de toda su vida, y con ella forjó un sólido hogar, luego enriquecido con el hijo y los nietos.
Amable, solidario, compañero de ley, firme en sus ideas, se ganó —y después supimos que para siempre— la confianza de un numeroso grupo, que lo empujamos para que se desempeñara como presidente de la Asociación de Estudiantes. Y lo hizo con la solvencia esperada.
Tenía una incipiente tartamudez —que con los años venció—, a pesar de lo cual salvó todos los exámenes orales con notas de excelencia.
En 1954 egresó de los preparatorios, con distintos destinos, ese grupo de amigos, que junto con Marabotto, ya constituíamos una barra: Martín García Nin, Valter Abreu, Milton Pérez Canzani, Heber Crosa, Roberto Simois, Pililo López, Popo Olivar, Capi Deluca, Rodolfo Cambiaso, Chato Gravina, Uruguay Rossani…
Dos condiscípulos protagonizaron tragedias que poco después empañaron nuestro júbilo adolescente: el asesinato cometido por un ebrio en la plaza de Canelones, del recordado Gustavo Aguirrezabala (¡tenía 17 años!), y más tarde, la pérdida de otro compañero, Juan Carlos Pocho Della Torre, a quien, a su pedido, despedimos con un asado en el Paso Calleros —entonces cristalino, hoy poluido—, sin conocer la resolución ya tomada, enigma hasta hoy no descifrado, que hizo de ese adiós algo definitivo.
Innecesario sería señalar que los teléfonos de línea escaseaban, por lo que, durante las vacaciones nos comunicábamos por cartas. Algunas de ellas, como las de Milton Pérez Canzani y Valter Abreu, contenían finas creaciones poéticas. ¡Oh, qué tiempos!
Aún tengo, sesenta años después, un manojo de misivas de mi entrañable amigo Jorge Marabotto, y no sé si supo que las conservé. ¡Qué pureza de amistad! ¡Cómo ya se prefiguraban los valores y principios que luego caracterizaron su fantástico recorrido como jurista! Trayectoria que estuvo a la vez cargada de mérito y despojada de arrogancia...
Con Marabotto entramos en 1955 en la Facultad de Derecho y allí nos deslumbró su decano, Eduardo Couture, y más aun aquel formidable constitucionalista que fue Justino Jiménez de Aréchaga Mac-Coll, el tercero de los Aréchaga, autor del primer tratado jurídico del país —nada menos que una decena de tomos sobre la Constitución—, versión taquigráfica de sus clases editada (¡a mimeógrafo!) por la Organización Medina. Muchos han citado sus ilustrados trabajos; nosotros lo disfrutamos en sus clases, y casi puedo afirmar que a su influjo ambos despertamos nuestra obstinada vocación por la docencia.
Su carrera como estudiante fue rápida y exitosa. Titulado como abogado en una etapa temprana de su vida, Marabotto debió resolver el dilema de dedicarse a la política o a la judicatura. Optó por esta última con acierto, aunque tenía también cualidades innegables para aquella: sólidas ideas, honradez acrisolada, grandeza de corazón y aptitudes para comprender al ser humano…
Y pudo aplicar esos valores en la judicatura. A pesar de que se constituyó en un referente de la jurisprudencia, porque era un pertinaz estudioso, siempre supo excluir de su conducta la vanidad y la soberbia. Durante su permanencia en la Suprema Corte de Justicia —a la que accedió por el voto unánime de la Asamblea General, incluido el mío—, mantuvo inalterable la modestia de sus costumbres, porque rechazaba la afectación y la prosopopeya.
Marabotto fue, además, un excepcional profesor universitario. Sus alumnos valoraron la solidez de sus planteos, la claridad de sus enfoques, la practicidad de sus enseñanzas. Hace poco debió renunciar ante disposiciones arbitrarias que de hecho desconocieron la experiencia y la profesionalidad docente.
Fue un ejemplo de vida, digno de ser imitado.
Prof. Agapo Luis Palomeque
CI 3.002.618-9