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Los colores del hermoso jardín parecen continuarse en la sala de exposiciones. Hay un gran ventanal que permite observar esa continuidad del parque, un espacio verde envidiable en medio de Punta Carretas frente al mar. Desde esa perspectiva, uno puede ver un cuadro de gran tamaño que preside la muestra, una obra colorida con imágenes de trazo grueso, de dibujo fuerte, en un primer plano que avanza sobre el espacio. En ella, hay rostros y figuras de un ambiente muy reconocible para cualquier uruguayo, aunque uno no sepa el título o el tema de la obra. Hay un señor de sombrero y bigote grueso acercando un mate a una dama de piel rojiza con ojos y mirada azul. Ella preside la imagen con la potencia de una mujer robusta, firme y contundente. Del otro lado, dos hombres también matean. Se puede deducir que la charla es amena, que se trata de una rueda de conversación al estilo campero. Los detalles dicen esto y todo lo que uno pueda deducir del cuadro: la vestimenta de los hombres, un poncho, pañuelo al cuello, la boina, una silla petisona de madera y paja y un par de mates bien ubicados en dos centros estratégicos, marcando el movimiento de la famosa ronda. Dos mates chicos, con borde de metal y bombilla liviana, una flor en un ojal, rostros muy particulares, miradas vivas y detrás, en segundo plano aunque con poca profundidad, los verdes del campo, un azul que atraviesa la obra y que reaparece en diferentes partes de las figuras. Las líneas del dibujo, la pintura viva, los rojos y rosados de los rostros, las caras cubistas, los ojos grandes y los cuerpos gruesos marcan el sello distintivo de Jorge Páez Vilaró (1922-1994), uno de los artistas más reconocibles del arte moderno uruguayo.
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Destacada figura del medio en diferentes actividades (investigador, coleccionista, fundador de museos, viajero, participante de lujo en las más importantes bienales internacionales e impulsor de los más variados proyectos), sus imágenes parecen decir todo lo que él quiso en la vida, lo que impulsó, su visión de un mundo cercano, de indudable enfoque vivencial, explorando cafetines o lugares de evidente toque vernáculo. Esta exposición, construida a partir de obras de colecciones privadas, deja al descubierto la fuerza de ese universo recreado por el artista con un lenguaje casi tan autóctono como su temática.
Los dibujos distorsionados, los cuerpos y, sobre todo, los rostros enormes, imponentes, están despegados de cualquier comparación con la vida cotidiana. Sin embargo, convencen inmediatamente, envuelven en una realidad curiosamente cercana y reconocible. Sus colores ofrecen una visión alejada de la supuesta vida real, aunque uno crea en ellos como si de la realidad se tratara. Es un buen ejercicio comparar esa imagen natural, ese entorno que rodea la casona de Zorrilla, sus tonos, sus formas y sus variantes, con la obra de este gran pintor abstracto y figurativo al que el mercado ha reconocido particularmente en los últimos años.
Aquel jardín también permite entender la potencia creativa de alguien que explora la vida y que descubre, inventa y desconcierta. No hay un color igual a otro, no hay un tono parecido, no hay un detalle similar a la vida que transcurre fuera de esa sala. Y, pese a ello, la exposición está cargada de escenas cotidianas, de miradas a un mundo que años atrás ofreció al artista un desafío notable; a la naturaleza en toda su extensión, en su apacible perspectiva campera, como a su lado industrial, más contemporáneo, más ciudadano, más cargado de personajes, ruidos y colores.
No es caprichosa la comparación con el mundo exterior, con esa rambla tan transitada, tan diferente a la que vivió y disfrutó Páez Vilaró, a juzgar por sus motivos pictóricos. Cuando uno repasa las obras, no puede dejar de pensar en que treinta o cuarenta años atrás, Páez también la miró. Pero la vio desde un lugar totalmente seductor.
Hay, por ejemplo, un cuadro que retrata a Pocitos (“Mi viejo Pocitos”), con ese juego característico de imágenes en primeros planos, con dibujos a fuerza de pinceladas definidas, con colores fuertes, con naranjas, rojos, amarillos y rosados, tonos que presiden una escena mucho más compleja que la evidente. Es precisamente la Rambla, con un mar azul oscuro, aunque acotado a un lugar más distante y de poco desarrollo.
Al creador le interesó particularmente esa perspectiva de los autos que se vienen encima del espectador y que hacen más pequeño todo lo que anda en la vuelta, incluso las personas, grupos indefinibles, sin rostro, amontonados y claramente sugeridos. Una imagen naïf, de un diseño casi infantil pero que traduce una poderosa carga emocional de una tarde de verano en la playa en un barrio tan tradicional, con un repecho que vuelca la ciudad con sus máquinas sobre la apacible y casi apretada geografía natural.
Ese cuadro, como el del campo (“Paisano y campo”), tiene la potencia del pulso artístico de Páez pero también la fuerza de lo sensible, del hombre que pudo entender este rincón tan especial del mundo y dejarlo en imágenes que no muestran sino que evocan, provocan y, además, distorsionan.
Esta muestra es dispar, con obras de distintos momentos y proyección, aunque ofrece esa marca indeleble del gran pintor, uno de los más reconocidos, versátiles y cotizados en la historia del país. Además de las escenas al aire libre, están los personajes, esos que juegan al billar, que leen el diario o que se encuentran en charlas de café como aquellas que ya no quedan. Sus imágenes son avasallantes, los rostros enormes están en primer plano y dibujados a pincelazos, sus colores son desconcertantes y sus escenas están cargadadas.
Es que esta propuesta expresa claramente lo que alguna vez dijo Jorge Páez de su propia obra, luego de haber dejado atrás el informalismo de su primera etapa: “Pinto con la más libre de las libertades... Estoy haciendo un arte que corre por el brazo, sin frenos ni semáforos”.
Ni más ni menos, ese es el maravilloso legado de un grande.
“Jorge Páez Vilaró”. Museo Zorrilla (Zorrilla de San Martín 96, casi la rambla). Todos los días de 14 a 18 horas, hasta el 30 de junio. Teléfono: 27101818.