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    José Calvo Sotelo

    Columnista de Búsqueda

    N° 1875 - 14 al 20 de Julio de 2016

    La noche del domingo 12 de julio de 1936 una partida de policías cumpliendo órdenes del gobierno marxista secuestró de su casa al legislador José Calvo Sotelo. De este modo se dio inicio formal a la aceleración del proceso destinado a terminar en España con los atropellos, la corrupción, la ineficiencia y los crímenes del llamado Frente Popular, una coalición de partidos de izquierda subsumidos a la estrategia, no visible para algunos ingenuos que fueron sus cómplices, del Partido Comunista.

    Un par de semanas antes, en la Cortes, había pronunciado un discurso que fue entendido por sus verdugos como una condena de muerte. En esa ocasión, y ante el cuadro de caos y de prepotencia que habían definido los sindicatos con el apoyo del gobierno, frente a las huelgas, confiscaciones y ocupaciones de lugares de trabajo, frente a la persecución de la disidencia y al abusivo saqueo de las finanzas públicas en nombre de una fantasiosa justicia social, Calvo Sotelo dejó palabras que interpelan las raíces mismas de la cruel experiencia del populismo comandado por los comunistas.

    Dijo allí: “Todas las fórmulas de convivencia social y políticas pueden reducirse a dos: orden consentido y orden impuesto. El régimen de orden consentido se funda en la libertad; el régimen de orden impuesto se funda en la autoridad. España está viviendo un régimen de desorden, de desorden no consentido ni arriba ni abajo, sino impuesto desde abajo a arriba. Por consiguiente, el régimen español, (...) es un régimen que no se funda ni en la libertad ni en la autoridad. No se funda en la autoridad, aun cuando se diga que su sostén principal es la democracia (...) España padece el fetichismo de la turbamulta, que no es el pueblo, sino que es la contrafigura caricaturesca del pueblo. Son muchos los que con énfasis salen por ahí gritando: “¡Somos los más!” Grito de tribu —pienso yo—; porque el de la civilización solo daría derecho al énfasis cuando se pudiera gritar: ¨

    “¡Somos los mejores!”, y los mejores casi siempre son los menos. La turbamulta impera en la vida española. (...) ¿Qué es la turbamulta? La minoría vestida de mayoría. La ley de la democracia es la ley del número absoluto, de la mayoría absoluta, sea equivalente a la ley de la razón o de la justicia, porque, como decía Anatole France, “una tontería, no por repetida por miles de voces deja de ser tontería”. Pero la ley de la turbamulta es la ley de la minoría disfrazada con el ademán soez y vociferante, y eso es lo que está imperando ahora en España; toda la vida española en estas últimas semanas es un pugilato constante entre la horda y el individuo, entre la cantidad y la calidad, entre la apetencia material y los resortes espirituales, entre la avalancha brutal del número y el impulso selecto de la personificación jerárquica, sea cual fuere la virtud, la herencia, la propiedad, el trabajo, el mando; lo que fuere; la horda contra el individuo”.

    La partida policial que se llevó al diputado seguía las órdenes directas de Santiago Casares Quiroga, ministro de gobierno; un hombre que había depurado hasta extremos circenses el arte del equilibrio entre la presión irresistible de los comunistas, la influencia del socialismo y los republicanos sueltos, funcionales a cualquier precio al proyecto disgregador y revolucionario de la izquierda. Cuando la diputada stalinista Dolores Ibárruri interrumpió a Calvo Sotelo en medio de la sesión y le dijo que se arrepentiría de sus palabras, y cuando al final de la sesión comentó que ese sería el último discurso de su contendor, muchos pensaron con buen criterio que las horas del antiguo y eficaz ministro de Hacienda del período final de la dictadura de Miguel Primo de Rivera estaban contadas. Fue cuestión de logística y de oportunidad que se consumara la sentencia.

    El momento llegó al final de un caluroso domingo, en el que Calvo Sotelo había ido a misa con su familia, luego trabajó un poco en su despacho, jugó con sus hijos, y recién había terminado de cenar. Lo apresaron, lo subieron a un bus de esos que se usaban para transportar escolares o tropas y lo condujeron a los muros más alejados de un cementerio. Allí, sin ninguna piedad, lo acribillaron. De esta manera se le puso fin a una voz que advertía del desastre, pero también, sin querer, se les dio impulso a los vacilantes o demorados esfuerzos por clausurar esa etapa terrible de la vida española. Menos de una semana más tarde tendría lugar el Alzamiento Nacional.

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