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    Jugados al clima

    N° 1988 - 27 de Setiembre al 03 de Octubre de 2018

    El mercado de soja sigue complicado para desazón de los agricultores uruguayos. La ansiedad empieza a hacer mella y nos aprestamos a jugar todo al pleno del clima. Clima que tiene que ser bueno para nosotros y malo para el resto, cosa que la producción de los gigantes del barrio no nos tape del punto de vista comercial.

    Uno nunca le desea el mal a nadie, pero no toca más que pedir que la oferta nos dé una mano (achicando a todos y que a nosotros no nos toque). Ahí empiezan nuestros problemas: suelos que no pueden demostrar su capacidad productiva sino en condiciones excepcionales de lluvias, costos altos de producción (y vienen más en el camino) y un endeudamiento creciente del sector.

    Muchos colegas con los que he tenido la oportunidad de conversar en estos últimos días sobre el futuro de la soja siempre apuestan al optimismo. Pero casi siempre hay una falacia en su razonamiento: tienen que plantar primero porque es el único cultivo que más o menos deja algo y además porque si no plantan, no puede pagar todo lo que deben. Cuando uno se enfrenta a la realidad del mercado y hace la cuenta, donde para el promedio de los agricultores la soja hoy es a margen cero o incluso a pérdida, hay que ser muy optimista para pensar que la persona sacará lo suficiente como para pagar sus deudas y quedarse con unas monedas en el bolsillo.

    Es preocupante que el optimismo sea tan grande que impida ver la realidad. Esto no quiere decir que la situación no cambie, que China y EE.UU. se arreglen, que haya un traspié climático y algún milagro haga que la soja vuelva a valer US$ 360 por tonelada o más y con eso apenas si arreglamos el asunto para comprar tiempo.

    Mientras tanto, desde el Poder Ejecutivo vemos cómo la situación comercial de la soja y sus efectos en la cadena agrícola no logran despertar el menor interés. No ha habido una sola declaración de las autoridades nacionales al respecto. Esto da una idea de dónde están las prioridades de uno de los sectores más dinámicos de la agropecuaria y que tiene incidencia directa en el empleo en el interior.

    En lo financiero, la restricción del crédito se hace notar y muchos agricultores dicen que si no lo logran resolver, simplemente no plantan. Otros, más saneados, se cuestionan si a estos márgenes vale la pena la apuesta de arriesgar US$ 600 por hectárea para ganar poco.

    El futuro por ahora no es muy promisorio. China ve amenazados sus intereses estratégicos en el comercio de soja y sale a diversificar sus compras con todo lo oleaginoso que se precie de tal y eso provoca cambios enormes en el comercio. El tablero se está reacomodando a una velocidad inusitada y nosotros los uruguayos somos en general lentos en reaccionar, siempre entrampados en nuestros propios dilemas. Los socios no esperan, Argentina y Brasil pisan a fondo el acelerador de los agronegocios para salir de la crisis con la receta clásica de devaluar para ser más competitivos y salir a buscar los mercados hasta abajo de las piedras. La tibieza uruguaya exaspera.

    Estamos por empezar con el circo electoral para ver cómo convencemos a los votantes de quién debe conducir el país en el próximo período de gobierno. Las principales interrogantes pasan por saber cómo se piensan abordar los problemas que hoy no tienen solución y que en dos años serán mucho mayores. ¿Qué hay en concreto para apuntalar a la agricultura uruguaya, que no pase por seguir pidiendo a las empresas más eficiencia, más riesgo y más competitividad?

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