Nº 2201 - 24 al 30 de Noviembre de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáTiene razón el presidente Luis Lacalle Pou cuando dice que es la gestión del actual gobierno la que puede terminar definiendo las próximas elecciones. Así se lo trasmitió semanas atrás a algunos de los principales dirigentes del oficialismo y les solicitó que esperaran hasta la primavera del próximo año para resolver las candidaturas y dar por oficialmente iniciada la campaña electoral.
El problema es que el mensaje parece que se hubiera dicho contra el viento. A varios de los que estaban en esa reunión les llegó distorsionado, no lo escucharon o directamente no le prestaron atención. Por más que en público asuman que estos no son los tiempos electorales y respalden la visión del presidente, en privado no hacen más que pensar en los votos y hacer proselitismo.
Eso no es novedad. Siempre fue así. Pero en esta oportunidad hay una variante distinta que no es para nada menor. Ninguno de los que se perfilan como posibles herederos de Lacalle Pou dentro del oficialismo cuenta con un respaldo masivo en la coalición multicolor. No hay una figura que aglutine de la forma que lo hizo en el pasado y lo hace hoy el presidente. Nadie sobresale demasiado en ese sentido.
Tampoco lo hay en la vereda de enfrente. Dentro de la oposición los precandidatos presidenciales parecen estar ya bastante definidos pero ninguno de ellos cuenta con el arrastre que en su momento produjeron Tabaré Vázquez y José Mujica.
Entonces, cuando la elección es entre figuras que no tienen un excesivo magnetismo ni un liderazgo generalizado dentro de sus fuerzas políticas, lo que termina prevaleciendo entre los votantes indecisos —que son los que definen— es la comparación sobre cómo gestionan ambos bloques cuando están a cargo del poder.
Así parece que será el 2024, año electoral. Por eso, lo que pasa a ser absolutamente fundamental es el 2023. Lo que se haga o deje de hacer el próximo año será crucial en la definición del futuro presidente. Para poner solo dos ejemplos concretos, del éxito o el fracaso del inicio de la reforma educativa o de la votación en el Parlamento de la reforma provisional dependerá la suerte electoral del oficialismo.
Porque nadie duda de que las próximas elecciones serán muy parejas, eso está fuera de discusión. Y, al igual que ha ocurrido en los últimos casos, las definirá el centro del espectro político, ese que suele votar con la cabeza y también con el bolsillo. Para convencerlo hay que mostrarle algo en concreto, allí no valen las banderas, ni las pasiones ni los gritos desde la tribuna.
Por eso nos llama especialmente la atención cómo algunos de los socios de la coalición de gobierno resolvieron adelantar tan torpemente los tiempos electorales y ponerse a jugar con fuego. Es bastante evidente que les va la vida futura en el éxito o fracaso de la actual administración pero parece que no lo están viendo. Diferenciarse o despegarse del gobierno o ponerle piedras en el camino es facilitar la llegada de la oposición al poder. Deberían tenerlo claro.
No parece lógico que legisladores colorados, integrantes del partido político que es el socio mayoritario de los blancos en el Poder Ejecutivo, amenacen con no votar proyectos centrales del gobierno si no son tenidos en cuenta en sus planteos por el presidente Lacalle Pou. Tampoco suena sensato que el segundo socio de la coalición en caudal electoral, Cabildo Abierto, anuncie que está evaluando promover un plebiscito para impulsar un proyecto de ley que fue rechazado por la mayoría del oficialismo. Es a eso a lo que nos referimos cuando hablamos de jugar con fuego, porque puede ser muy gratificante al principio pero los terminará dañando a ellos mismos.
Luego de dos años prácticamente perdidos por la pandemia del Covid, el gobierno utilizó los últimos meses para trabajar en la elaboración de reformas fundamentales, que tiene previsto empezar a concretar en el año próximo. Las cosas se dieron así y por eso sería recomendable postergar los perfilismos dentro del oficialismo al menos hasta fines del año que viene. No hacerlo podría ser una forma irreversible de que vayan construyendo su propia derrota.