Nº 2177 - 9 al 15 de Junio de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl diario español El País entregó los premios anuales Ortega y Gasset de periodismo. Al presentarlos, Pepa Bueno, su directora, describió al buen periodismo como “el que nos enfrenta a la complejidad y a las contradicciones de la vida, el mejor antídoto contra la polarización”. El diario remarca en un editorial que el periodismo libre se practica contra quienes pretenden frenarlo y advierte que los periodistas continuarán “haciendo preguntas incómodas que nacen en la calle y vuelven a la calle” para que “quienes esconden malas prácticas de la luz pública lo tengan un poco más difícil”.
El fiscal de delitos sexuales, Raúl Iglesias, ignora esos principios y se manifiesta en forma alarmante contra el derecho ciudadano a escuchar diferentes campanas. Parece darle la razón al diario de que pretende esconder malas prácticas.
Luego de décadas de transitar por el sistema judicial nunca supe que algún juez o fiscal amenazara a periodistas. De 493 jueces y 350 fiscales titulares, adjuntos y adscriptos, Iglesias es el único que cruzó esa línea. Además de sólida formación jurídica y honestidad intelectual, un fiscal que decide sobre los pesares de la gente también debe tener serenidad, equilibrio y recato. A modo de disculpa le atribuye sus amenazas al peso histórico de conflictos personales. Las disculpas se aceptan o rechazan. Aceptarlas supondría para todos los periodistas asumir el olvido de lo ocurrido, y no es posible.
Desde mediados de mayo lanzó advertencias y desafíos. Primero mediante una pretendida broma durante un debate; más tarde con una amenaza directa contra quienes le objetan haber clausurado unas 300 causas sobre abuso sexual y porque opinan sobre su vida. También porque le cuestionan liberar a los investigados por una violación grupal en un apartamento en el Cordón. Sustituyó la prisión efectiva por prisión domiciliaria.
El 22 de mayo en Polémica en el bar desnudó su hilacha con ingredientes machistas. Mantuvo una controversia con el actor Robert Moré y cuando este insistió para que opinara sobre una fiscal con tono de broma Iglesias le preguntó si quería armar lío. Con una sonrisa agregó: “Mirá que en mi barrio eso se arregla de otra manera”. Código patotero disfrazado de broma.
Cuatro días después en el programa En perspectiva explicó que comparecía ante los medios para defender su trabajo y el de su equipo. Se explicó: “Me gustaría defenderme de determinados agravios que no corresponden. Me gustaría también que algún periodista que anda diciendo determinadas cosas por ahí me lo diga en la cara”. Otra vez el patotero. Sorprendido, el conductor, Emiliano Cotelo, le pidió los nombres de esos periodistas, pero le sacó el cuerpo y generalizó: “Determinados periodistas que salen a decir cualquier cosa. No voy a dar nombres, ellos saben bien quiénes son”. Y aumentó los decibeles de su desafío: “Estoy en Uruguay 1125, que vengan y me lo digan en la cara”.
la diaria publicó el 27 de mayo una disección sobre la vida de Iglesias (adversidades personales, candidato colorado en 1994 en una lista de Julio María Sanguinetti que se considera de izquierda y que en su casa cuelga una bandera frenteamplista como apoyo a su fallecido hijo comunista). La nota de Pablo Manuel Méndez se tituló La impronta de Raúl Iglesias y su polémica trayectoria.
La Asociación de la Prensa Uruguaya (APU) reaccionó con “preocupación” por esa “actitud amenazante”. Remarcó que “estas expresiones destempladas y de barra brava en contra de quienes —a su entender— esbozan críticas en medios de comunicación no condicen con el papel de representante del Ministerio Público que le compete al señor fiscal”.
Luego el fiscal se justificó en El País: fue “un exabrupto” porque “me molestó que me juzguen sin conocerme”. Argumentó: “A veces uno, de acuerdo con su historia de vida, dónde le tocó vivir, le surgen cosas de su pasado que tiene que corregir y mejorar. A veces son la familia y los amigos que le ayudan en ese proceso”. En Desayunos informales de Canal 12 fue consultado por los comentarios que le molestaron: “Dijeron cosas de mi familia, de mi hijo. Eso me molestó”. Y puso la marcha atrás: “Ya está. Se me fue la moto porque estaba mal. Soy un ser humano, con mis pasiones con luces y sombras”.
Atribuye sus amenazas al peso de su “historia de vida” y a que tiene “pasiones con luces y sombras”. Si esa historia de vida y sus pasiones personales se cuelan entre las cuatro paredes donde ejerce su función de juzgar, ¿qué garantías tienen denunciantes, víctimas o investigados de que no decida temas jurídicos impulsado por esas influencias?
Iglesias le reprochó al fiscal general, Juan Gómez, haberle pedido un informe sobre los 300 archivos y reivindicó su independencia técnica. Eso es harina de otro costal; hay que separar la paja del trigo.
En este asunto lo medular es que los ciudadanos sepan si este fiscal tiene estabilidad emocional y psicológica para desempeñar su cargo sin exabruptos jurídicos. Solo lo puede determinar una junta de peritos psicólogos del Instituto Técnico Forense. Para que los justiciables tengan certeza, ¿alguien se atreverá a ponerle el cascabel al gato? Ahora la Asociación de Magistrados Fiscales resolvió por unanimidad derivar a Iglesias a su Tribunal de Conducta Gremial a causa de sus “intervenciones mediáticas”. Temen que sus acciones empañen la imagen de todos. Y así es.