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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHoy (8 de marzo) tuve el duro trance de atravesar el velatorio y entierro de mi querido padre Julio Washington Moro Revello.
La sola mención de su nombre en el título de esta carta hace pues que mi ritmo cardíaco se acelere, que mis manos me pesen, tanto o un poco menos quizás que cuando me vi a mí mismo junto a mi familia cargando la manija de su ataúd en la empresa que durante ya 4 generaciones lleva nuestro mismo nombre, por lo menos en lo que hace a su apellido.
Antes de redactar estas líneas quiero agradecer a María Martinelli, colega y antes —y más importante que eso— una mujer que atravesó (quizás como tantas otras) con este mismo desafío de tener que enterrar a su padre y seguir adelante con la satisfacción y el peso que implica su legado. A raíz de anteriores cartas mías en este semanario me sugirió que volviese a dedicarme a aquello que representa una pasión personal en cierta medida frustrada (el convertirme en escritor) cuando me fue a dar las condolencias.
Sin más rodeos y con todo lo removedor y difícil que puede ser escribir sobre él, siento que debo rendir un humilde homenaje a través de estas líneas a quien fuese sin dudas el hombre más importante y gravitante de mi vida.
Quiero agradecer, también, al sicológo Alejandro de Barbieri a quien no tengo el placer de conocerlo pero es en definitiva el autor del libro que supimos compartir junto a mi papá en sus últimos días (“Educar sin culpas”), que es un libro cuyo aporte tridimensional, o sea en la dimensión de un ser humano como hijo, padre y como hombre, nos brindó un bálsamo y dulce cierre a una vida en común muy pero muy feliz.
Antes que nada quiero decir que más allá de que a mi padre se lo llevó una enfermedad tan cruel y generalizada como lo es el cáncer, me siento bendecido a pesar de todo, dado que se fue dejándome hecho un hombre de 36 años con mi propia familia armada (o como se dice en el libro citado ut supra, habiendo aprendido a amar afuera, por fuera de la primera familia y formando una sólida segunda familia). A veces imagino qué hubiese sido si esto hubiese ocurrido antes sin estar “preparado” como lo estoy hoy (obviamente el entrecomillado todos se imaginarán a qué se debe; nunca se está preparado para la partida de un ser tan querido).
Quiero también ver increíblemente y quizás egoístamente una cara positiva de la enfermedad, que fue la construcción paulatina y gradual de un duelo bastante previsible que día a día se presentía venir, dado que los médicos nunca nos dieron ninguna esperanza de recuperación desde el comienzo.
El otro punto positivo y no menos importante fue ver en primera persona la maravilla y solidaridad de mi madre al permanecer estoica en todo momento a su lado demostrándome lo que es el verdadero e incondicional amor, sirviendo de ejemplo de vida para mí aún en las situaciones más duras, más complejas, demostrándome que el amar implica un costo beneficio y que vale la pena correr el riesgo, a pesar de todo.
La otra mención es para mi hermana, la que en días tan duros como los que vivimos probó que podía devolver con creces todo el cariño y desvelo recibido en su crianza.
Como se puede ver, entonces, el cáncer parece habernos dado una oportunidad a todos los demás de servirlo, atenderlo y demostrarle cuánto lo amábamos y cuánto estábamos dispuestos a sacrificarnos por él armando un equipo homogéneo donde jamás hubo reproches ni recriminaciones sino un objetivo en común: que él se sintiera bien más alla del duro momento.
Lo negativo sin duda será que se lo llevó, que aunque sea un poco lo hizo sufrir (vale recalcar que siempre se mostró firme, de buen ánimo, agradecido y feliz) y que fue la forma en que la muerte que a todos algún día nos llega, encontrase la forma de sellar su destino a sus casi 70 años de edad.
Quiero ahora dejar de lado eso que momentáneamente tengo tan fresco en la mente (sus últimos días) y remontarme hacia atrás. Hacia aquel hombre del Chevrolet Chevette que si alguno de mis compañeros del Colegio Seminario lee esta carta bien recordará llegando junto a mí al campo de deportes del Loyola. Es curioso: era el único padre que siempre iba, no faltaba nunca...y pensar que a mí me avergonzaba, dado que solía darme indicaciones desde afuera la cancha y cuando se es niño muchas veces uno no es capaz de ver la convicción y ternura con la que me acompañaba cada sábado a la mañana.
Recuerdo cuando me llevaba al colegio en ese mismo auto, siempre escuchando la audición de Heber Pinto “sea ud. juez por un minuto”, la propaganda de los paraguas y pilots de Casa Metro sonando de fondo y toda esa mística que siempre nos rodeó a él y a mí, su hijo hombre mayor, hasta me llevó un dia a la radio y Heber me dio la oportunidad de hablar por el micrófono; quedé maravillado.
Nuestras tardes de verano juntos en la piscina de Arcobaleno, nuestras idas al Cilindro en familia a ver el basketball en las épocas de la selección uruguaya campeona sudamericana, conducida por su capitán Carlos Peinado y tanta cosa linda más, como cuando él mismo con sus propias manos me construyó una rampa para el skate en su pequeño taller del fondo de mi casa.
Luego vino la adolescencia que para todos es una etapa de rebeldía, conflictos y ambiciosas y precoces pretensiones de independencia e identificación.
Después la universidad. Y si bien él no tuvo estudios terciarios, sí recuerdo lo mucho que me apoyaba dándome ánimos de que estudiara, de que me recibiera, que seguro encontraría mi lugar en el mundo profesional y su permanente compromiso de darme todo lo posible para que tanto esfuerzo se cristalizara en éxitos y realización personal.
Concomitantemente me guió en mis primeros pasos en la empresa. Sus enseñanzas, tan simples y casi absurdas como la de aquella que dice que la felicidad completa no existe y la de analizar y deslindar el concepto de estar presentable, algo que por tonto que parezca, en épocas tan convulsionadas como la actual, vale la pena refrescar (ya debo estar hablando y sonando como mi papá).
Para los que lo conocieron, ya sea una amistad personal u ocasional basada en el delicado servicio que brinda la empresa familiar que gira en el ramo de pompas fúnebres, ya habrán probado de su valía, de su compromiso constante con la excelencia, con la humanidad, con aquello que era su misión de vida y que tan bien y con tanto cariño supo inculcarme y maravillarme hasta el punto de lograr enrolarme a mí en tamaña y dificultosa labor: continuar la empresa familiar.
Pero, bueno, creo que corrí con la misma suerte de todos. Logró hechizarme, encantarme, enamorarme, más allá de yo haberle dado mi toque personal a la labor.
Sin duda a mi papá lo resumen sus valores, la magia de su simpleza, su entrega por su causa sin esperar nada a cambio, el compromiso por su familia, por su amada esposa, por su empresa y por disfrutar de la vida más alla de las adversidades que se le presentaran.
Sé que no me lo decías seguido, papá, pero estabas muy orgulloso de mí (no quiero pecar de soberbio pero por ahí quizás hasta superé tus expectativas) y creeme que el único cometido que eso tuvo fue para mí el de además de ser un hombre muy feliz como lo soy hoy, el de hacerte un gran homenaje en vida que no dudo que lo logré.
En definitiva, nos quisimos en pila, papá, y hoy que ya no estás, eso es lo que importa. Serás mi guía desde el cielo porque ya desde que estabas enfermo y frente a una situación compleja, siempre pienso antes de decidir qué haría en la misma posición mi papá.
Dr. Julio F. Moro
Abogado