N° 1900 - 05 al 11 de Enero de 2017
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáBien aspectada, la semblanza es solamente un género literario; pero cuando se la carga de intencionalidad política, puede ser un arma letal si el escritor que lo acomete tiene energía e imaginación suficientes como para seleccionar las minucias de una existencia y conferirle el valor de un discurso, de una reclamación, de una denuncia. Maestro en el arte de construir ideas a partir de las personas, que es el difícil arte de recodificar los acontecimientos y las palabras en un encuadre presidido por las finalidades y los intereses, Sarmiento ha dejado estupendos bocetos de algunas personalidades de la historia. Como en ningún momento ocultó su admiración por el estilo y los manejos de Voltaire, todas sus semblanzas —la de Rosas, la de Quiroga, aun la apologética de Lincoln— tienen la peculiaridad de ligar las actitudes y rasgos de conducta y aun los fatales rasgos físicos, a las premisas o metas políticas que identificaron a los personajes, sin ahorrar en ningún caso la reflexión irónica y la invención deliberada de detalles para subrayar elementos estructurales.
Hay que ver el esbozo del fraile Aldao, uno de los más temibles caudillos de la secta de Rosas, que fuera gobernador de Mendoza; hombre forjado en las guerras de independencia. La precisión del estilo de Sarmiento es, creo, única en lengua española; se comprende la admiración sin medida que tuvo Borges. Su pequeño ensayo sobre este emblemático caudillo que pasó de un hábito a otro, de sacerdote a soldado, como se cambia de camisa, es disfrutable.
Habla de un episodio, una epifanía que tuvo lugar en febrero de 1817 al borde de los Andes y del que fue testigo el entonces coronel Las Heras, que no supo disimular su asombro ante la curiosa conversión del joven sacerdote: “Al regresar la vanguardia victoriosa al campamento fortificado que ocupaba el coronel Las Heras con el resto de su división, las chorreras de sangre que cubrían el escapulario del capellán, revelaron a los ojos del jefe, que menos se había ocupado en auxiliar moribundos, que en aumentar el número de los muertos. “Padre, cada uno en su oficio: a Su Paternidad el breviario, a nosotros la espada”. Este reproche hizo una súbita impresión en el irascible capellán. Traía aún el cerquillo desmelenado y el rostro surcado por el sudor y el polvo; dio vuelta a su caballo en ademán de descontento, cabizbajo, los ojos encendidos de cólera y la boca contraída. Al desmontarse en el lugar de su alojamiento, dando un golpe con el sable que aún colgaba de su cintura, dijo como para sí mismo: ¡lo veremos! y se recostó en las sinuosidades de una roca. Era este el anuncio de una resolución irrevocable; los instintos naturales del individuo se habían revelado en el combate de la tarde, y manifestándose en la superficie con toda su verdad. Esto se escribía en febrero de 1845 a despecho del hábito de mansedumbre, o de una profesión errada; había derramado sangre humana, y saboreado el placer que sienten en ello las organizaciones inclinadas irresistiblemente a la destrucción. La guerra lo llamaba, lo atraía, y quería desembarazarse del molesto saco que cubría su cuerpo, y en lugar de un cerquillo, símbolo de humillación y de penitencia, quería cubrir sus sienes con los laureles del soldado; había resuelto ser militar como José y Francisco, sus hermanos, y en vez del pacífico valor del sacerdote que encamina al cielo el alma del guerrero moribundo, encaminar a la muerte a los enemigos de su patria”.
En la guerra civil la crueldad de este hombre impío alcanzó sus más altas cotas de horror; si a ello se añade el uso habitual del vino y de la caña como estimulantes para sus danzas macabras en las ciudades y en los campos, tenemos la escena goyesca por excelencia. Sarmiento es vívido en su relato, y nos hace asistir al hecho, como si estuviéramos allí: “¡Ay de los vencidos! La carnicería comienza; grita con ronca voz a sus soldados, ‘¡maten! ¡maten!’, mientras que él mata sin piedad prisioneros indefensos. (…) La carnicería se hace general, y los jóvenes oficiales mutilados, llenos de heridas, sin dedos, sin manos, sin brazos, prolongan su agonía, tratando de escapar a una muerte inevitable. La noche sorprende a los vencedores matando; las partidas se vienen a la ciudad, y cada tiro que interrumpe el silencio de la noche, anuncia un asesinato o una puerta cuya cerradura hacen saltar. El día siguiente sobrevino y el saqueo no había cesado. El sol apareció para contar los cadáveres que habían quedado”.