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    La Batalla Constante por las Pequeñas y las Grandes Cosas

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2115 - 18 al 24 de Marzo de 2021

    En el video se ve lo siguiente: un bus interdepartamental circula por el carril que no le corresponde, en sentido contrario digamos, mientras a su derecha un camión larguísimo circula con las ruedas de afuera en la banquina. Una moto que viene por el carril que ocupa el bus se cruza con él y logra esquivarlo apenas. Quien filma la escena es el conductor de otro camión gigante, que circula justo atrás del primer camión. A primera vista, el conductor del bus es un irresponsable. Sin embargo, una mirada atenta puede decir otras cosas.

    Puede decir que es probable que el autobús rebasara al camión que lo filma y, cuando termina de rebasarlo, descubre que pegado delante hay otro camión. Que cuando intenta rebasar a ese segundo camión se encuentra con el tráfico en sentido contrario, corriendo a toda velocidad a su encuentro. Que el que filma (y que mientras filma dice tres veces: “No lo dejes entrar”) frena lo justo para que el bus entre delante suyo, sin dejar de hacerle amagos y tocarle bocina. Y que entonces el autobús vuelve al sentido que le toca y apenas logra esquivar otro camión que viene de frente. Más que pensar de quién es “la culpa”, parece interesante pensar en los factores que llevaron a esa situación, en que quizá el asunto de fondo remite al dilema competencia vs. colaboración. Y que, obviamente, no solo afecta al tránsito.

    En el caso del video, Twitter muy pronto se llenó de hinchas del conductor del camión y, un poco más lentamente, de gente que señaló a los camioneros como responsables. Se crearon bandos. Dominó la idea de que el camionero ya hace un esfuerzo al circular por la banquina y que, dado que el chófer del bus es el único responsable de los pasajeros, “la culpa” es suya y que “la razón” asiste a los camioneros. Argumentos que podemos llamar “neoliberales” en el sentido más peyorativo del término: defensa a ultranza de la responsabilidad individual, el tránsito concebido como una jungla en donde cada uno se ocupa de sí mismo y en donde la colaboración es percibida como una debilidad. Una mirada reducida que pierde de vista el antes y el después.

    Por ejemplo, si los dos camiones que aparecen en la escena (el que filma y el que casi choca) circularan separados por los cien metros que señala el reglamento de tránsito carretero del país, nada de lo que vemos en el video habría tenido lugar. Es decir, si la colaboración no se hubiera limitado a impedir un choque de frente en el último segundo y fuera la constante en las carreteras, habríamos prevenido por completo el incidente. Tenemos suficientes normas y reglas que delimitan esta clase de situaciones. Es solo que muchas veces no las aplicamos porque nos movemos siguiendo lógicas de competencia. Otro ejemplo: si alguien se incorpora al tránsito de una avenida y lo hace usando el señalero y entrando a, pongamos, 50 o 60 metros delante nuestro, lo razonable no es acelerar y tirarle el coche encima mientras tocamos bocina como posesos. Lo razonable es bajar, qué sé yo, un 5% nuestra velocidad y dejar que el otro conductor ingrese. Sin embargo, la mayor parte de las veces ocurre lo primero. Como dice un amigo: “En Montevideo prender el señalero es darle información al enemigo”.

    Esto no es algo que ocurra en exclusiva en el tránsito. Si alguien me preguntara, diría incluso que el tránsito es más bien corolario de una forma de entender lo público más general. Una mirada que lejos de verlo como un espacio de construcción común, la clase de edificio que suele importarles más a los tibios que a los prendidos fuego, entiende las relaciones con los otros como un combate sin fin, un conflicto permanente que jamás se resuelve. Una agonística que se sostiene en lo que podemos llamar La Batalla Constante por las Pequeñas y las Grandes Cosas: la pelea a codazos por un carrito en el super, la lucha por el asiento en el bondi (la famosa vieja de “mal de la cabeza”), los amagos casi letales entre un bus y dos camiones en la carretera, el combate feroz a lo que sea que diga o haga el rival ideológico.

    Sin profundizar en dilemas sobre el huevo y la gallina (es decir, sobre si primero fuimos así en el tránsito y después en la política o al revés) es bastante claro que ese talante negociador, que busca tender puentes con el otro, que busca implicarlo en la solución de problemas que atañen al colectivo, no abunda especialmente en la oferta política actual. La competencia feroz, “neoliberal” como dije, parece venir marcando la cancha. La negociación en pro de un bien que trascienda lo partidario (o la dicotomía chóferes de bus vs. camioneros) está casi eliminada de las prácticas locales. E incluso cuando existe, se la maquilla como confrontación, no sea cosa de que nos acusen de blandos o tibios.

    Así, la zona común se vuelve tenue. Y en esa zona común es donde estamos instalados la inmensa mayoría de nosotros, pasajeros de un interdepartamental en riesgo de darse una piña de frente. Despreocupados, ya que tenemos tremendos líderes que nos representan fenómeno, aunque en realidad se limitan a filmar la escena desde la cabina. O andan entreverados en la discusión sobre si los camioneros del video tienen “razón”. Una “razón” que se esfuma en el momento del impacto: de poco le sirve tenerla a quien muere o provoca una muerte evitable.

    Cuando un automóvil ingresa a una autopista en España, quien circula por el carril derecho de esa autopista tiene la obligación de, si puede, cambiarse al carril izquierdo. Así, quien ingresa lo hace de manera fluida, sin enlentecer el acceso ni generando una situación peligrosa al ingresar a muy baja velocidad en una autopista donde se circula encima de los 90 kilómetros por hora. Es decir, el objetivo de la medida es agilizar todo el tránsito, no el de uno u otro coche. La colaboración tiene sentido porque mejora los resultados colectivos, que siempre son mucho más que la sumatoria de resultados individuales generados en una situación de competencia. Para eso hace falta entender el tránsito como un flujo de colaboración y no como un intercambio de codazos en el que si se aplica “la razón” individual se termina en un choque frontal. “La razón” como regla social solo tiene sentido si mejora los resultados del colectivo, no los de tal o cual jugador.

    Creo que el tránsito puede ser leído como un emergente de la gestión que hacemos de nuestros asuntos comunes. Mientras sigamos poniendo el foco en quien tuvo “la culpa” mientras miramos la foto final, perderemos sistemáticamente de vista las posibilidades de colaboración que tuvimos y que nos llevan hasta esa u otra foto final. Si no entendemos que la cooperación y la capacidad de anticipar escenarios son clave para evitar accidentes en la ruta o en la política, seguiremos validando toda clase de codazos, chicanas, “no lo dejes entrar” y demás mandangas. En el tránsito y en la vida. Sin colaboración no hay política, y sin política nuestro interdepartamental viaja sin saberlo hacia el choque frontal. Mientras, los camioneros filman y nosotros pensamos que supimos cumplir cuando tomamos partido sobre lo que vimos en el video.