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    La Biblioteca de San Marco

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2121 - 6 al 12 de Mayo de 2021

    El ardor comercial que envolvió a Venecia en el despliegue de su máximo esplendor determinó la necesidad de contar con un personal diplomático a la altura de las necesidades de la época y empujó a la República, en 1446, a abrir una Escuela de Humanidades en San Marco, en beneficio de los jóvenes de la cancillería: fue esa, creo, la primera intervención directa del Estado en el campo de la educación, lo que luego engendraría varios ejemplos más o menos buenos y de los otros.

    Los resultados de la escuela distaron mucho de ser satisfactorios en los primeros pasos. Por eso, en 1460, se habilitó una segunda cátedra, a la que se convocó a figuras destacadas del mundo intelectual de entonces, maestros de indubitable prestigio y probados conocimientos. El mérito de tal apertura debe atribuirse a Ludovico Foscarini y a su círculo de amigos, que era un grupo de patricios de la misma generación y en su mayoría graduados de Padua, que se definían por tener intereses de estudio comunes y ambiciones políticas similares. Y algo más: todos estaban comprometidos en un sentido humanista y eran notorios coleccionistas de libros y de bibliotecas que ya por entonces brillaban por su especialización y actualidad.

    Otra preocupación de Foscarini y sus amigos era dotar a la República de una historia adecuada, que fuera tanto un instrumento de apología frente a las acusaciones formuladas contra la República por sus enemigos como de exaltación de la independencia, libertad y concordia del gobierno veneciano. Paolo Morosini escribió famosos ensayos en defensa de Venecia. Bernardo Giustiniani escribió la historia de sus orígenes. A Foscarini le hubiera gustado crear en ese momento el cargo de historiador público, pero hubo que esperar algunos años hasta que ello fue posible. Estos patricios eran plenamente conscientes de la importancia política de la cultura, por eso trabajaron de manera pionera para dotar a su ciudad de una gran biblioteca pública y así es como tuvo lugar la fundación de la celebrada Biblioteca de San Marco. Pero para comprender este evento en todo su valor es necesario recordar algunos eventos de gran alcance que ocurrieron en esos años. La iniciativa en realidad es un poco más antigua: la idea de crear una biblioteca pública en Venecia tomó forma por primera vez cuando Francesco Petrarca discurrió horas felices y horas tristes en la ciudad de la laguna y se enamoró de su pujanza. En 1362 decidió donar sus libros a la República para que formaran el primer núcleo de una colección mayor abierta a estudiosos y amantes de la cultura. En la decisión de aceptar la propuesta del poeta, el Maggior Consiglio previó los gastos necesarios para establecer un lugar adecuado para la conservación de libros. Sin embargo, no se siguió el diseño de Francesco Petrarca; el proyecto fue más ambicioso.

    La historia se enlaza con la caída de Constantinopla. Pocos años antes de este colapso la Serenísima volvió a estrechar lazos con aquellos cristianos a los que en un momento sirvió y luego traicionó. Numerosas embajadas de alto nivel llegaron a Venecia en solicitud de apoyo o de consuelo; reclamaban una Cruzada, que en los hechos no tuvo lugar, aunque el papado hizo esfuerzos entre las potencias de entonces para concitar adhesiones. Venecia fue el medio privilegiado de todas esas gestiones de la defensa europea.

    La acogida dada por parte de las autoridades venecianas al emperador bizantino Juan VIII, al patriarca José II, a los numerosos eclesiásticos y laicos que llegaron en febrero de 1438 fue no solo suntuosa, sino también cordial: los griegos se sintieron rodeados por la simpatía elegante de los venecianos; llegaron a creer que estaban entre amigos; lo que no dejaba de ser un resultado notable, considerando lo tormentosas que habían sido las relaciones entre los dos pueblos en siglos anteriores. Los griegos tenían, y trajeron, muchos libros consigo: el emperador viajaba acompañado de un Plutarco enorme, un hermoso códice de Platón y un libro que contenía todas las obras más famosas de Aristóteles; Bessarion, obispo de Nicea, llevó consigo el Contra Iulianum de Cyril y varias obras de Ptolomeo y de Euclides. Todo eso lo puso a salvo en Venecia, lo confió a los patricios cultos. La biblioteca ya tenía una forzosa razón de ser. Desde ese momento la Biblioteca de San Marco es una visita obligada para todos quienes entran en contacto con los canales, las góndolas y los recuerdos del resplandeciente señorío.

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