N° 2072 - 21 al 27 de Mayo de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAl principio, lo que imperaba todos los santos días era la cantidad de infectados, recuperados y muertos que había en el mundo. Estaba en juego la especie humana, lo decían los médicos y los gobernantes, lo repetían los informativos. El virus era más letal con los ancianos, que en los hospitales y en los geriátricos morían como moscas. Había terror a que te tosieran y te estornudaran cerca; en la cara, sería la muerte. Tuve un conocido al que le tosieron y antes de hacerse ningún análisis, se pegó un tiro. El miedo mayor era enfrentar el día después en el que ya nada sería igual. Todos se mantenían en cuarentena y para las esporádicas salidas usaban el barbijo como precaución. Nadie se reconocía en las calles y se miraban con desconfianza, en Tokio, Buenos Aires, Nueva York, Valizas, Bombay y Montevideo. Pero más que miedo, lo que predominaba era una gigantesca ansiedad, un profundo hartazgo debido al confinamiento inevitable para combatir un enemigo microscópico, es decir, invisible. Los que podían, hacían acopio de reservas, y no solo de alimentos y artículos de limpieza, tan necesarios para mantenernos de pie mínimamente aseados. Comenzaron los almacenamientos de alcohol (no solo en gel), tabaco y otro tipo de sustancias que llevan al cuerpo a un estado más animado y alegre. Durante el encierro crecía una fuerza mayor que el miedo al bicho, un fuego más intenso que el temor a la nueva normalidad o a la nueva realidad. Era la idea del desquite, de la gran revancha, del por qué no te vas un poco a cagar, coronavirus. La curva de la algarabía sería mucho, muchísimo más pronunciada que la curva de la asquerosa peste en su peor momento, en el país que fuera. Y el día finalmente llegó. Cayeron los velos, pañuelos y barbijos. La gente salió a las calles a cara descubierta (es un decir: algunos lo hicieron desde sus casas) y destapó y descorchó botellas y se largó a beber, a tomar, a chupar. Y lo hacían como posesos. Y los que mantuvieron las precauciones bebieron igualmente con pajita a través de los barbijos y las máscaras y los pañuelos y las bufandas. Los ancianos en los geriátricos dejaron las mascarillas de oxígeno y, temblorosos, empuñaron la botella. El líquido se desparramaba más hacia afuera que hacia el interior. No importa: la actitud dionisíaca estaba. Hasta los científicos en los laboratorios, con sus trajes de astronauta y sus escafandras bebían de una pajita, y no era un remedio contra el bicho: era cerveza o whisky o vino o vodka. Un momento que se vio en todas las pantallas del mundo: las gargantas ingerían líquidos destilados por todas las culturas imaginables. Una formidable nuez de Adán que se movía a tope, arriba y abajo, abajo y arriba. Se lo conoció como la Gran Tragada o Fiesta Final. Nadie recuerda si también hubo música, baile y sexo. La curva fue tan pronunciada como ninguna otra. ¿Y los muertos? Muchísimos, pero eso no importa. Fue el levantamiento popular de la vieja normalidad, que precisamente por vieja se despedía. En todo levantamiento siempre hay bajas. Los ciudadanos de la nueva normalidad, los que quedaron, fundaron una sociedad mucho más sana, con vacuna, distanciamiento social y mayor conciencia ecológica. ¿Y cómo es esa sociedad? No lo sé: yo me fui con la vieja.