Esa misma semana, en Montevideo, durante un encuentro de una agrupación colorada, el exrepresentante de Jorge Batlle en la Comisión para la Paz, Carlos Ramela, insistió en que “la historia reciente ha sido totalmente deformada”. En su opinión, “hay una versión oficial de lo que ocurrió antes de la dictadura” que “hasta se enseña en algunas escuelas” y por eso “una buena parte del Uruguay está engañado” (Búsqueda Nº 1.980).
Aunque la esposa del expresidente, Marta Canessa, es egresada de Historia del Instituto de Profesores Artigas (IPA), la mayoría de los académicos consultados por Búsqueda entienden que Sanguinetti hace un trabajo memorial, pero critican que sus aportes no facilitan una mejor comprensión del papel del Partido Colorado en el golpe de 1973 e incluso de la salida democrática.
Es que los de Sanguinetti, igual que los del exministro de Defensa y fundador del movimiento Tupamaro, Eleuterio Fernández Huidobro, son más libros de ensayo políticos y memorias que investigaciones históricas, añaden.
Decime qué buscás.
“No somos los dueños del pasado, cualquiera puede hacer la interpretación que le parezca tomando los datos que le parezcan; el problema es cuando quiere transformar esa visión en hegemónica. La discusión siempre se reabre, no tenés nunca una visión acabada. Si decís que hay una historia colorada es porque estás situado en otra”, opina el investigador de la Facultad de Humanidades de la Universidad de la República (Udelar) Carlos Demasi.
Además de presentar una cierta metodología que, a diferencia del periodismo, incluye siempre mostrar las fuentes, el historiador debe tener honestidad intelectual.
“Lo profesional es que si no encuentran lo que buscan lo descubren y lo dicen. El problema de estudiar el pasado es que siempre encontrás lo que buscás. Decime lo que buscás y te lo traigo”, advierte Demasi con ironía.
“No somos los dueños del pasado, cualquiera puede hacer la interpretación que le parezca tomando los datos que le parezcan; el problema es cuando quiere transformar esa visión en hegemónica”, opina Carlos Demasi.
Para ilustrar el carácter profesional puso el ejemplo de la historiadora Clara Aldrighi, que no reniega de su vieja militancia tupamara. “Encontró algo inesperado para la izquierda: Pacheco se había puesto en contra del gobierno estadounidense en el caso (del asesinado asesor policial Dan) Mitrione. Lo dice. No es el Pacheco que le gustaba, pero lo hizo”.
A Demasi le gusta recordar la obra teatral del alemán Bertolt Brecht, Galileo Galilei, quien cuando le levantan la censura dice: Vamos a trabajar pensando que nuestros adversarios tienen razón.
Destacó que un historiador debe mantener “el compromiso intelectual, estar alerta de encontrar lo que no estabas buscando”.
El profesor de Metodología de la Historia Juan Andrés Bresciano explica que en todo el mundo la historia reciente es una especialidad reconocida desde hace varias décadas y que, en general, se abandonó la concepción del siglo XIX que exigía una distancia temporal y tenía a los archivos estatales casi como única fuente válida.
Para la profesora de Historia del Uruguay Magdalena Broquetas, hay que tener presente que existe una dicotomía entre historia y memoria.
“La historia es una operación intelectual, controlada, más fría, mientras que la memoria es más emocional. La historia es una ciencia, pero una ciencia humana. Tiene unas reglas, un método, son ciencias sociales, no es matemática, no es física, pero es ciencia. No es un ensayo, no es un ejercicio de memoria”, sostiene.
Demasi y también el investigador de la Facultad de Ciencias Sociales de Udelar Jaime Yaffé destacan que no es tan relevante si un historiador es blanco, colorado, frenteamplista o del Partido Independiente, sino su profesionalidad.
“Siempre importa qué sos. No se trata de perder identidad ni transformarte en otra cosa, sino que seas capaz de construir un relato que pueda ser contrastado por otros, no a partir de intuiciones ni de experiencias personales intransferibles, sino de la documentación. Está buenísimo lo que hacés, pero mostrame los documentos. Y si seleccionás documentos, tenés que tener un criterio. Quedás expuesto si otro descubre documentos que tenías que haber mostrado y no lo hiciste. Es gravísimo”, explica Demasi.
“La historia es una operación intelectual, controlada, más fría, mientras que la memoria es más emocional. La historia es una ciencia, pero una ciencia humana”, sostiene Magdalena Broquetas.
Hasta mediados del siglo pasado, cuando Juan Pivel Devoto publicó su obra acerca de los partidos políticos, estos eran considerados por los historiadores contrapuestos a la nación.
Pablo Blanco Acevedo, Eduardo Acevedo y Héctor Miranda, por ejemplo, estaban muy cerca del Partido Colorado, pero hacían una historia nacional.
Según Demasi, el libro de Pivel fue “un giro radical” que aportó profesionalidad aunque no escapó a algunas picardías blancas: publicó al colorado Francisco Bauza en siete tomos, pero dos eran una larga introducción propia. Y en la colección Clásicos Uruguayos nunca incluyó al colorado Eduardo Acevedo.
Luis Alberto de Herrera también hizo un aporte significativo al estudiar las guerras civiles del siglo XIX como embrión del sistema de partidos, una tesis que comenzó a desarrollar a comienzos de siglo pero que pudo publicar recién en 1942.
El uso político no es ajeno a la izquierda ni a la derecha, pero los historiadores profesionales, aunque en su inmensa mayoría son de izquierda, aspiran a no ser instrumentos políticos, aunque Demasi admite que es posible que los historiadores del futuro consideren que ellos estaban demasiado pegados al Frente Amplio.
Álvaro Rico, en su libro Cómo nos domina la clase dominante (2005) sostiene que la reescritura de la historia “desde el poder estructura una memoria del Estado sobre la sociedad sesentista a los efectos de resignificar la cultura del miedo y la percepción de amenaza a la estabilidad democrática recuperada”, lo que lleva a una “presentificación” de la dictadura que resignifica la autoridad gubernamental y actúa como mecanismos de “censura y autocensura” sobre historiadores, cientistas sociales y periodistas.
Rico, que luego, con el triunfo del Frente Amplio, lideró un equipo de historiadores que realizaron una investigación sobre la dictadura a partir de archivos militares y policiales desclasificados, sostuvo que antes se produjo “una apropiación de la historia nacional y del pasado reciente”.
Rico parte de la base de que “quien puede decir la verdad sobre el pasado, lo está diciendo también sobre el presente”.
El solitario doctor Corbo.
Esta semana, el historiador Daniel Corbo defendió su tesis de doctorado en la Universidad del Salvador (Buenos Aires). Aunque el trabajo, que tuvo como tutor a Gerardo Caetano, no refiere a la historia reciente, Corbo es reconocido por sus pares por su producción científica en esta especialidad.
A diferencia de su colega Ana Ribeiro, que no es blanca aunque apoyó a Jorge Larrañaga en las últimas elecciones, Corbo tiene una militancia wilsonista definida y ocupó cargos en el gobierno de la educación en representación del Partido Nacional.
Otro reconocido blanco fue Lincoln Maiztegui, autor de un trabajo valioso acerca de la dictadura (Orientales, tomo 4). Los historiadores critican que no cita las fuentes y, por lo tanto, salvo Demasi, lo consideran un divulgador, a pesar de haber buceado en los archivos.
Como directora del Instituto de Historia de la Universidad Católica, Ribeiro, que investiga el siglo XIX y se mantiene alejada de la historia reciente, tiene conciencia de que existe un déficit en ese centro de estudios acerca de la especialidad. Opina que existe una “inflación de memoria” y, a la vez, existen voces que no han hablado, por su propia voluntad o porque no han sido escuchadas.
“Una cosa es acercarse al horror, meter la mano en el pozo más profundo para sacar más datos del horror y de golpe tenés al represor en la vereda de enfrente y porque te da asco no te acercás. ¿Cuántos testigos y participes de segundo nivel no han sido convocados?”, se preguntó. “Hay cosas del presente que se interponen, que no te dejan ver, tus propios prejuicios”.
“La sociedad uruguaya no discute sobre sí misma; falta audacia para poner temas sobre la mesa”, dice Daniel Corbo.
Corbo, por su parte, ha publicado sobre las polémicas elecciones de 1971 y el plebiscito de 1980, y desde 2000 es docente de la Universidad de Montevideo.
El novel doctor fue secretario de Pivel cuando este presidió la Administración Nacional de Educación Pública, a la salida de la dictadura, y fue testigo de los esfuerzos del historiador para que se enseñara historia reciente en escuelas y liceos.
“El alumno debe estar habilitado para defenderse de la información o interpretación tendenciosa que le proporcionan extracátedra. En todo es aconsejable no confundir el laicismo con la asepsia y la objetividad con la desinformación”, fue uno de los legados manuscritos que dejó Pivel a Corbo.
Sin embargo, como blanco en un mundo académico ganado por gente de izquierda, Corbo se siente solo. Aunque reconoce que no es solo responsabilidad de quienes son mayoría. Si en una librería hay 25 títulos de gente de izquierda, dice, la culpa no es de ellos sino de los que no producen.
Corbo es muy crítico del enfoque de Sanguinetti tanto en La agonía de la democracia, donde “describe dos demonios y él se ubica en el medio”, como en La reconquista, porque reduce todo a una cuestión “cupular” y olvida el papel de las movilizaciones populares, además de dejar a Wilson Ferreira en un plan de no estadista.
“La sociedad uruguaya no discute sobre sí misma; falta audacia para poner temas sobre la mesa”, dice.
También se queja de ausencia de diálogo en la propia academia: “Para los que no son de izquierda es muy difícil, es necesario que esta sea plural en serio, que se escuchen más voces”.
Yaffé, que fue su alumno en Secundaria y fue quien lo invitó a dialogar la última vez hace dos años, considera valioso el trabajo de Corbo. Pero se defiende: “No tengo una explicación de por qué hay tan pocos historiadores blancos y colorados. Parece que los ciudadanos de esos partidos prefieren dedicarse a otros oficios. Son la mitad del país, deberían ser la mitad, como en otras profesiones”.
¿Será que no se sienten cómodos? “Puede ser”, responde.
“Hoy todos fuimos al Obelisco en 1983 y a la marcha de los estudiantes, aunque no es así”, asegura Oscar Destuet.
Yaffé reconoce que existen muchas más investigaciones sobre la izquierda, en especial el movimiento tupamaro. Como descargo dice que en los últimos tiempos se han presentado tres tesis de maestría sobre el desempeño de la Lista 15 en la década de 1960.
Oscar Destuet, el único de los entrevistados con experiencia docente no universitaria en la actualidad, opina que a pesar de las diferentes interpretaciones, en Uruguay existe un consenso de que hubo un golpe de Estado y que es algo no deseable. “Hoy todos fuimos al Obelisco en 1983 y a la marcha de los estudiantes, aunque no es así”, agrega.
Para el docente, aún existen muchos temores y miedos acerca del pasado reciente. “En las aulas, todavía es un abordaje tímido, pero no es sesgado”, afirma.
Destuet advierte que la reticencia a abordar estos temas, por temor o presión en el caso de los colegios, no es exclusiva de la historia reciente, ya que con el Holocausto ocurre algo parecido. “Existen docentes que dicen: ‘No tengo elementos para darlo en clase’”.
Monólogos.
José Rilla, que sigue estudiando los usos del pasado, opina que existe una “controversia natural entre los partidos políticos y la academia, porque a menudo se producen monólogos que no dialogan”. Advierte además que “la historia es cada vez menos necesaria para organizar un discurso político, porque lo que se produce es más un relevo de liderazgos y no de pensamiento político y el peso se lo lleva la gestión, que no necesita tanto respaldo histórico”.
Para el historiador, es evidente que hubo un retraso en el reconocimiento del terrorismo de Estado. No obstante, reconoce los éxitos de Sanguinetti tanto en la transición a la democracia como en la construcción de un relato.
También opina que la historia ya no provoca grandes discusiones y que “el tema del pasado perdió temperatura”, de modo que “los usos del pasado son ahora más superficiales, precarios y fríos, quizás porque la gente prefiere estar conectada a Internet”.
Información Nacional
2018-08-16T00:00:00
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