N° 2013 - 21 al 27 de Marzo de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn su libro La Política, Aristóteles explica las causas de las revoluciones: “Los inferiores se rebelan para conseguir igualdad; los iguales, para conseguir superioridad”. Ostensiblemente, no es el idealismo tierno lo que orienta la pretensión revolucionaria, antes bien se trata de la sed simple de posesión de lo ajeno “porque los hombres se oponen unos a otros por amor al lucro y dignidades, y no para obtenerlos en sí mismos, sino al ver que otros medran, justa o injustamente.” Su análisis excluye la posible convicción filantrópica de los revolucionarios, que están encolerizados al advertir que otros poseen lo que buenamente les puede ser propio. Quienes se aprestan a usurpar el poder no lo hacen nunca con fines ulteriores, sino por el simple anhelo de poder, tan solo para despojar a otro y apropiarse de sus galardones y hacer sus propias leyes, pero sin que esto opere en beneficio de tercero alguno. En el lúcido planteo de Aristóteles todos los terceros están excluidos.
El caso de una sonada revolución que tuvo lugar en Siracusa es en todo punto ilustrativo. En ese país dos magistrados se enemistaron por problemas amorosos. Conforme al divertido relato de Aristóteles, uno de ellos se encontraba de viaje mientras el otro cubría la vacante del colega en la cama de la esposa, lo que no fue asumido de manera cortés por el marido. Al volver ingenuamente a su patria no se cobró la ofensa en la persona de la infiel ni de su rival, como hubiera sido dado esperar, sino que prefirió lavar su honor seduciendo sin mayores explicaciones a la resentida esposa del transgresor. La clase gobernante, enterada de los sucesos que se daban en uno y otro lecho, se alzó contra la impudicia de los maridos, sin comentar mayormente sobre la de las esposas. Lo cierto es que el enfrentamiento que se dio entre las filas de los magistrados no tardó en hacerse extensivo al pueblo, que acabó dividido en dos bandos que apoyaban a uno u otro marido. A este respecto, el filósofo sostiene: “Las causas de la revolución pueden ser frívolas, jugándose grandes intereses y, aunque fueran insignificantes, tienen suma importancia cuando atañen a los jefes del Estado. (...) Eso enseña que hay que atajar los antagonismos desde su origen y esforzarse por borrarlos entre gobernantes poderosos. El error está en su iniciación; como dice el proverbio, “lo comenzado está medio acabado”; por eso el error inicial se agranda a medida que avanza. En general, la discordia entre dirigentes se propaga a la ciudad”.
Vilfredo Pareto en los parágrafos 2057 y 2059 de su Tratado de Sociología General retoma el tenor de estas observaciones, pero ahonda en un giro que me parece necesario destacar; dice: “Las revoluciones se producen porque, bien por el entorpecimiento de la circulación de la clase selecta, bien por otra causa, se acumulan en los estratos superiores elementos decadentes que ya no tienen los residuos capaces de mantenerlos en el poder y evitan el uso de la fuerza, mientras que crecen en los estratos inferiores los elementos de calidad superior que poseen los residuos capaces de ejercer el gobierno y que están dispuestos a utilizar la fuerza. Generalmente, en las revoluciones, los individuos de los estratos inferiores son capitaneados por individuos de los estratos superiores, porque en estos se dan las cualidades intelectuales útiles para disponer la batalla, mientras que les faltan los residuos que son suministrados precisamente por los individuos de los estratos inferiores. Las mutaciones violentas se producen bruscamente, y por tanto, el efecto no sigue de modo inmediato a la causa. Cuando una clase gobernante o una nación se han mantenido largo tiempo por la fuerza y se han enriquecido, pueden subsistir un poco más todavía sin la fuerza, comprando la paz de los adversarios y pagando no solo con oro, sino también con sacrificios, el decoro y la reverencia de que hasta entonces habían gozado y que constituye un cierto capital. En un primer momento, el poder se mantiene mediante concesiones, y nace el error de que se pueda seguir manteniendo así indefinidamente”.
La inquietud que es propia de la tensión política no permite nunca que eso que los demagogos llaman estabilidad se materialice alguna vez con cierta expectativa de duración. En cualquier realidad, en cualquier tiempo, las perturbaciones, los alzamientos visibles o subterráneos son los que determinan el sentido y la intensidad de las realidades.