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    La alineación de la orquesta

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2144 - 14 al 20 de Octubre de 2021

    por Rodolfo M. Fattoruso

    El Partenón —donde Praxísteles y Fidias inmortalizan o convocan la inteligencia, el porte marcial y los ojos glaucos de Palas Atenea— es la figura de la que se sirve Heidegger en un momento de su investigación fenomenológica para tratar con la esencia de la obra de arte (El origen de la obra de arte, 1937). Allí dice que la obra en tanto obra crea un espacio para que su esencia se imponga, se haga patente en lo decisivo; esto quiere significar que la obra hace el espacio para que la divinidad venga y hable o aun para que la diosa muestre su ausencia; pero lo importante: tanto una como otra realidad están en ese espacio. La obra de arte es lo que permite que la esencia tenga registro en el mundo, es decir, registro en nuestra comprensión, en nuestro acceso a ella, se haga sitio.

    Hacer sitio aquí significa liberar el espacio de lo abierto y disponer ese espacio libre en el conjunto de sus rasgos; ese acto de liberación supone quitarle connotaciones que no sean lo que la propia obra tiene para decir. Si a los elementos latentes uno los sustrae de la latencia y se los lleva a la cruda luz de lo patente, acaso su naturaleza se violenta, se desgaste, se diluya en vapores incomprensibles o vagos. Hay realidades que solo se tienen que entender en su latencia, en su intimidad, en su espacio. Por eso no se trata de correrlas hacia la comodidad de lo inmediato para poder entenderlas, sino de participar del fenómeno en su íntima complejidad, apropiarse de su esencia. Este disponer surge a la presencia a partir de lo que Heidegger denomina erigir, que podríamos ampliar con los verbos plantar, levantar, inaugurar o también con el sintagma hacer patente. Heidegger parece usar el verbo en ese sentido vívido; habla de “crear mundo”.

    A este factor que conocemos como mundo y que vendría a ser el universo de connotaciones últimas de todo proceso, de todo fenómeno, le sigue la dimensión o el factor que llama “tierra”, que vendría a ser una suerte de portante del mundo, en el caso del templo el puro mármol en el que está construido, la firme roca sobre la que se asienta, el sol que hiere en los mediodías, el viento aromado de sal que viene del mar cercano, los plátanos inquietos que ornan el ágora, el dócil marfil con que la efigie de la diosa ha sido fijada. Por separado ninguna de esas cosas tiene nada para decir salvo que son cosas, piedras, maderas, aires, colores, luces y sombras a distintas horas del día; pero puestas en relación con el universo de significaciones, con el mundo, con aquello que está cargado de sentido, soportando y encuadrando materialmente esas connotaciones aparece el templo, lo que es, para lo que fue concebido, aquello que lo explica y lo sustenta.

    Por eso se habla de erigir y aun de consagrar casi en su acepción más literal. La obra, para que la consideramos tal, para que no sea simplemente una idea o un conjunto ordenado de piedras, reclama una instalación en el sentido de un erigir consagrado y glorificador (esto proviene del elemento místico, religioso, de convertir algo en algo consagrado, esto es, saturar de sentido, de significado). Desde el momento en que se levanta un mundo, la obra templo no permite que desaparezca el material, sino por el contrario hace que destaque en lo abierto del mundo de la obra: la roca se pone a soportar y a reposar, así es como se torna roca. Los metales se ponen a brillar y destellar; los colores a relucir, el sonido a sonar, la palabra a decir.

    Esta estructura material concurre, acude a la cita, acude a la instancia que es la obra, a la instancia que en definitiva es el arte. No se trata de la pintura en sí misma o de la mera roca, sino de su articulación en un encuadre, en un signo, en una dirección, en un propósito que compromete y construye la identidad. Ahí es donde podemos decir que está la obra, cuando se completa su sentido al que contribuyen los materiales de esta y si hablamos del mármol con el que está producido el Partenón, sepamos que ese mármol trabaja hacia un foco, hacia un vértice; los materiales están alineados como los instrumentos en la orquesta, como los intérpretes que los ejecutan, como las partituras que mediante símbolos gráficos representan la melodía, como las vibraciones específicas que distinguen a los sonidos.

    El arte está en esa no visible línea de la alineación de las cosas con el sentido que las unifica; con el discurso.

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