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    La anticipación de Talleyrand

    Columnista de Búsqueda

    N° 1959 - 01 al 07 de Marzo de 2018

    En la historia, como en las cuestiones de amor, la puntualidad, la exactitud determinan el destino. Los acontecimientos que en un momento parecen deseados e inevitables no pueden postergarse a riesgo de que el hechizo se rompa, pero tampoco deben adelantarse por cuanto se corre el peligro de arrebatar la maduración del fruto, que necesita más tiempo de sol y una cierta paciencia como para desprenderse de su realidad sin que esa entrega perturbe su naturaleza y su misterioso tiempo interior. La impaciencia es fuente de infortunios; por eso se conviene en que un buen político no es el que groseramente domina la fantasía de las masas, sino el que sabe leer en ellas su singular ritmo de apropiación de las posibles realidades.

    Los grandes actores de la historia fueron maestros en el arte del timming; entendieron lo que incisivamente siempre supieron Esquilo y Sófocles y Shakespeare y Corneille, para quienes la conjugación de la espera y la velocidad es todo un arcano que algunos en algún momento, unos pocos pero memorables, saben desvelar y utilizar en su provecho. Es cierto que Napoleón tuvo algo de eso en tiempos de su primera aventura italiana, cuando era tan solo un victorioso soldado de la revolución, pero también hay que admitir que las poltronas de las Tullerías más tarde le atrofiaron un poco ese instinto y lo llevaron a confundir las intuiciones geniales con los sueños que alientan la soberbia y los malos consejeros.

    Según Talleyrand, la paz que la Francia napoleónica firmó con Gran Bretaña en 1802, el famoso tratado de Amiens, poniéndole fin al pleito que amenazó la existencia de la república francesa desde el mismo día en que se inició la revolución puso a su país en el mejor de los caminos y permitió a Napoleón liderar una época de progreso material e institucional que realizaba en clave de moderación y aprendizaje mucho de lo buscado y frustrado en el proceso revolucionario. En sus Memorias (Editorial Desván de Hanta, que distribuye Gussi) el diplomático observa esa discontinuidad de Napoleón que lo llevó sin escalas del rapto artístico que generó un gran gobierno a la ofuscación que luego de halagarlo cifraría la destrucción de su propia obra. La tesis de Talleyrand es que Napoleón debió haberse conformado con el gran país que supo construir y que el sistema internacional ahora le toleraba: “En la época del tratado de Amiens, Francia disfrutaba en el exterior de un poderío y de una influencia tales que el espíritu más ambicioso podía quedar satisfecho. (…) En tanto que se ocupaba de los asuntos exteriores, Bonaparte no descuidó los interiores. Su increíble actividad bastaba a todo. Había dotado de nuevos reglamentos a la Administración, haciéndola lo más monárquica posible. Había restablecido hábilmente el orden en las finanzas. Habían sido honrados los ministros del culto. No contento con reprimir a los partidos, había tratado de atraérselos y lo logró hasta cierto punto. No eran títulos de exclusión la cualidad de antiguo emigrado ni la de antiguo jacobino. (...) A pesar de las turbulencias prolongadas de la Revolución, las artes industriales habían tomado un gran impulso en Francia. Muchos capitales habían seguido esa dirección, y para alcanzar un elevado punto de prosperidad interior bastaba la seguridad, y la opinión general en Francia decía que Bonaparte la había logrado. De este modo los que habían prestado su concurso para llevarlo al poder tenían motivos para felicitarse. Había usado de su autoridad para hacerla útil e incluso para hacerse estimar. Podía creerse que había puesto fin a la Revolución. Al rehabilitar el poder se había convertido en un auxiliar de todos los tronos. La saludable influencia que había adquirido daba lugar en Europa al consulado la consistencia de un gobierno antiguo. (…) Hasta la paz de Amiens, Bonaparte había podido cometer muchas faltas, porque , ¿qué hombre está exento de ellas?; pero no había manifestado proyectos a los cuales no hubiera podido prestar su colaboración un francés, amigo de su país. (…) Apenas firmada la paz de Amiens empezó Bonaparte a abandonar la moderación, y Bonaparte sembraba las semillas de nuevas guerras que habían de abrumar más tarde a Francia y a Europa y conducir la primera a su ruina”.

    Los sesgos que comprensiblemente pueden esperarse de este libro que efusivamente recomiendo no son un obstáculo para asomarnos a una mayor comprensión de los temas que trata. La cercanía a veces es insustituible para abarcar el giro o la intencionalidad de los procesos.