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    La antigua amistad

    Nº 2130 - 7 al 13 de Julio de 2021

    En un pasaje bíblico, Jehová rezonga a Job que se queja de padecimientos y vacilaciones: —¿Diste tú la bravura al caballo? ¿Engalanaste de crines su cuello? ¿Lo harás brincar como a una langosta? El resoplido de su nariz es temible. Escarba en el valle y se regocija con fuerza; sale al encuentro de las armas. Se ríe del miedo y no se espanta; no vuelve atrás ante la espada. Sobre él resuenan la aljaba, la hoja de lanza y la jabalina.

    Su interpretación de este regaño divino, además de una extensa y prolija investigación, llevó a un calificado colega y amigo del alma, Romeo Otero Bosque, fallecido hace años, en un espléndido libro titulado Preparate pa’l domingo, a dar por seguro que el caballo es el mejor amigo del hombre. Está ligado a su vida desde la prehistoria y no solo como compañero de hazañas guerreras o simple transporte, sino por el vínculo a través de las carreras —¿deporte, entretenimiento, juego?— ya organizadas por simples desafíos o, también, por la atracción del azar y sus riesgos.

    A decir verdad, fue apenas su fundamento inicial para explicar las razones de la entrañable relación entre el turf y el tango, dos pasiones que él cultivó.

    Entre inicios del siglo XX y la década de 1980, Otero Bosque registró la existencia de más de 200 temas sobre esa relación, desde el primero, Pippermint (creado en 1902 por Ernesto Ponzio), que tienen la clara intención de homenajear a pingos, jockeys, hipódromos, barrios cercanos y variedad de personajes y circunstancias de la actividad hípica.

    Y si hablamos de tango y turf, hay que hablar de Carlos Gardel, claro.

    El Mago fue propietario de dos studs, en sociedad con Razzano, y de ocho caballos de carrera, de los que solo Lunático le dio, a lo largo de años, considerables ganancias. Pero quizás lo que los lectores recuerden con más precisión y cariño fue la amistad que tejió con el jockey uruguayo Irineo Leguisamo, confidente insobornable, que se extendió, día a día más estrecha, hasta la muerte del cantor en Medellín.

    Gardel cantó innumerables tangos y milongas sobre el turf. Tal vez lo más logrado —es cuestión subjetiva, de gustos— sea Por una cabeza, registrado con música de su autoría y letra de Alfredo Lepera. Una obra acerca de la cual sobreviven un par de anécdotas que despego de mi memoria como unas pinceladas para disfrute de lectores que posiblemente las hayan olvidado.

    Este tango fue compuesto para la última película de Gardel, Tango bar. Terig Tucci, su director musical, contó en un reportaje: —Habíamos trabajado mucho. Eran las tres de la mañana. Suena el teléfono y era Carlos, entusiasmado por una melodía que “había encontrado” —así me dijo—, a la que le había puesto letra Lepera y que quería incluir en el filme. Me la cantó enseguida. ¿La verdad? No sé si todavía estaba medio dormido pero no me gustó. Su respuesta fue tajante: “Mirá, Beethoven, vos quedate con tus corcheas y tus fusas, pero no te metas conmigo en asunto de matungos”. Y, bueno, como siempre, se hizo su voluntad.

    Algo más: Gardel fue grabando, entre 1920 y 1935, cual si anticipara el valor futuro de los discos, los temas que consideraba mejores sobre la hípica, 12 en total, que compiló en una placa que el sello Odeón tituló ¡Largaron!

    Cierra esa compilación, precisamente, Por una cabeza.

    Y para el final, me permito una licencia, relacionando este hermoso tango con otro arte, el cine.

    Al Pacino, un notable intérprete, fue nominado siete veces en su carrera como mejor actor o mejor actor de reparto. Su único Oscar, hasta ahora, lo obtuvo por la interpretación de un coronel retirado, ciego, que lleva a su joven guía a una aventura en Nueva York para conocer los placeres de la vida, en la remake de Martin Brest de Perfume de mujer. Se ha aludido a lo tardío del reconocimiento y al hecho de que, para la mayoría de críticos, no fue su mejor película.

    Puede ser. Pero verlo bailar Por una cabeza con una jovencita, en el restorán de un lujoso hotel, con sus ojos mortecinos y fijos, con su media sonrisa, con sus habilidades y sutiles tropiezos, es asistir a una proeza actoral. He repasado esa escena cientos de veces. Y sigo persuadido de que es la única vez que alguien, en la historia del cine hasta donde la conozco, me ha convencido de que no finge, que está realmente ciego.

    ¿Habrá contado a favor el tango elegido?

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