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    La banalización del bien

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2111 - 18 al 24 de Febrero de 2021

    El 1º de setiembre de 2016, al comienzo del último partido de la pretemporada de la NFL, Colin Kaepernick, mariscal de campo de los 49ers de San Francisco, se arrodilló mientras sonaba el himno nacional de los Estados Unidos (EE.UU.). Durante los partidos previos de esa pretemporada, Kaepernick había permanecido sentado mientras el himno era interpretado, pero la prensa no se había percatado de ello. Aunque el mariscal de campo del equipo de San Francisco explicó que arrodillarse era una forma de protestar y al mismo tiempo mostrar respeto, su gesto le costó caro. No porque nadie le hiciera caso, al revés, precisamente porque le hicieron caso: un montón de jugadores se fueron sumando a su protesta al punto que, apenas un año después, el entonces presidente Donald Trump exigía que los jugadores que se arrodillaran fueran despedidos por sus equipos.

    ¿Contra qué protestaban Kaepernick y los otros jugadores? Contra la brutalidad que las policías de distintas ciudades de los Estados Unidos ejercían contra ciudadanos afroamericanos. La protesta se extendió pronto al resto de los equipos de la liga y un par de años más tarde el gesto fue adoptado como señal casi universal de oposición al racismo. Después de colocarse en el candelero mediático con su actitud, Kaepernick vio su carrera fulminada. A pesar de haber llevado a su equipo a un Super Bowl unos años antes, los 49ers no le renovaron el contrato y hasta el día de hoy no ha vuelto a jugar un solo partido como profesional. Hacer política sin pedir permiso tiene consecuencias, incluso en sociedades que, supuestamente, son abiertas como la de EE.UU.

    Ahora, ¿qué pasa cuando esos signos, esos gestos, empiezan a ser impulsados desde el poder? La rodilla en piso es desde hace un tiempo el gesto oficial de arranque de los partidos de la Premier League inglesa. Fue justamente la federación de fútbol británica, la FA, quien castigó al uruguayo Edinson Cavani por escribirle a un amigo “Gracias, negrito”. ¿Cómo un gesto que tuvo un precio tan alto (el fin de su carrera profesional) para quien lo ejerció libremente, se convierte en el sabor del mes en tan poco tiempo? Hilando más fino, ¿ese gesto sigue significando lo mismo? ¿Sigue denunciando algo cuando los poderes que ejercen esa discriminación que se denuncia son, justamente, quienes apoyan el gesto? No hay que olvidar que fue la FA inglesa una de las últimas federaciones de fútbol de todo el mundo en aceptar jugadores afrodescendientes en su selección. Y que eso ocurrió hace tan poco tiempo como 1978, cuando Viv Anderson, jugador del Manchester United y el Arsenal, fue convocado.

    Hace ya unos años, en 1991, el teórico marxista estadounidense Fredric Jameson publicó su interesante libro Teoría de la posmodernidad. La lógica cultural del capitalismo avanzado. Allí postulaba que en las sociedades capitalistas avanzadas se había abolido el espacio crítico: ya no existía la distancia necesaria para poder criticar un fenómeno social sin ser absorbido por la misma lógica del capital que se intenta criticar. Ya no existía ese “punto de apoyo exterior” en el cual pararse para poder criticar el interior. “No solo las formas contraculturales puntuales y locales de resistencia cultural y guerra de guerrillas, sino también intervenciones abiertamente políticas como las de The Clash, son de alguna manera secretamente desarmadas y reabsorbidas por un sistema del que pueden considerarse parte, ya que no logran distanciarse de él”, concluía Jameson. Y es que para conocer a The Clash tuvimos que comprar sus discos o las entradas a sus conciertos. Puro capitalismo.

    Esa ausencia de palanca de Arquímides es hoy moneda corriente. Si alguna vez la izquierda aseguró tenerla, hoy ni se la plantea y tampoco se la plantea el resto de la sociedad. Es altamente improbable que la dirigencia de la FA que sancionó a Cavani y que ordena a sus jugadores arrodillarse en nombre del bien, se considere a sí misma de izquierda en el sentido que reclama Jameson. Pero la desaparición de la distancia crítica que permite cuestionar lo establecido parece haber sido aceptada colectivamente como la novedad de consumo más reciente y por eso la rodilla en suelo puede ser el sabor del mes, sin problemas.

    En 2021, si uno quiere informar al resto cuán preocupado está por tal o cual tema, alcanza con exhibirse con el símbolo correspondiente. Un símbolo que ya no es protesta porque no logra distanciarse del poder que lo impulsa. Colin Kaepernick se arrodilló solo, sabiendo lo que se jugaba, actuando de acuerdo con lo que su conciencia y sus recursos le dictaban. Los jugadores de la Premier actúan de acuerdo con lo que les dicta su empleador, sabiendo que la pena llega precisamente si no se arrodillan. Gesto individual vs. lógica corporativa. Distinta lógica, distinto precio. Pregúntenle a Cavani.

    El símbolo original no solo perdió su carácter rebelde. Fue asimilado, masticado, regurgitado y ahora, pervertido, se usa para operar en la dirección que el poder le asigna. Aunque se nos dice que los jugadores se arrodillan por lo mismo que se arrodilló el mariscal de campo desempleado, no es verdad. A Kaepernick nadie le indicó que se arrodillara, ejerció una libertad. Generó el espacio y usó la distancia creada para hacer su crítica. Pero sin distancia no hay crítica. Y sin crítica, los gestos son serviles a los poderes establecidos. Especialmente cuando es ese poder quien obliga al gesto. Pura ilusión de rebeldía que sirve para llenarles el ojo a ciudadanos narcicistas que creen que es más importante mostrarse con el símbolo que cambiar la realidad material que es representada por el símbolo.

    En 2020 se lanzó en Inglaterra una campaña para hacerle una estatua (más símbolos) a Jack Leslie, de quien dice la BBC fue “el primer jugador negro en ser convocado a la selección inglesa de fútbol… pero que fue sacado del equipo cuando los entrenadores se dieron cuenta de que era afrodescendiente”. La máxima junta de la FA británica está integrada por 10 miembros. De ellos, seis son hombres y cuatro mujeres, todos blancos. El poder multa a quien está debajo suyo porque puede, porque hace rato que no es cuestionado.

    No es loco conectar esa ausencia de crítica al racismo real, ese que no tiene un solo afrodescendiente en el máximo órgano de la FA (que viene anunciando cambios en ese sentido, pero que siguen sin llegar), con unas sociedades que han fetichizado el símbolo hasta el punto de confundirlo con lo real. Que escribir “Gracias, negrito” en Instagram es inaceptable, pero que cuando una junta directiva en la que todos son blancos obliga a hincar la rodilla en tierra a sus empleados (muchos de ellos afrodescendientes), está reparando una injusticia.

    Y es al mismo tiempo la más perfecta banalización del bien. Una donde el pensamiento mágico dictado por los poderes reales es capaz de subvertir el sentido de los gestos y, al mismo tiempo, venderlos como la solución a todas las injusticias. Si el bien se hace con gestos dictados por el poder, ese poder real no podría estar más tranquilo. Y al pobre Jameson ya no le quedan más uñas que comerse.

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