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Cuando el 1º de marzo pasado José Mujica le traspasó el mando a Tabaré Vázquez, el hasta entonces vicepresidente Danilo Astori y el ex prosecretario de la Presidencia, Diego Cánepa, debieron esforzarse para que cambiara de idea. Mujica quería llevarle a Vázquez la banda presidencial en una caja y dársela de ese modo. No quería cruzársela sobre su pecho, sacársela y colocársela a su sucesor, como es de estilo.
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Pero los problemas de Mujica con la banda presidencial arrancaron aun antes de asumir él la Presidencia el 1º de marzo de 2010.
En “Una oveja negra al poder”, los periodistas Andrés Danza y Ernesto Tulbovitz relatan un episodio insólito que involucró directamente a Alberto Fernández, uno de los propietarios de la empresa pesquera Fripur.
Fernández quiso tener un “gesto” con Mujica y le comunicó al entonces presidente electo que le regalaría la banda presidencial. La respuesta de Mujica lo dejó en falsa escuadra.
—¡Qué banda ni qué banda! Que Tabaré me dé la de él.
—Pero la banda es personal. Cada presidente la guarda.
—Yo no quiero guardar nada. Que me dé Tabaré la de él y solucionamos el problema. Yo se la devuelvo.
—Se lo transmito a Tabaré entonces.
Fernández habló entonces con Vázquez.
—Tabaré, te voy a comentar cómo viene la mano. Mujica dice que no quiere ninguna banda presidencial y que quiere que le des la tuya.
—¡Pero está loco!
—Es lo que quiere.
—Si es así, yo no llevo la banda a la asunción y chau. ¡Que se ponga una banda de papel!
Fernández insistió ante Mujica. Pero le dijo: “Hacé lo que quieras, pero yo no me pruebo nada”. Entonces, dice el libro, “Fernández tomó un almohadón de buen tamaño, se lo puso en la barriga y de esa forma llegó a los números con los que solicitó la banda presidencial a la Congregación Oblatas del Santísimo Redentor, encargada históricamente de realizar esa tarea”.
Sin embargo, Mujica se rehusó a retirar la banda y tampoco envió a nadie de su confianza para recogerla. La retiró Fernández, quien salió por la puerta de atrás del convento para evitar a los periodistas. En su casa, la metió en una caja de madera y la envolvió en una bolsa negra.
De todos modos, el empresario quería sacarse el problema de encima con la mayor rapidez. Entonces llamó a la chacra de Rincón del Cerro, donde lo atendió Lucía Topolansky.
—Tengo la banda y se la llevo hoy mismo. Está en una caja. No me animé ni a abrirla.
—Bárbaro, pero dice Pepe que no la traiga, que se la arrime el 1º de marzo, porque acá se va a estropear.
Fernández contrató una guardia privada para proteger el símbolo. Y al tercer día no aguantó más y se lo llevó a la chacra.
Una frase de Mujica incluida en el libro resume fielmente por qué hizo eso y muchas otras cosas: “¡El protocolo, la liturgia del poder y todas esas estupideces me chupan un huevo!”.
Los autores del libro grafican mejor que nada ese pensamiento con un relato que hacen de una visita que hicieron a la estancia presidencial de Anchorena (Colonia) junto con el ex presidente y Topolansky, con la perra de Mujica, Manuela, “indicando el camino”.
“Su cucha, hecha de una frazada vieja y agujereada, estaba al costado de la puerta de entrada. En el living comedor, la estufa de leña estaba encendida y la mesa tendida. Almorzamos un guiso con lentejas, con dos botellas de vino. Y vinieron las ganas de ir al baño. Al cerrar la puerta y pararse frente al inodoro, llegó la sorpresa mayor: la ropa interior del presidente y la de su esposa colgaban de una de las ventanas”, precisaron.
Mujica admitió, en otra parte del libro, que anduvo armado mientras fue presidente. “Sí”, dijo, “en mi casa tengo más de un fierro y a veces, cuando es necesario porque voy a andar solo, salgo calzado. Me podrán venir a limpiar, pero seguro que me llevo a alguno”.