N° 2068 - 23 al 29 de Abril de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl prontuario de René de Chateaubriand resume las tribulaciones románticas de Europa; muestra cómo la necesidad de establecer una paz fundada en derechos entra en colisión con los privilegios y también con los desmanes, excesos y furias de la democracia. La antigua tradición y los nuevos aires reclamaron el mismo suelo al mismo tiempo, y Chateaubriand, que entendió esto, debió ajustar su personalidad no tanto a sus reflejos puramente aristocráticos, sino a sus firmes convicciones cristianas, a su lectura novedosa del tesoro de la civilización occidental; por eso la sucesión de sus antipatías y adhesiones lo ilustra como símbolo vivo de su época, dado que con una continuidad sin mengua supo ser insigne resistente de la revolución, se opuso con altivo riesgo al imperio, revistó anticipadamente como ultra al momento de la restauración pero a la vez, sin retrocesos ni desvíos, mantuvo durante toda su vida la libertad como un valor positivo en las personas y en las sociedades.
Si nos acercamos a la época, entendemos algunas aparentes contradicciones del personaje. La generación a la que pertenece vivió bajo el inmenso trauma de la revolución. Muy pocos entre los adversarios de la revolución, ya sea por sus convicciones religiosas o su afiliación social, escaparon al reflejo del rechazo total de todo el horror que podía evocar el ideal de un Estado respetuoso de la libertad; la cadena de asesinatos y desdichas que tuvieron lugar en los cinco o seis años primeros de la revolución rodearon a esta entreverada aventura de un halo tenebroso y largamente amenazante. Este rechazo los hizo precisamente reaccionarios, hombres cuya postura es la primera en resistir los vientos dominantes de sus tiempos. No es el caso de Chateaubriand, que efectiva y valientemente se posicionó en reacción a la revolución, pero que nunca tomó el camino recalcitrante, ese que pretende dejar en suspenso el clamor de la historia solo para fijar la imposible estampa de un idílico universo anterior a 1789.
Esta posición no siempre se percibe tan claramente como debería, siendo que fue figura principal del partido de la Restauración. Pero a diferencia de la mayoría de los miembros de esa facción nunca reclamó replicar pasivamente el antiguo régimen ni tampoco se abstuvo de ejercer su libre opinión. Criticó muchas designaciones de Luis XVIII que parecían continuar los peores derroteros de la política que había seguido el aborrecido imperio en materia de seguridad pública y de libertades ciudadanas. Vio en estas prácticas no solo peligros para los derechos, sino algo un tanto más grave para alguien de su escuela y temperamento: vio la marca distinguida, universal y grosera del gran derivado que observa en todos los corredores de la política y que tanto lo irrita, a saber: la mediocridad, esa falta de grandeza y de compromiso, de inteligencia y de moral que parecen ser indispensables para obtener sucesos en las realidades que hacen de la flotación pasiva toda una vertiginosa carrera de servicio al público. No es raro que ese desencanto lo acercara desde 1824 a los doctrinarios liberales e incluso, después de 1830, a los republicanos.
Chateaubriand fue contradictorio en términos lineales, pero sustancialmente coherente: se levantó contra el despotismo napoleónico, luego estuvo a favor de un gobierno representativo y constitucional y de la libertad de prensa. Y aquí viene lo interesante: esta posición comprometida con la libertad arraiga en una lectura completamente original de la historia de Europa: es el cristianismo lo que, según él, funda la libertad individual tal como la conocemos y somos capaces de morir o matar por ella. Una paradoja violenta en un momento en que la revolución había afirmado traer libertad y abolir la religión. Chateaubriand nos va a indicar que la libertad está en la cruz de Cristo, desciende con él; no viene del pueblo, no viene del rey; no surge del derecho político, es un derecho de la naturaleza; algo que emana de Dios, que entregó al hombre a su libre albedrío.
Para Chateaubriand el cristianismo es también un programa político; dice que la defensa de la libertad pública comenzó con la resistencia pasiva de los mártires al imperio romano y continuó con la demanda de libertades feudales contra el poder central. Contrariamente a la retórica de los constituyentes, no creía que la monarquía centralizada fuera la expresión suprema del feudalismo: resultó más bien para él la negación de las buenas libertades medievales.