N° 1854 - 11 al 17 de Febrero de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHace este año un exacto cuarto de siglo que en Rusia, bajo el gobierno de Yeltsin, primero se prohibía la actuación del Partido Comunista y luego, para algarabía de la humanidad en general e indecible gozo de los rusos en particular, se disolvía esa siniestra asociación política que había sumido a las personas en uno de los regímenes de vida más espantosos y crueles que conoció la historia. De este modo se le ponía fin a un proceso de profundas transformaciones que culminarían, a los pocos meses, con el desmembramiento de la antigua Unión Soviética.
El libro de Serhi Plokhy El último imperio. Los días finales de la Unión Soviética (Turner, que distribuye Océano) es el relato informado y apasionante de este proceso que comenzó con la catarata de muertes de los perversos ancianos que detentaban el poder: en 1982 murió Breznev, que había endurecido las condiciones de opresión luego de la aparente y esporádica liberalización de Kruschev; bajo su dominio recrudecieron la carrera armamentística, los hospitales psiquiátricos como solución para ciertos disidentes empeñados en luchar por la libertad, la deportación a los campos forzados de trabajo en Siberia de cientos de miles de disconformes, la acentuación de la política de penetración y conspiración en diversos países del mundo, la invasión a Checoslovaquia y la brutal represión que la siguió. Dos años más tarde moriría su sucesor, Andropov, hombre fuerte del KGB, estratega cínico y brillante; a esa muerte siguió la de Chernenko en marzo de 1985, que esperó varios años su ascenso y que apenas pudo resistir diez u once meses en el trono del Kremlin. Recién entonces trepan varios lugares Gorbachov y Yeltsin, el primero de los cuales asumirá la jefatura del Estado con gestos de apertura, siendo el segundo la figura más importante del Partido Comunista, y, por esas cosas del destino, el que habrá de dar el salutífero tiro de gracia a esa inexplicable tragedia de frustración, fanatismo y desprecio de la dignidad humana que fue el comunismo.
A poco de asumir Gorbachov, la central nuclear de Chernóbil sufre un accidente de terribles consecuencias. Decenas de miles de personas y cientos de miles de toneladas de alimentos se afectarán por varios años, poniendo de relieve la incapacidad del Estado socialista en la previsión, en el mantenimiento y en el manejo de dicha crisis. El proyecto del presidente Reagan de desplazar la carrera armamentística al espacio sideral y aplicar cuantiosos recursos a los renglones electrónicos de la esfera militar acabaron por mostrarles a los dirigentes soviéticos que nunca podrían hacer frente a la paridad militar que los había entusiasmado hasta entonces; si a esto se añade la rebelión de los pueblos sojuzgados de Alemania, Hungría, Checoslovaquia, que se sacudieron el yugo de gobiernos corruptos y totalitarios manipulados desde Moscú, tenemos que los días de la URSS habían llegado a su fin. Esos días, precisamente, son los que pone en contexto y presenta perfectamente en el orden político, militar, cultural y de las relaciones internacionales, el libro de Plokhy que recomiendo de modo entusiasta.
Para quienes echen de menos el costado más cotidiano del proceso y busquen comprender no tanto qué pasó sino cómo pasó en la gente común, ruego, más que recomiendo, la lectura del libro de Svetlana Aleksiévich El fin del Homo sovieticus (Acantilado, que distribuye Gussi), que es una reunión de reportajes y crónicas que tienen por centro a personas casi anónimas dando testimonio de lo que vivieron en el paraíso marxista, de cómo fue su vida, sus sueños, sus miedos y también sus juegos, diversiones y los pequeños tropiezos y las pequeñas esperanzas de cada día.
Es este un libro que fácilmente hay que inscribir en la estirpe a la que pertenecen la obras de Norman Mailer, de Truman Capote, de Tom Wolfe; esto quiere decir: literatura, de la mejor, pero de no ficción, sino de cruda realidad; de una realidad que los historiadores no aciertan a abarcar, preocupados por la ley de los grandes números y los efectos estratégicos de los humores o ideas de los gobernantes. Lo que esta escritora propone y trabaja discurre por las mismas vías en que discurre el universo de Shakespeare o de Proust o de Flaubert: no busca retratar la realidad, como mediatizándola, haciéndola simplemente comprensible, sino que la realidad —como cosa inocente, como vida vivida por gente que no pudo hacer otra cosa que estar ahí como cualquiera de nosotros está donde está— es la materia con la que se produce el discurso; Aleksiévich no hace historia, ni siquiera cree que esté dando insumos a la historia; lo único que se propone y obtiene con creces es recodificar en clave de cercanía, de inmediatez, la indefensión de la existencia arrojada a las insensibles fauces de la reducción histórica. Me corrijo: es historia, pero al modo de Heidegger; historia que no se escribe, que casi no merece escribirse. Y por ello se agradece.