N° 2042 - 17 al 23 de Octubre de 2019
N° 2042 - 17 al 23 de Octubre de 2019
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa madre de todos los problemas es la ligereza, la fugacidad, el apuro; la falta de necesidad de algo vivo, de algo profundo. La palabra desarraigo, que alude notoriamente a una falta de suelo en el sentido de fundamento, acaso ayude a comprender el punto. Y si no es así, acudamos a la literatura para que nos asista debidamente: Frédéric Moreau en La educación sentimental, Ivan Ilich como actor de la novela que rememora su muerte y Jean-Baptiste Clamence, el juez penitente de La caída, tienen en común el devastador vacío desde el que dejan deslizarse indolentemente la existencia, su entrega al mundo de “otros”, su penosa ausencia de sentido trágico, de grandeza. La minuciosa trama de las innúmeras distracciones y renuncios de cada día definen esas vidas condenadas a parecerse al paisaje amorfo de las hormigas, de las masas, de las piedras. Es cierto que todos tienen un color, un ángulo que destacan —el personaje de Flaubert sueña con ser un dandy esteta y envidiado; la criatura de Tolstoi trata de cumplir moralmente con sus deberes; el farragoso abogado de Camus desde el rincón de un café holandés de tanto en tanto trae noticia de una cierta conmoción en su conciencia—, pero los tres, como la inmensa mayoría de las personas, están inmersos en una solución acuosa y turbia de lugares comunes que nos les permite salir del cómodo estupor en el que están atrapados por efecto de la resbalosa pendiente por la que discurren sin preguntarse por qué ni para qué.
Observa Martin Heidegger que estas desventuras tienen su origen en el uso y abuso de la habladuría, de la curiosidad y de la ambigüedad, tres demonios que conforman, dice, un indisimulable andamio de la estructura de la existencia en cuanto son modos en los que incurre con frecuencia la aperturidad: “La habladuría abre para el Dasein el estar vuelto comprensor hacia su mundo, hacia los otros y hacia sí mismo, pero de tal manera que este estar vuelto hacia… tiene la modalidad de un estar suspendido en el vacío. La curiosidad abre todas y cada una de las cosas, pero de tal manera que el estar-en se halla en todas partes y en ninguna. La ambigüedad no oculta nada a la comprensión del Dasein, pero solo para retener al estar-en-el-mundo en ese desarraigado ‘en todas partes y en ninguna’” (Ser y tiempo, Sección 38).
Lo que va a significar en esta parte de su tratado es que la existencia cae como por inercia en estas prácticas que la alejan de su entereza, de su ocasión liberadora. La acción conjunta de este tipo de discursos pone al Dasein en los brazos de lo inauténtico, en un equívoco permanente donde ya no importa lo que se sabe y lo que se ignora porque básicamente ambos extremos resultan equivalentes. Se puede ir de una persona a otra, de una palabra a otra palabra, de una verdad a su simétrica antinomia, de un punto a otro del mundo con la misma indiferenciada frivolidad sin experimentar nada parecido al asombro que interroga, a la duda que interpela; todo lo dado es o parece verdadero y si no lo es, no importa. Bajo estas rúbricas perdemos efectivamente toda posibilidad de acción real; las posibilidades que se abren a la existencia no nos pertenecen, en ningún sentido se relacionan con un horizonte en el que nos podemos proyectar sustancialmente, en el que habríamos de ir en busca efectiva del ser. Deambulamos, es cierto, en un mundo que reconocemos familiar; pero lo hacemos con flojedad, con desidia, despersonalizándonos en una selva de vanos tópicos, de veleidades o apetitos ocasionales, de lugares comunes, de opiniones aceptadas, de figuras consabidas y desgastadas. Toda decisión resulta así automática, socialmente anticipada pero individualmente extraña, indigna.
La palabra alemana verfallen es la que utiliza Heidegger para significar este fenómeno que llamamos caída; que no tiene la previsible connotación de extravío que habitualmente asociamos a la ingenua Eva y al dócil Adán. Esta caída, en efecto, no es un derrumbe, un desmoronamiento, sino un dejar impregnarse por el anonimato del mundo, tomar sus señas como propias; una huida. Dice el filósofo: “El estado de caída en el ‘mundo’ designa el absorberse en la convivencia regida por la habladuría, la curiosidad y la ambigüedad.”
Este rasgo del Dasein es categorialmente lo que Heidegger denominará con el sustantivo inautenticidad; vocablo adecuado si pensamos en términos etimológicos, ya que lo auténtico, según los antiguos griegos, es lo que está en persona, lo que comparece en acto.