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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl círculo vicioso que nadie intenta romper: Un electorado políticamente conservador y un discurso político cada vez más complaciente con esa psicología social (y viceversa) es igual a la permanencia del estancamiento social.
1. Un añejo problema entre la política electoral y la sociedad uruguaya. Apenas despuntada la campaña preelectoral, ya se nota la reiteración de un viejo problema tendiente al anquilosamiento entre la política preelectoral y la sociedad uruguaya: la retroalimentación recíproca entre una idiosincrasia social políticamente conservadora o muy resistente a los cambios (cuyas principales causas derivan de la composición etaria y el quietismo demográfico de nuestra población) y el discurso político que, en lugar de proponer sin reticencias los cambios drásticos o incluso revolucionarios que se necesitan, se “adecua” a esa idiosincrasia, al punto de omitir, relegar o atenuar en sus discursos políticos la entidad de los cambios que urgentemente necesita nuestra sociedad para sustentarse en el siglo XXI. Si bien apenas hemos presenciado el escenario preelectoral hacia las internas, el panorama preelectoral ya brinda claros ejemplos de esa nefasta retroalimentación recíproca y anquilosante entre la psicología social y el discurso político de los principales referentes políticos de la oposición (únicos que consideraré como ejemplos del fenómeno) y ello tanto por la forma como se van acomodando los distintos aglutinamientos políticos de los partidos como en el discurso político de los principales precanditados. 2. Mi percepción del panorama preelectoral puede ejemplificar el fenómeno. Veteranos políticos que alcanzaron en dos oportunidades la presidencia, como es el caso del Dr. Sanguinetti, comenzaron con lo que nos pareció un sano y apropiado (a su edad y trayectoria) acercamiento de apoyo a nuevos y promisorios políticos de su partido (caso del Ec. Talvi), pero no llegaron a nada y no sabemos ni sabremos nunca si ese acercamiento no tuvo otras intenciones. Porque lo cierto es que actualmente el veterano político ya está formando o reeditando su propio aglutinamiento político sobre viejísimas bases que creo nunca podrán llegar a ser siquiera “flores nuevas de romances viejos”. Nuevos políticos que comenzaron proponiendo cambios revolucionarios en las áreas sociales más desatendidas, prioritarias y potencialmente más idóneas para generar los cambios sociales radicales que necesitamos como la educación, incluso superando la mera explicación de la problemática educativa pública para indicar algunos medios muy interesantes a emplear para comenzar con esta gran causa nacional, han ido atenuando su discurso, quizás, para evitar que se los perciba como demasiado “revolucionarios”. Mientras otros, quizás la mayoría, han evitado hasta ahora publicitar sus propuestas de gobierno o profundizar en ellas por la vía del “silencio hablado”, suprema forma de la demagogia (Ej.: la empleada por el Sr. Sartori) o se han centrado tanto en solo alguno o algunos problemas consecuenciales puntuales y de la sociedad uruguaya (Ej.: la seguridad pública) que todavía casi no han realizado propuestas en otras áreas —a mi juicio— más importantes que la seguridad (porque ella depende de otras más prioritarias, que la determinan sin perjuicio de la inmediata eficacia del aparato represor), es decir, no solo la actual seguridad pública sino la del futuro (caso del precanditato nacionalista Dr. Larrañaga), mientras que otros precandidatos como el también nacionalista Dr. Lacalle Pou ha autolimitado y atenuado tanto su discurso que, además de ceñir sus propuestas a aspectos secundarios a atender por un próximo gobierno, centró su orientación estratégica en el concepto de “evolución” que es —precisamente— lo contrario de los cambios revolucionarios que se necesitan. Esta gradación de distintas intensidades de conservadurismo de actitudes políticas que van haciéndose cada vez más conservadoras, con todo respeto por todos los aspirantes, a nosotros nos demuestran la dificultad o imposibilidad del sistema político de enfrentar al pueblo con la plena verdad y las propuestas revolucionarias necesarias por miedo al rechazo ciudadano que podría causar esa psicología social conservadora. Todo lo contrario de lo que deben hacer los políticos siempre, más aún los del Uruguay actual, que deben entusiasmar y movilizar a los electores (aspecto emocional y espiritual de la política que no se debe soslayar). 3. Lo que quiero decir cuando hablo de cambios revolucionarios en las áreas problemáticas prioritarias del acontecer nacional. No me refiero al concepto —diríamos— tradicional de revolución (cambio brusco y, en general, violento de un orden social por otro) sino a la edificación de bases institucionales, políticas, económicas, culturales, etc., absolutamente nuevas, que permitan lograr con éxito una revolución educativa, productiva, cultural, de vivienda económica, de captación de inversión extranjera y redimensionamiento del Estado, etc., que no cambian la concepción constitucional de nuestro Estado como democrático, liberal y social de derecho sino todo lo contrario. Se trata de realizar los cambios radicales que —a mi parecer— garantizan la sobrevivencia de esa forma de Estado y, por ende, de la Constitución (y aún más, su completo acatamiento por el deterioro que ha sufrido el mismo durante el actual gobierno), por la vía pacífica y constructiva, es decir, de construir lo que a este país le falta para que llegue a ser el marco poblacional, territorial y de ejercicio del poder sobre una sola sociedad nacional integrada; repito, una sola, sin las fracturas socioeconómicas que tenemos hoy que nos hacen cuestionar si realmente estamos ante una o varias sociedades en difícil coexistencia, que hace tiempo están enfrentadas mediante la proliferación y continua multiplicación de la delincuencia y consiguiente inseguridad de los demás, para construir y/o reconstruir todo lo que falta y se ha desconstruido en los últimos tiempos. 4. El coraje de expresar la verdad plena acerca de los principales problemas nacionales y sus soluciones según las diferentes posiciones es la responsabilidad principal de los políticos aspirantes a ocupar los cargos del próximo gobierno. La posibilidad de romper el círculo vicioso entre una psicología social conservadora y la complaciente adecuación de los políticos a ella, depende –según creo— de ejercitar y cumplir una ética del coraje por cada protagonista, para expresar y explicar conforme a la verdad y con absoluta sinceridad al electorado los grandes problemas nacionales y sus propuestas de soluciones. Es el gran tema de la comunicación entre los aspirantes y el electorado, en el que debe primar esa verdad y sinceridad desterrando el miedo, la insinceridad o reticencia para encarar la contienda electoral como aquella en la que la ciudadanía pueda valorar fácilmente la calidad de la percepción de los problemas nacionales y de las distintas propuestas de cambio de los políticos que compiten. No es una tarea fácil, porque siempre está intermediada por los datos exageradamente influyentes de las encuestas de opinión; las innecesarias y fatigosas críticas recíprocas entre los aspirantes, los intereses gremiales, las columnas de prensa de opinión, la autocensura, etc. Pero creo que es la única forma de romper el círculo vicioso de retroalimentación recíproca entre la psicología social conservadora de nuestro pueblo y las actitudes políticas de nuestros políticos, quienes en vez de dejarse llevar por esa idiosincracia anquilosante, deberían enfrentar con coraje esa psicología social del temor al cambio para emplear en todas sus expresiones la honestidad intelectual, la sinceridad, claridad y el entusiasmo que se debe y puede emplear en la política. En gran parte, de esto depende —según creo— la posibilidad de encarar la construcción y reconstrucción de un país mejor para todos en paz, con la sustentabilidad de futuro necesaria para acompasarnos con el mundo del siglo XXI.
Luis Benjamín Manzoni Rubio
CI 1.785.089-6