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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáOportunidad para una mejor democracia. Ante la perspectiva de un probable cambio en la titularidad del poder gubernamental y que dicho cambio no implique un nuevo descaecimiento de básicos principios democráticos —como ha quedado de manifiesto en los últimos tiempos— y sí el comienzo de un tránsito hacia una mejor democracia, deviene oportuno dar a luz, previo a las instancias electorales que se avecinan, las siguientes reflexiones.
No puede desconocerse que el mundo contemporáneo es testigo del desmoronamiento de las ideologías del “bienestar para todos los seres humanos” y de la “sociedad feliz de los iguales”, que tuvieron impulso a partir de la Revolución Industrial.
Han perdido toda confiabilidad las elaboraciones teóricas en las que se hacía caudal de que la civilización emergente de ese hito industrial, tenía ante sí la famosa “opulencia” y la indiscutible “participación igualitaria de la riqueza”. Por el contrario, el contexto político y económico del planeta demuestra el implacable agravamiento de la brecha entre las áreas de apropiación y los grandes núcleos de dominación.
El incesante aumento de población marginada (según la FAO, ¡¡¡en este año 2019 42.500.000 de latinoamericanos padecen hambre y 822:000.000 humanos lo hacen en todo el mundo!!!), el abusivo y hasta inhumano uso de la fuerza de trabajo en muchas regiones, el despilfarro de materias primas y recursos energéticos por parte de los más poderosos, la acumulación de potencialidad nuclear destructiva de toda manifestación de vida, el incontrolable atentado contra la naturaleza (véase la tala y consecuentes incendios en el Amazonas), los fanatismos étnicos o religiosos de cúpulas gobernantes y de grupos radicalizados (ISIS, etc.), los insostenibles niveles de contaminación y polución, la violencia y desequilibrios sociales de toda índole, el incontrolable tráfico y consumo de la droga alienante y sus escalones de delincuencia, la desenfrenada corrupción entre agentes del poder político y el poder económico, son todas expresiones que resultan incompatibles con las relaciones de paz, justicia y solidaridad, con la reducción de la agresión a la naturaleza, con el no agotamiento de los recursos no renovables, con los requerimientos de los ciclos ecológicos y, en definitiva, con las condiciones naturales y sociales que hacen a la calidad de vida de las personas.
Por otro lado, tanto los adelantos científicos como tecnológicos solo posponen la inmediatez catastrófica, pero no revelan aptitud para evitar el tránsito inclemente hacia una utopía de destrucción. Hacia sociedades en las que abunda el nihilismo, que generan cada día más espacio humano que no consume y que, paradógicamente, se consume. Pese a lo que afirman sus aparatos de dirección y sus pregoneros diseminados urbe et orbi —en la mayoría, dictaduras de izquierda o de derecha o autoritarios gobiernos provenientes de meros formalismos electorales— de que los cambios hacia un mundo mejor sobrevendrán algún día porque están inscriptos en su discurso ideológico o teológico, la realidad demuestra que tales cambios se encuentran desvirtuados por la cada vez más paupérrima situación de las grandes mayorías. Basta para ello observar en nuestro cercano entorno geográfico la actual realidad venezolana, la del nordeste brasileño, la de varios países centroamericanos y aun la de algunos otros sudamericanos vecinos al nuestro. Sin desconocer la más alejada y trágica realidad que padecen las grandes mayorías en tierras africanas y asiáticas.
La necesidad de cambiar las actuales relaciones sociales y de construir un nuevo orden democrático, diverso al impuesto por el capitalismo tipo Trump y al que pretende el mundo del colectivismo burocrático discípulo del marxismo, se ha convertido en una exigencia cuya prioridad y urgencia están determinadas para la propia supervivencia de la democracia.
No obstante, ante esa necesidad de cambio se contempla, por el contrario, un profundo escepticismo y desaliento. Especialmente notorio en las generaciones más jóvenes. Y ello deriva de que las vías hasta ahora propuestas han probado ser caminos errados o callejones sin salida. Solo han significado proposiciones que mantienen a gran parte de los pueblos en situación de frustración y descreimiento. Nuestro Uruguay es revelador a este respecto. Basta para ello tener presente el nivel de suicidios en nuestros jóvenes y el pobre porcentaje de participación democrática en las últimas elecciones internas —tan solo un escaso 40% de los habilitados— que constituyen síntomas elocuentes de esa frustración y descreimiento.
De ahí el imperativo ético en proponer una nueva visión del presente y del futuro. Una visión capaz de condensar las aspiraciones y requerimientos de las grandes mayorías y, especialmente, de las nuevas generaciones.
Y como punto de partida de esa nueva óptica deberá tenerse en cuenta que el avance en las áreas del conocimiento científico ha superado el enclaustramiento ideológico de las concepciones políticas hasta hoy prevalentes. Cada vez es más improbable encerrar el desarrollo científico-tecnológico en el marco de las posturas político-ideológicas que han prevalecido en los últimos tiempos. Las nociones de fuerza y materia, de espacio, de tiempo, de causalidad, etc. sobre las cuales se fundamentó desde el “idealismo” de Kant, hasta el “materialismo” de Marx y Engels y de sus aún seguidores, se han visto superadas y enjuiciadas por las actuales conquistas de la ciencia. Realidades que todavía no han sido de recibo ni debidamente asumidas por las organizaciones políticas vernáculas y por las no vernáculas.
Los logros de los avances científicos han puesto en controversia el “cientificismo” de muchos conceptos que han servido de base a las ideologías del “este” y del “oeste”. Se oponen al materialismo histórico marxista como regulador objetivo e inexorable del tránsito hacia la “sociedad feliz de los iguales” e impugnan las bases mismas del racionalismo como jerarquía conceptual y paradigma del capitalismo salvaje que haría de la economía política —contra toda evidencia real— el soporte racional aplicable al conocimiento del hombre y al mejor desenvolvimiento de su vida social.
Una nueva y renovada propuesta de cambio debe enfrentar esa crítica realidad actual a través de un proceso rector de transformaciones en las relaciones sociales que, para que sea válido y no aparente, debe darse en el seno de las propias relaciones entre los individuos y no puede ser determinado o digitado por una instancia exterior a esas relaciones.
En este principio capital debe concebirse el fundamento básico de una verdadera democracia. En la existencia de una corriente transformadora que en vez de provenir de “laboratorios” ideológicos y ser administrada y aplicada por “cúpulas” o “élites”, tendrá origen en el escenario de vida las grandes mayorías y será dirigida por, y para, estas.
Y hacia ese objetivo debe inscribirse una vertiente renovadora —en el sentido de mudanza o nueva forma en el estado y gobierno de las cosas— para que pueda considerarse como expresión de cambio. Formular y llevar a la práctica con carácter permanente las cuestiones susceptibles de movilizar a todos los agentes sociales, no solo a las organizaciones políticas, en la impugnación y superación de todas las formas de agresión que se ejercen contra los individuos, contra los grupos y contra el entorno de la naturaleza.
Con esta idea-guía —que no partido-guía ni Estado-guía— se podrá avanzar hacia la conformación de una red de relaciones sociales que permitirá la conformación de estructuras democráticas y de amplia participación, asentadas en una visión pluralista. Interactuando movimientos sociales y organizaciones políticas en la común tarea hacia la transformación. Participación global que no debe quedar restringida al campo de la institucionalidad política, sino en una presencia abarcativa en todo el contexto de la vida social.
Ese pluralismo participativo, en el que deben jugar roles relevantes los jóvenes y mujeres —históricamente desplazados— lleva ínsito el respeto y tolerancia de las diversidades y de las convergencias. Consecuentemente, el propósito de la forma democrática y colectiva para la conducción de los distintos modelos organizativos. De esa manera se sustituirá la presencia de las “vanguardias” y los “cuadros”, expresiones de concepciones uniclasistas que han demostrado en la vida real desconocer la libertad y efectiva participación. También se evitará la tentación o tendencia a caer en sobredimensionar el personalismo o en la sumisión a la omnipotencia del “líder”, “caudillo” o “conductor” indispensable.
La incorporación y fortalecimiento de las estructuras organizativas de la sociedad determinará una cada vez mayor descentralización del poder en todos los ámbitos. Esa acentuación de la horizontalidad en las relaciones sociales globales irá suprimiendo los tradicionales canales de verticalismo, autoritarismo, centralismo y dirigismo en los que hoy se consolidan y será el fertilizante más efectivo que nos conducirá a la socialización del poder, para consagrar superiores formas de libertad, justicia y solidaridad entre los seres humanos y para la desalienación de la utopía de destrucción y desastre ecológico que hoy se nos impone.
Sobre estos criterios básicos, que constituyen un punto de arranque, debe asentarse una articulación conceptual que pretenda constituirse en una propuesta válida para el cambio. Construida desde “abajo”, por los de “abajo” y para los de “abajo”. Para avanzar hacia una verdadera democracia participativa y con igualdad de oportunidades. Algo de lo que en cierta medida promovieron algunos de los partidos políticos nativos a principios del siglo pasado y luego desvirtuado. Ante la proximidad de una parcial participación de ejercicio democrático relativo a la institucionalidad política de nuestro país, las precedentes reflexiones, si fueren compartidas, deberían cotejarse con los programas y relatos discursivos de los distintos partidos y candidatos, a fin de analizar cuál o cuáles de los mismos se les aproximan y apoyarlos con su voto. Avanzaríamos hacia una mejor democracia.
José Luis Corbo Cervieri