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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLe solicito tenga a bien publicar esta mi respuesta a la carta del Cardenal Sturla, publicada en ese medio el 2 de setiembre próximo pasado.
Como cristiano practicante, he leído en el semanario Búsqueda, un resumen de su extensísima carta pastoral: ¡Devuélveme la alegría de tu salvación! y ya que Ud. gustaría de recibir respuestas, le envío la mía.
Lo veo hondamente imbuido y preocupado por la separación y rechazo de la sociedad actual uruguaya a las pautas y enseñanzas de la Iglesia católica sobre civismo verdadero. Es un hecho. Pero… ¿es que el cultivo de la vida espiritual y de las sanas enseñanzas de la Iglesia no interesan más a las familias y a las distintas capas sociales creyentes, agnósticas o no? No lo creo.
¿Se puede ser persona humana, tirando por la borda toda modalidad que cultive un modo de ser de respeto y amor al prójimo, cual lo inculca la prédica de la Iglesia, y que es base insoslayable de justicia social? Ciertamente no.
Pero entonces ¿qué explica algo de la prescindencia y hasta desprecio de las actitudes bienhechoras de la Iglesia para el mejor ser uruguayo?
¿Solo incredulidad? No parece.
¿Quiénes deben evangelizar, instruir y catequizar a la sociedad: niños, jóvenes, adultos, familias, matrimonios, juventudes, sociedades intelectuales, patronales y sindicatos de empleados y obreros? Resumiendo: obispos, sacerdotes, diáconos y laicos comprometidos.
Monseñor, no vemos en su carta una interrogante sobre la genuinidad de los mensajeros. La maduración de las “señales de los tiempos”, que ustedes los obispos se esfuerzan en analizar e interpretar como “voz de Dios”, y lo son, nos muestran el valor de la autenticidad como ineludible condición que debe revestir el mensajero. ¡Ser auténtico y ser feliz! Carta de presentación del vocero, ¡alegría de Ser y Parecer!
Sin embargo, la vida personal celibatal obligatoria de los sacerdotes está día a día presentándose “en público” como profundamente antivalor y antimensaje: El celibato obligatorio como condición sine qua non y la economía limosnera de los clérigos, son un creciente obstáculo a la escucha y aceptación del mensaje evangélico, tan necesario y constructivo. ¡Esta vida así planteada es cada vez más irreal y denunciada, e injusta también con quien la practica correcta y heroicamente. El Medice, cura te ipsum, parece devolverle la sociedad y estar debajo y enfrente de su acusación de “secularización polar” de la Iglesia misma.
Sin excusas: hay mucha contradicción entre el mensaje y muchos mensajeros. El solterismo obligatorio de tantos mensajeros, amén de los estilos palaciegos de curias romanas y vestimentas fuera de épocas, son una muralla infranqueable para la atención y comprensión de las juventudes de estos tiempos.
La Iglesia de cercanía y misionera tan necesaria implica cambios sinceros, humildes y previos, diría radicales de los mensajeros de la siempre “buena noticia de Jesús, el carpintero de Nazaret”.
Monseñor, ¿por qué no aprovechar el sínodo próximo en Roma y la Asamblea Sinodal Latinoamericana, para dar respuesta sincera y humilde a estas exigencias de cambio en los Mensajeros de la Paz, que bajan de la Montaña de la Vida hacia todos los estratos sociales?
Un cura del amor virginal voluntario y hecho no de la disciplina perimida, sino por la vocación del Espíritu, libremente aceptado y profesado, y un clérigo del amor matrimonial (Mysterium Magnum, según San Pablo ), no será por fin bienvenido y por qué no, fructificará en apertura de los hombres y mujeres, chicos y adultos de estos tiempos a dar oídos al auténtico mensaje del vivificante Amor Cristiano.
¡Creemos no equivocarnos, que, si una honda y sincera puesta al día de la vida social y económica de los mensajeros, siempre necesarios, se anunciara en próximos meses, estallaría entonces, el más grandioso aleluya, en todos los ámbitos de la Vida de la Iglesia, y de Toda la Tierra! Urbi et orbi.
De esta manera, quizás devolveríamos una aguda y obligada respuesta a su “Devuélveme la alegría de tu salvación”, y sería un conmovedor ejemplo de conversión y cambio, ofrecido al mismo Universo.
Monseñor, gracias por leernos, y una súplica: dejen que el Espíritu Santo sople y barra todas las viejas secularizaciones de la bienhechora Iglesia de Jesús para el Uruguay y para el mundo.
Como el mismo Jesús, allá en Samaría, junto al Pozo de Jacob convidara a la indiferente samaritana a beber de su agua de fe evangélica que la transformó en evangelizadora, así, los nuevos sacerdotes, libremente solteros o matrimoniados, ambos personas honorables, con la gracia del mismo Dios, podrán felizmente abrir los oídos de los uruguayos, sobre todo de los jóvenes, y florecerá nuestra Iglesia nuevamente.
Angel Alfonso Jaureguy
CI 615.643-3