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    La casa del ser

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2127 - 17 al 23 de Junio de 2021

    Solo cuando el pensamiento piensa en el ser realmente está pensando. Todo lo que no sea el pensamiento en el ser es un pensamiento técnico, meramente óntico; algo que no está en la esencia, en el giro puro del pensamiento. Tal es lo que enseña Heidegger desde su Carta sobre el humanismo (Alianza Editorial, 2013), donde afirma entre otros extremos de apertura que aquello que el pensar le ofrece al ser consiste en que el pensar el ser llega a través del lenguaje. El acto del pensar es un acto del lenguaje, de las palabras. Con esto estamos pisando el antiguo territorio reservado a los dioses, a los poetas, a la desaparecida filosofía primordial: la palabra hace posible el ser, establece su acceso.

    Para Heidegger es el lenguaje lo que nos permite pensar y, si pensar es pensar en el ser, el lenguaje, dice Heidegger, termina por ser la casa del ser. En el lenguaje habita el ser. El lenguaje es el que formula la pregunta, es el que titubea, el que piensa, el que interroga: pensar es interrogar. Nos ha dicho en otros trabajos (por ejemplo, el que recoge el curso “¿Qué significa pensar?”) que la única pregunta que la filosofía ha venido rehuyendo durante 2.000 años es la pregunta por el ser. El ser es lo que hace que una cosa sea lo que es y no otra cosa; es aquello que puedo pensar como lo que es. El pensamiento siempre es pensamiento del ser, no pensamos en otra cosa. No se debe confundir este con la imaginación (que solamente representa) ni con el pensamiento técnico, donde pensar implica el acto de un sujeto respecto de un objeto dado. Si no se quiere abandonar el campo de lo esencial, de lo olvidado hasta ahora, de lo oculto, no debe entenderse el acto de pensar como una mera racionalización de las relaciones.?Por eso el imperativo de la circunscripción ortodoxa: pensar es radicalmente pensar en el ser, y aquí viene algo importante: dado que el pensar solo es posible con el lenguaje, tenemos la formidable revelación de que el lenguaje, asumido como capacidad exclusiva de lo humano, como la verdadera humanitas que pasa por esencia del hombre, “es la casa del ser”. En la morada del lenguaje habita excelentemente el ser. De ahí se comprende la razón que lleva a Heidegger a proclamar lo que entiendo es uno de sus hallazgos más importantes en el orden de la comprensión de la singularidad del Dasein (el ser-ahí, el existente) respecto de todos los otros entes: los pensadores y poetas son los guardianes de esa morada en la medida en que la palabra, que ya suena como algo sagrado, corre el velo, funda el mundo. ?El concepto de guardia alude a la vigilancia, menta que la morada podría ser asaltada por un algo que no es de la propia casa. La guardia vigilante de los poetas y filósofos consiste en llevar a cabo la manifestación del ser en la medida en que mediante su decir la llevan al lenguaje; allí la custodian del desgaste, de la banalidad, de los usos subalternos, de la diseminación irresponsable, de la acuñación distraída u obediente. El mandato funcional de los guardianes filósofos y poetas consiste en que ellos tienen por finalidad consumar, llevar a su plenitud la manifestación del ser, plantear desde lo esencial o íntimo de la palabra la pregunta por el ser.?Los pensadores, los poetas, en su decir hacen hablar a la palabra produciendo la manifestación del ser, y lo conservan en el habla. Lo que no tiene nombre es nombrado por el pensamiento, por el lenguaje, por la poesía. La poesía y la filosofía, que en este plano son la misma cosa, fundan mundo, designan lo que no tiene nombre, rasgan el velo. Y es entonces que Shakespeare y Virgilio, Dante, Sófocles, Esquilo, Goethe, Elliot, Ezra Pound, Joyce, San Juan de la Cruz, Calderón de la Barca nos vienen a redimir de la vacuidad absoluta, de la indiferencia de las cosas por el portento del sentido, porque vienen a salvar del olvido al ser, liberarlo del silencio o del mal uso al que fuera condenado por la repetición, los supuestos, la reducción técnica del pensar. La misión última de la poesía en sentido originario (como poiesis, como dictum, como producción, como generación de algo) es justamente de manera exclusiva y excluyente el trato con el ser. Producir mundo. Por eso es todo.

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