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    La coalición de gobierno

    Sr. Director:

    A poco de andar, Ernesto Talvi se ha convertido en el mejor candidato —y todo me lleva a pensar— que en no mucho tiempo va a asomar también como el mayor líder de la próxima década.

    Podrá parecer precipitado y subjetivo el vaticinio, quizá lo sea. Hasta puede decirse que es más propio de la imaginación, del ensueño, que del análisis, pero es lo que presiento luego de tantos avatares por estas lides.

    La razón es que ha quedado demostrado que nadie mejor que él para interpretar lo que quiere la gente. Su desmesurada capacidad de captación, a esta altura, ya nadie razonablemente la discute.

    Con su perfilamiento —empujando hacia los lados al resto del espectro— consiguió el prodigio de remontar la cuesta que separaba al Partido Colorado del sitial donde se disputa la suerte del poder.

    Sin necesidad de sobreactuar, solo mostrándose como es, encarna los ideales de un vasto espacio que va desde la centroizquierda hasta bien entrado al núcleo del centro político, y seduce y acarrea de ambos lados.

    Así —en su marcha triunfal— va tumbando uno a uno a los más robustos popes —primero de su partido— y ahora a los del resto de la palestra política en su andadura hacia el balotaje.

    Ahora bien, haber demostrado sus actitudes y aptitudes para la conquista del poder —que es el eje central de toda actividad política— no es ciertamente garantía suficiente para el cumplimiento del programa. Solo consiguiendo el papel de actor central de la necesaria coalición que todos anuncian (y talentos no le son escasos, como para merecerlo), podrá ser visto en adelante como un mojón ineludible en el rescate de la esperanza de los uruguayos.

    Tras dos décadas de un sistema bipartidista caracterizado por la alternancia (y no la alternativa, que habría sido lo deseable), sucedido luego —desde hace tres largos lustros— por una fallido y trasnochado frente popular —que hoy, consumido y corrompido, agoniza—, los partidos de la oposición asumen la responsabilidad de remplazarlo por una coalición estructurada sobre consensos bien concebidos que le permitan hacer frente al dificultoso trance que le espera y llevar a cabo el proyecto transformador.

    Pero hay un aspecto polémico, del que pende el éxito o el fracaso de la alianza:

    ¿Quienes serán, los partidos susceptibles de formar parte de la Coalición?

    Vayamos a algunos ejemplos que nos ayuden a pensar.

    En primera instancia, surge una conocida y muy antigua reflexión, que estos días citaba el expresidente Sanguinetti, de Mateo de López Bravo, político asturiano del siglo XVII que reza: “De todo excluido se hace un enemigo”.

    En 1971, cuando se discutía la integración de la coalición política que se aprestaba a nacer, el general Seregni alzó sin vacilaciones el lema Un Frente sin Exclusiones (luego, ya al final de sus días, dejó plasmado en sus memorias, un sentido arrepentimiento por no haber condenado, con más vigor, el terrorismo y a algunos sectores de su fuerza política).

    Por el contrario, Konrad Adenauer, el primer adelantado de las coaliciones de gobierno, se negó en 1949 a incorporar en la Gran Coalición al SPD (socialistas) por entender que hacerlo “sería un engaño al pueblo alemán”, dado que ambos partidos tenían programas muy diferentes. Y solo a los liberales del FDP y a los conservadores del DP, convidó a formar parte de la mayoría. Reelegido en 1953, volvió a reeditar su primera coalición con los mismos socios. Cuatro años más tarde los germanos volvieron a premiar su postura, con una mayoría absoluta en el Bundestag que le permitió gobernar en solitario, con su partido (primera y única vez que Alemania tuvo un gobierno monocolor). Años más tarde —cuando los socialistas abdicaron de sus raíces marxistas— recién consiguieron formar parte de una “gran coalición”.

    Si en la actividad política la acumulación de experiencia bastara para despejar dudas, como la jurisprudencia es para el Derecho, la integración de la coalición debería ser sí o sí con exclusiones.

    Podrá el candidato —por razones que juzgo erróneas— guardar sus intensiones, por el momento, soslayar el tema ahora porque está en campaña, pero a sabiendas de que no podrá dejar –tarde o temprano— de cruzar el Rubicón.

    Digo que es un error no pronunciarse ahora, con claridad meridiana, porque el ciudadano, cada día más, quiere saber.

    Quiere saber (y tiene derecho a saber) lo que cada partido quiere hacer y con quién quiere hacerlo y con quién no; puesto que su participación en esta decisión crucial es clave para un voto estratégico.

    En el caso particular del Partido Colorado, que ha hecho de su condición de centralidad una de sus señas más características, ninguna opacidad se debe permitir. Somos un partido de centros y nos separa un abismo, de planteos de izquierda pura y dura, como de derecha pura y dura, y desde luego, nada tenemos que dialogar con quienes se orientan en una dirección contraria a los valores democráticos y republicanos.

    Habrá entonces que establecer líneas rojas o cordones sanitarios y que la gente tenga bien claro que estamos del lado del cambio y no vamos a permitir que se nos corra para donde no queremos ir.

    Jorge E. Leiranes

    CI 1.139.971-3