Nº 2178 - 16 al 22 de Junio de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáImaginemos una bomba de tiempo. El reloj corre acelerado hacia el punto del estallido. Al momento de intentar desactivarla, al experto le dicen: “Si corta el cable rojo, detona”. El experto la desarma… y se encuentra con dos cables rojos.
El mundo parece estar ante una situación parecida a la hora de aplicar políticas en procura de incidir en el aumento o descenso de su población: si seguimos creciendo y consumiendo a este ritmo, estalla una crisis alimentaria; si decrecemos y los adultos mayores superan a los activos, estallan los sistemas previsionales y con ellos la sostenibilidad económica de toda una nación. No parece haber respuesta correcta.
“La batalla para alimentar a toda la humanidad ha terminado. (…) Cientos de millones de personas se van a morir de hambre”, escribió el biólogo por la Universidad de Stanford, Paul Erhlich, al comienzo de su libro La bomba poblacional o La bomba demográfica, como se lo tradujo al español. Corría 1968. Habían transcurrido casi dos siglos desde que el pastor y economista británico Robert Thomas Malthus intentó predecir en 1798 que el crecimiento “geométrico” de la población superaría el aumento “aritmético” de los alimentos, lo cual desataría guerras, hambre y un estallido social de escala planetaria.
El temor a un crecimiento sostenido de la población mundial se incrementó con la mejora de la salud pública, que disparó la esperanza de vida.
Pero en el otro plato de la balanza el desarrollo de la ciencia permitió aumentar de manera exponencial la producción agrícola.
Los debates acerca del manejo de las políticas demográficas generaron el nacimiento del ecologismo moderno, las corrientes feministas incentivaron sus discursos en favor de los derechos reproductivos y el aborto y algunos países se tomaron muy en serio los alertas de lo que para algunos son “los profetas del desastre”.
Mientras China lanzó su política del hijo único, acotando la ya escasa libertad que tenían las mujeres, en los países de Europa Occidental el desarrollo, al menos por entonces, iba en sentido contrario de la tenencia de hijos, en tanto que la pobreza y la exclusión son aún hoy motores del aumento poblacional.
¿Cómo están las cosas a un lado y otro de la línea que divide los discursos que alientan la baja de la maternidad y los que claman por más niños?
Naciones Unidas proyecta que los 7.800 millones de habitantes llegarán a 9.800 millones en 2050 y 11.200 millones en 2100.
Del lado de las advertencias sobre un crecimiento sostenido de la población, el panel sobre el cambio climático estimó que limitar el calentamiento global a 2 grados Celsius requerirá reducir las emisiones de gases de efecto invernadero entre 40% y 70% en 2050 y eliminarlas para 2.100.
El poeta, traductor, ensayista, matemático, filósofo y politólogo español Jorge Riechmann señaló en uno de sus ensayos que “la huella ecológica conjunta de la humanidad excede la biocapacidad del planeta (en un factor ya superior a 1,7) y que si todos quisiéramos vivir como estadounidenses o australianos necesitaríamos cinco planetas Tierra a nuestra disposición”.
Según Riechmann, si hoy no tuviésemos petróleo, carbón y gas natural, 67% de la población moriría.
Desde su postura socialista y ecologista sostiene que el problema no es tanto el crecimiento poblacional, sino el sistema capitalista y sus estándares de consumo: “Una dieta vegetariana liberaría más de las tres cuartas partes de la tierra hoy dedicada a la agricultura y la ganadería. Los insostenibles consumos de carne y pescado propios de las dietas occidentales tendrían que reducirse en 90% para permanecer dentro de los límites ecológicos”.
El demógrafo Joel Cohen lo pone de otra forma: “Cuántas personas puede soportar la Tierra depende en parte de cuántas vistan prendas de algodón y cuántas de poliéster; de cuántas coman filete de vaca y cuántos brotes de soja; de cuántas prefieran los parques y cuántas los aparcamientos; de cuántas quieran Jaguars con J mayúscula y cuántas jaguares con j minúscula”.
Un ejemplo de la situación demográfica del subdesarrollo: la República Democrática del Congo y Nigeria tienen una tasa de crecimiento de más del 3,5% y una edad media inferior a los 20 años.
Todo esto está pasando en la Tierra. Sí. Pero no es lo único. Es el reloj de la bomba de tiempo que avanza hacia el límite. Pero desactivarla, recuerden…, dos cables rojos.
El diario The New York Times editorializó y lanzó una advertencia: “En todo el mundo, los países enfrentan un estancamiento poblacional y un descenso en la fertilidad, lo que representa un rápido retroceso sin precedentes en la historia que hará que las fiestas de primer cumpleaños serán más raras que los funerales y que las casas vacías lleguen a ser algo normal”.
“En Italia ya están cerrando salas de maternidad. En China están apareciendo ciudades fantasmas en el noreste. Las universidades de Corea del Sur no encuentran suficientes alumnos y en Alemania cientos de miles de propiedades han sido demolidas y sus terrenos han sido convertidos en parques”, añadió.
En el mismo sentido se pronunció un editorial de El País de Madrid: “Tener una de las mayores esperanzas de vida al mismo tiempo que una de las tasas de fecundidad más bajas del mundo es la combinación perfecta para desencadenar una crisis demográfica”.
La evidencia rompe los ojos: en Estados Unidos, Australia y Canadá las tasas de natalidad están entre 1,5 y 2 y deben dar gracias a los inmigrantes que atenuaron el impacto de la baja poblacional.
En Japón las ventas de pañales para adultos superan a las de pañales para bebé; Suecia ha derivado recursos de las escuelas a centros para ancianos; Alemania aumentó a 67 años la edad de jubilación y estudia elevarla a 69.
En 2019, la tasa de fertilidad de Corea del Sur se redujo a 0,92, menos de un hijo por cada mujer, la más baja del mundo desarrollado.
El gobierno concedió bonos por bebés, aumentó los apoyos por hijo y los subsidios médicos a favor de la fertilidad y el embarazo; obsequia carne de res, ropa para bebé y juguetes a quienes tengan hijos. Unos US$ 178.000 millones de dólares en 15 años tirados a la basura. Los coreanos y, sobre todo, las coreanas no quieren hijos.
En estos días entrevisté al jefe de la oficina de Población de la ONU en Uruguay, Fernando Filgueira, quien dijo que las políticas dirigidas a que la gente tenga más hijos son inoperantes.
Y, si no, vean lo que pasa en Capracotta, una pequeña ciudad del sur de Italia, pleno desarrollo: un colegio preescolar tuvo que reconvertirse en una residencia de ancianos. Los organizadores de un torneo de fútbol infantil casi no logran formar un equipo.
¿Y Uruguay? Con una tasa de natalidad de 1,5 por mujer no alcanza la llamada tasa de reemplazo. Somos un país subdesarrollado, pero con el mismo problema que los desarrollados: si no aumentamos los nacimientos, no habrá suficientes activos para sostener a los pasivos y el sistema previsional eclosionará. Y el asunto no es tan lineal.
El mayor crecimiento poblacional se da en los sectores pobres. O sea, no solo habrá menos activos para sostener a los pasivos, sino que esos activos tendrán una menor formación y por tanto serán menos productivos.
Y como si esto no alcanzara, en los últimos años se ha dado un fenómeno en los sectores pobres que Filgueira y otros analistas locales no pueden más que considerar positivo: los embarazos adolescentes han caído casi a la mitad gracias al método anticonceptivo del implante subdérmico. También los activos pobres serán menos en el futuro.
Aumentar los nacimientos no será posible como se ha visto en otras latitudes. La solución, dice Filgueira, es una robusta política social que saque lo más rápido posible de la pobreza a la población más joven; que se instaure un sistema de protección a la primera infancia, ya que la meta de partida desigual no se inicia en la escuela sino entre 0 y 2 años; luego sí, una educación inclusiva que no expulse a los más frágiles; incentivos para incorporar al mercado de trabajo a las mujeres jóvenes y pobres; y políticas de protección de la familia (tenga esta el formato que tenga) como lugar de contención y cuidado de niños y ancianos.
Mucha cosa junta que requiere eficacia, celeridad y grandeza de los gobernantes para que fructifiquen en unos años. Y, si no, no vamos a desaparecer como nación, pero el sistema previsional se encamina al precipicio.
“La humanidad es la primera especie en la Tierra con capacidad intelectual para limitar de forma consciente el tamaño de su población y vivir en un dinámico equilibrio perdurable con las demás formas de vida. Los seres humanos pueden percibir la diversidad de sus entornos y cuidarlos”, cita Riechmann en su ensayo, y es verdad, pero los humanos son también la única especie capaz de producir su propia extinción.