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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMientras Venezuela vive una tragedia —cuyo final aún desconocemos— con muertos, heridos y golpeados en las calles y con un presidente que oscila entre la paranoia y la discapacidad intelectual, el “progresismo” uruguayo y el latinoamericano se prestaron a una descarnada exhibición de la miseria humana del doble discurso.
Si en algo triunfó el chavismo de Nicolás Maduro es en lograr un coro de incondicionales con las voces de Rafael Correa, Cristina Fernández de Kirchner, Evo Morales, Daniel Ortega y otros, que habiendo perdido la legitimidad de ejercicio —como el bolivariano— temen por sobre todo que se pueda repetir el fenómeno en sus países. Y, por supuesto, tiemblan de perder la lluvia de petrodólares.
En el Uruguay, donde difícilmente se pueda configurar un escenario como el venezolano, el presidente, pero sobre todo su partido el Frente Amplio, más el PIT-CNT y la FEUU, se unen sin pudor al coro y no solo por la eventual pérdida del maná chavista. Se basan, además, en una perimida ideología sesentista y sea cual fuere la información que llegue de Venezuela, seguirán el mismo camino de la izquierda con Fidel y el de los bolches con la URSS: cerrar los ojos y aplaudir como claque de focas amaestradas, en este caso al populismo autoritario de Maduro.
Particularmente, lo de la FEUU es de una incoherencia y de una mala fe que espanta. Tomó las manifestaciones que empezaron los estudiantes de Venezuela como “la mano del imperialismo norteamericano y de sus aliados locales intenta derrocar un gobierno democráticamente electo, utilizando para ello todos los recursos a su alcance y sin dudar un minuto a la hora de utilizar la más salvaje violencia política para dicho fin” (sic).
El argumento de un intento de golpe de Estado se desploma por ridículo: sería la primera vez en la historia de la humanidad que estudiantes (más algunos energúmenos que evidentemente se infiltran) y el pueblo opositor, pretendieran derrocar por la fuerza a un gobierno que cuenta con el respaldo de las FFAA, de la Policía, la Guardia Nacional, los “asesores” armados cubanos y las milicias populares, a más de grupos paramilitares como los Tupamaros. Y que avasalló al Poder Judicial, al Legislativo y al Electoral.
Recordemos que en el Uruguay de 1968, el estudiante Líber Arce murió en similares circunstancias que sus pares venezolanos, con la diferencia de que la FEUU lo tomó como el símbolo de la “represión dictatorial” del presidente Jorge Pacheco Areco, que había sido tan democráticamente electo como Maduro, con la diferencia que nadie insinuó jamás —pese a todas las insidias que se han escrito en su contra— que la fórmula Gestido-Pacheco hubiese surgido de un fraude, como sí se denunció de Maduro.
Recordemos también que en el Chile de 2011 hubo manifestaciones estudiantiles, en las mismas circunstancias murió un estudiante y la FEUU expresó “su más enérgico repudio a la represión ordenada por el presidente Sebastián Piñera”. Sin exculpar a todos los demás “progresistas”, la FEUU es el paradigma del doble discurso.
A nivel de organismos internacionales, un órgano condescendiente con la izquierda como es el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos; y dos organizaciones, Human Rights Watch y Amnistía Internacional, han denunciado la represión gubernamental venezolana. Y —más curioso— Unasur, Parlasur y Celac, además del populista honorario que ejerce de secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, emitieron comunicados bastante equidistantes con las partes.
Mientras tanto, Maduro denuncia el complot de la “derecha golpista” apoyada por los yanquis; encarcela opositores y expulsa a tres funcionarios de la embajada de los EEUU, a más de varios medios internacionales de difusión; acusa al ex presidente colombiano Álvaro Uribe de “financiar las corrientes fascistas”; agrede a los presidentes Juan Manuel Santos y Sebastián Piñera por emitir comunicados muy moderados; y amenaza a la prensa y a los manifestantes con una declaración de guerra y con llamar a las FFAA para reprimir en las calles.
El panorama venezolano es, pues, desolador. El régimen chavista es, a todas luces, un autoritarismo cubano-militar, con la presencia de miles de soldados de la isla y “asesores” en todas las reparticiones del Estado.
Por otro lado, Cuba recibe de Caracas 100.000 barriles de petróleo diarios —buena parte de los cuales revende en el Caribe— y otros aportes chavistas, como el pago al Estado cubano de los sueldos de sus médicos y demás profesionales que ejercen en Venezuela.
Usufructúan también de la asistencia: Nicaragua (U$S 13.000 millones); Argentina, Bolivia y Ecuador (varios miles de millones de dólares a cada uno); la financiación a los terroristas de las FARC y a cuanto partido o grupúsculo se declare “progresista” en el continente; así como ayudas de menor monto a otros izquierdistas amigos, entre los cuales está el Uruguay.
Se maneja una cifra que ronda los U$S 100.000 millones que ha desviado Venezuela a los países “compañeros” en los 15 años de chavismo. A los cuales hay que sumar los U$S 16.000 millones gastados en armamento y los U$S 10.000 millones de deuda del gobierno con el sector privado.
Mientras tanto, se castiga al pueblo venezolano con un desabastecimiento pertinaz: hace tiempo que en los supermercados no hay productos tan básicos como arroz, leche, azúcar, aceite, harinas de maíz y trigo y papel higiénico.
Y pese a los exorbitantes ingresos del petróleo (unos U$S 90.000 millones en 2013), la inflación es la más alta de la región, con 56,2% para ese 2013; y la seguridad empeora día a día, con unos 25.000 asesinatos el pasado año.
En síntesis, el reemplazo del “cuco” del imperialismo norteamericano por la realidad del colonialismo cubano; la aniquilación de la independencia de poderes y de la libertad de expresión; la política del terror, con el fomento y financiación de grupos paramilitares; el fraude preelectoral y electoral; las crisis económica y de infraestructura; a todo eso ha llevado al pueblo hermano de la bolivariana República de Venezuela, el tan publicitado “socialismo del siglo XXI”.
Entonces, ¿es tan difícil de entender que la indignación y el hartazgo hayan llevado a los venezolanos a manifestarse?
Adolfo Castells Mendívil