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¿Cómo acabar con la inseguridad? Los uruguayos están indignados por culpa de la violencia y parecen decirles “basta” a los delincuentes, estén drogados con pasta base o cocaína pura, sean adultos o menores, primarios o reincidentes. Se acabó la tolerancia y el tiempo de defender argumentos teóricos que la praxis ha demostrado que están perimidos (como la concepción tutelar para los menores infractores, como ha demostrado la criminología más moderna). La violencia en las calles de Montevideo y del Uruguay es un hecho que ya no se puede ocultar bajo la alfombra. Ejercer el derecho al trabajo pone en riesgo la vida de los trabajadores. Por las noches, en determinados rubros, es casi una sentencia de muerte. La violencia se ha generalizado, aunque también se especializa, por ejemplo, en el asesinato de transexuales, contra policías o contra la (ex) pareja. La violencia en todas sus manifestaciones es el tema diario en un país en vías de desarrollo que se aleja definitivamente del sueño de la “Suiza (sud)americana”. Mi función como investigador en derecho penal en un instituto internacional me ha permitido conocer muchos países de la región en los que la gente se ha acostumbrado a vivir con miedo (Honduras, El Salvador, México, Colombia, Brasil, por citar solo algunos), a tal punto que el miedo pasa a ser parte de la vida cotidiana, primer paso para desaparecer como sensación extraña y convertirse en algo normal. Cuando el miedo se “normaliza” y la población está “segura” de que tarde o temprano será víctima de algún acto de violencia, solo queda defenderse de la mejor manera contra el posible ataque y “armarse” de valor durante la espera. Esto ya ha sucedido en Uruguay, cuyo mejor ejemplo es la política criminal imperante en los últimos tiempos en relación con la legítima defensa otorgada en la gran mayoría de casos en los que se produce la muerte del atacante. Como el Estado ya no es eficaz o no puede prevenir el delito, permite que el ciudadano ejerza el derecho de defensa frente a los ataques ilegítimos de otros ciudadanos, incluso causando la muerte del atacante sin que la proporcionalidad se aplique a los bienes jurídicos en riesgo sino que ella solo sea tenida en cuenta en el modo de reaccionar al ataque. Es decir, un ataque a la propiedad por parte de un sujeto en horas de la noche puede ser repelido causando la muerte del atacante. La defensa de la propiedad justifica la muerte del atacante, como parte de la doctrina penal uruguaya sostiene y la justicia determina reiteradamente. Y a esta situación (reprobable desde la teoría garantista) hemos llegado por causa de la facticidad, y por eso se acepta por todos de mayor o menor agrado, como si nos encontráramos ante un “estado de necesidad” o “un mal necesario” debido a las circunstancias. La realidad nos conduce al reclamo de tolerancia cero con el delito, a confundir las causas de justificación con las causas de inculpabilidad, a pensar en una política criminal contra determinados enemigos de la sociedad (personas que no quieren vivir dentro de las normas del contrato social) e, incluso, a pensar seriamente en bajar la edad de imputabilidad para responsabilizar a determinados menores muy peligrosos (que como “desgracia con suerte”, al estilo Biondi, están bastante individualizados). Y no seré yo en este momento quien con argumentos teóricos recogidos de la doctrina penal y la criminología alemana pretenda hacer razonar a los ciudadanos uruguayos que sufren a diario el acoso y las molestias de vivir en el Uruguay de hoy.
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Como víctima potencial de un país en crisis de valores desde la segunda mitad del siglo XX (no se crean que esto es culpa de la izquierda, por favor, ni se pretenda sacar rédito político a esta desgracia en la que se vive), yo también pensaría dos veces antes de escribir en contra de aumentar la represión y el control contra los “asesinos” de la vida en común.
Solo quisiera decir que aumentar la represión y los controles (más penas, más presos, más muertos) tiene sus costos en la disminución de los espacios de libertad y que tal restricción tendría que estar limitada temporalmente según el principio de proporcionalidad y de justicia distributiva, pero no por cuestiones de política criminal o de defensa social. Recordemos la época de la seguridad ciudadana en la década de los 90 que ninguna solución trajo para paliar el delito pese al aumento de la tipificación penal y de la gravedad de las penas. La situación actual exige otro tipo de soluciones e indica que solo la vigilancia permanente de los sujetos peligrosos que cumplen medidas alternativas a la prisión, el monitoreo de los espacios públicos, el seguimiento mediante brazaletes electrónicos de los tiranos domésticos con orden de alejamiento de sus víctimas y el encierro de los sujetos incapaces de dar expectativas de buen comportamiento es la única solución viable para prevenir el delito. Ni el aumento de las penas, ni la creación de nuevos delitos, ni las (simbólicas) órdenes judiciales de “no acercarse” a la víctima pueden hacer nada para prevenir el delito y evitar nuevas muertes. La rebaja de la edad de la imputabilidad solo debería operar en algunos delitos determinados y para aplicar a los menores más peligrosos. El resto de los delincuentes, que son la gran mayoría, sean mayores o menores, no deben ingresar al sistema carcelario (aunque las cárceles salgan de la órbita de la Policía).
La reforma del sistema penal que se discute con extrema lentitud en el Parlamento tiene que admitir formas alternativas de resolución de los conflictos penales y recurrir a equivalentes funcionales de la pena. La reparación de la víctima (material y/o simbólica) por parte del delincuente tiene que ocupar un papel central en el sistema penal uruguayo. Ha llegado la hora de prevenir realmente el delito involucrando para eso a toda la sociedad. El Estado se encargaría en exclusiva de los casos más graves mediante la cárcel o la vigilancia permanente mediante monitoreo; y para los casos de mediana y leve criminalidad habrá que recurrir a formas de mediación o conciliación entre autor y víctima en las que la sociedad (familiares y allegados de ambas partes, vecinos y otros miembros de la sociedad) tome participación a la hora de resolver un conflicto que no es únicamente jurídico sino social.
¿Qué solución le da el sistema penal uruguayo a la víctima del delito más allá de la privación de libertad del delincuente? ¿Acaso la víctima de un hurto, una estafa, una violencia privada, solo quiere que el delincuente vaya preso? ¿Les importa al legislador y a los jueces cuando deciden según el modelo “cárcel para todos” que el autor y la víctima tengan que seguir viviendo en el mismo barrio y encontrándose a diario sus familiares en la despensa? ¿Se soluciona el conflicto social que subyace al delito con el sistema penal actual y con el proyectado? Ni la Policía ni los jueces (que también son víctimas del sistema normativo que tienen que aplicar) tienen que responder frente a la indignación popular; esa es la responsabilidad de los legisladores. Ahora bien, no basta con indignarse y protestar unos días sino que la sociedad tiene que poner un freno a su alocada carrera hacia el cambio de valores para no caer en un estado de naturaleza hobbesiano.
La inseguridad desde un punto de vista objetivo se puede disminuir, por un lado, por medio de un sistema penal que se oriente preventivamente mediante el control de los delincuentes más peligrosos y, por otra parte, por medio de un sistema penal orientado hacia los individuos involucrados por el delito (víctima, autor y miembros de la sociedad) que favorezca el diálogo, la negociación, los encuentros entre distintos actores sociales para reparar las relaciones entre ellos. El delito no es solo la lesión de la norma que hay que recomponer mediante una pena. El delito resquebraja el tejido social y rompe las relaciones humanas que hay que recomponer para continuar la vida en común.
El Uruguay tiene que reaccionar al delito violento mediante formas preventivas (pérdida de la libertad o monitoreo y vigilancia en libertad) y recurrir prioritariamente a formas de justicia restaurativa cada vez que ello sea posible. La lucha contra el delito no es cuestión exclusiva de jueces y policías sino también de mediadores, asistentes sociales, psicólogos y demás miembros de la sociedad.
Ahora bien, para que estos mecanismos alternativos puedan ser implementados se necesita de normas que autoricen su aplicación. El Parlamento tiene en sus manos el antídoto para la inseguridad, incluso para que ella disminuya desde el punto de vista subjetivo.