N° 1767 - 05 al 11 de Junio de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáA los 18 años, luego de 12 años corridos de educación formal (seis en la escuela y seis en el liceo), los muchachos no tienen ni idea de lo que quieren hacer en la vida.
Y no me estoy refiriendo solamente a los jóvenes que salen de la educación pública o de aquellos de “contexto crítico”, sino que incluyo en la lista a los colegios más “paquetes” de Carrasco. La experiencia me indica que —salvo honradas excepciones— las instituciones educativas están más ocupadas en cumplir con el “programa oficial” que en detectar los talentos y fomentar las virtudes entre sus educandos.
La educación formal en Uruguay se ha transformado en una fábrica de “inútiles sin referencia”. Es un esquema educativo pensado como actividad preparatoria a una carrera universitaria, cuando en realidad, más del 80% no siguen estudios terciarios y tienen que desenvolverse en la vida con las escuetas habilidades que adquirieron en la escuela y el liceo.
No les enseñaron a vender (ni un producto, ni un servicio y, menos, a sí mismos); no saben cómo funciona un banco, cómo crear una empresa o cómo reparar los arreglos menores de una casa. Desconocen lo que es un motor, jamás exploraron por dentro un computador y son incapaces de vincular lo que cocinan con los procesos químicos que allí operan. Imposible que un Adrià Ferrá salga de estas aulas.
La frustración que provoca estudiar cosas inútiles (como calcular el azimut de una estrella o despejar una ecuación trigonométrica) los lleva a abandonar los estudios, transformándolos en unos “ni-ni”: ni estudian (porque es aburrido) y ni trabajan (porque son incapaces de hacer algo útil).
Esto no sucede solo en Uruguay. En Estados Unidos se creó la UnCollege.org, una organización sin fines de lucro que sostiene que los costos de la educación son un asalto, que no te enseñan mucho más de lo que puedes aprender en una librería pública y que puedes tener una vida plena sin estudios formales, para lo cual te ofrecen “50 alternatives to college”, del autor James Altucher.
Hoy en día la información está en Internet, no solo en el aula. Está en forma de libros digitales, blogs, videos o cursos gratis como los de Coursera, proyecto de la Universidad de Stanford. Por lo tanto, ir a clase para ver cómo un profesor dicta apuntes, lee un Power Point o transmite sus conocimientos “en vivo” cuando podría haber grabado un video, ya no tiene sentido.
El aula dejará de ser el “abrevadero” a donde ir mansamente a beber conocimientos, para ser un caudaloso y tormentoso río que agita las aguas, como el docente agita las neuronas de sus estudiantes.
Hoy, la educación a distancia puede ayudar a cambiar este paradigma. Las personas podemos estudiar en cualquier lugar del mundo y adquirir las habilidades necesarias para la vida, no solo los conocimientos que se empeñan en transmitir desde el “programa oficial”. Como dice Herbert Spencer: “La gran meta de la educación no es el conocimiento, sino la acción”.
La educación a distancia es más variada, más barata, más democrática y logra los mismos o mejores niveles de aprendizaje que la educación tradicional, tal como lo sostiene The Sloan Consortium, la organización más reconocida para formar educadores online.
Los dirigentes empresariales deberían ser los primeros en liderar en este tema, enviando a su gente a formarse online, compartiendo esos aprendizajes con las instituciones de enseñanza y presionándolas sanamente para que formen mejores alumnos, puesto que mañana serán sus mejores empleados.
Deben comprender que el trabajo eleva y dignifica, y que no se trata solo de tener empleados más competentes, sino ciudadanos más competentes. La empresa es también una gran escuela cívica. La pregunta es si está preparando a sus “alumnos” adecuadamente para la vida.