Nº 2205 - 22 al 28 de Diciembre de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos funcionarios de los organismos financieros u otras instituciones multilaterales de su estilo suelen hablar de los países miembros con la sutileza de los diplomáticos. En esos ámbitos se entiende que no corresponde ser excesivamente duros ni usar un tono aleccionador, entre otras cosas porque en el pasado —mucho más que ahora— sus mensajes eran percibidos como de cierta intromisión en cuestiones que competen directamente a cada gobierno.
La visita que hace pocos días realizó al país Carlos Felipe Jaramillo, vicepresidente del Banco Mundial (BM) para América Latina y el Caribe, se amoldó a ese parámetro de comunicación, que es de estilo también para cualquier funcionario del Banco Interamericano de Desarrollo o del Fondo Monetario Internacional. A su paso por Montevideo, Jaramillo realizó elogios a Uruguay que también suelen resaltar otros organismos: la estabilidad institucional, el sistema de partidos, la previsibilidad y certeza jurídica, el entramado de protección social, etcétera. Más recientemente, desde esas instituciones se suele además ensalzar al país y a sus autoridades por la atención a una agenda relacionada con el llamado “crecimiento verde”, la adaptación al cambio climático y la producción sostenible de alimentos.
Pero no todos son reconocimientos y los organismos también se repiten al señalar que Uruguay precisa encarar algunas reformas estructurales que se han ido postergando o hecho a medias, y sostienen que ejecutarlas es cada vez más imperioso. El mensaje es transmitido con elegidas palabras, discretamente, como para no incomodar, y a la vez ponerse a la orden si el gobierno de turno precisa cooperación o créditos para hacer tales transformaciones.
Aunque nada del todo nuevo y en ese contexto, la representante del BM en Uruguay vertió la semana pasada en Búsqueda comentarios frescos y directos, que ojalá sacudan un poco la modorra nacional. Celia Ortega, una abogada española que hace poco más de tres años está en el país, dijo entre otras cosas que le sorprende que cuando se discute acerca de competitividad “lo que se habla es de cómo está el cambio del dólar y cómo está el precio del gasoil”, un enfoque “muy cortoplacista y limitado”, según ella, en el que estamos sumergidos por estos días. Planteó que los debates —o, mejor dicho, las acciones— deberían orientarse a cuestiones como lograr un “capital humano más robusto” o contar con mejores servicios públicos, porque “es estupendo tener casi 100% de cobertura eléctrica, pero para una empresa un corte de suministro tiene un costo muy importante en su producción”. Ni, ciertamente, es lo mismo el acceso a ese u otros servicios “en el Centro de Montevideo que estando en un asentamiento o estando en Artigas”, recalcó la funcionaria internacional.
Ortega se refirió al problema que atraviesa la educación en Uruguay con una sensibilidad inusual. “Es una tragedia lo que tenemos aquí”, dijo, y agregó que el gasto en esta área ha bajado y que es “un poquito regresivo”, en el sentido de que profundiza la desigualdad de oportunidades. Es “muy palpable que es un tema extremadamente importante, y lo que nos gustaría es que fuese más urgente. No se siente urgencia, probablemente porque con los que hablamos tenemos todos a nuestros niños en colegios privados y no son los que salen en la estadística. Cuando te dicen que solamente 42% de los niños es capaz de leer un texto simple y entenderlo, evidentemente ellos no están ahí. Y ese 42% es del total, ¡así que los quintiles más bajos imagínese lo que es!”. Y remató con una imagen dramática: “Es terrible, porque siempre la educación ha funcionado para la movilidad y la integración social, y esa escalera es la que se está rompiendo”.
Con esas y otras apreciaciones hechas en la entrevista con nuestro semanario la representante del BM no nos está enterando de nada que no sepamos los uruguayos ni su sistema político. Pero su coraje para expresarlo debería contagiar determinación a quienes tienen en sus manos la posibilidad de hacer cambios. Empezar a reparar la escalera, antes de que nos caigamos todos, es imprescindible.