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    La estafa a los retornados

    N° 1695 - 03 al 09 de Enero de 2013

    Un abogado me advirtió: “La cuestión es más fina que la simple enunciación de un artículo del Código Penal” y “los razonamientos jurídicos no son simples”. Probablemente, para la academia sea así.

    Según el artículo 347 del Código Penal, comete estafa “el que con estratagemas o engaños artificiosos, indujere en error a alguna persona para procurarse a sí mismo o a un tercero, un provecho injusto en daño de otro”. Algo similar para el uso corriente define la Real Academia Española.

    En los últimos años, el Derecho Penal ha cambiado acompasando las modificaciones sociales. Sobre esto opinó el catedrático de Derecho Penal Gonzalo Fernández, en un juicio contencioso sobre depósitos de Citymax SA en el Banco La Caja Obrera (Ficha 79/2003).

    El destacado especialista razona que la “truffa” (en italiano, el engaño astuto) no requiere como en el pasado que se monte una maniobra, una “mise en scène” para llevarla a cabo, sino que “se exterioriza mediante actos de habla, configurativos en sí mismos de engaño artificioso”.

    El ex secretario de la Presidencia, ex canciller y ex ministro de Defensa del anterior gobierno dice que la estafa se configura por “la infracción” a la obligación de decir la verdad, por “la asunción por el autor de (dar) mayores deberes de veracidad” con la víctima al no proporcionarle información y que debe asumir su responsabilidad por ello.

    Se estafa, entonces, mediante información falsa, a medias, e incluso mediante un silencio cómplice.

    Como lego, debo abstenerme del debate científico porque, además, es difícil que alguien se atreva a presentar una denuncia o que algún fiscal o juez le meta el bisturí. Abundemos sobre la estafa en el lenguaje popular, el marginal, el mismo que usa el presidente José Mujica, para quien es tan válido como el legal. Para la calle, estafar es joder, trampear, engañar o embrollar. No hay gran diferencia con el Código. 

    Tanto Mujica como la cadena descendente de jerarcas, especialmente el ministro de Relaciones Exteriores, el Departamento 20 y algunos diplomáticos indujeron en error —siguiendo órdenes, por insensibilidad o por hacer buena letra— a los emigrados que, ante la crisis, fundamentalmente europea y particularmente española, pretendían regresar a un país que les fue pintado como El Dorado, la ciudad mítica de hace siete siglos en la que presuntamente abundaba el oro.

    El aliento a regresar empezó durante el gobierno de Tabaré Vázquez y se acentuó desde 2009, cuando los uruguayos residentes en el exterior comenzaron a ser ahorcados por la crisis. Este gobierno acentuó el retorno a través de los Consejos Consultivos, pero su objetivo fue antes el voto consular que el bienestar de todos.

    Nunca se les informó a los emigrantes sobre el alto costo de los alquileres, la necesidad de garantías, las dificultades para encontrar trabajo, los salarios insuficientes en relación con el costo de vida, que hasta que tengan trabajo —Fonasa mediante— carecen de cobertura sanitaria, que en la ciudad abunda la mugre, que a sus hijos les roban en la escuela y que la inseguridad acosa. Nadie les advirtió. Por el contrario, les doraron la píldora: el país se va para arriba, vuelve a ser la Suiza de América, pueden traerse el auto y los enseres de la casa, hace falta mano de obra y, en casos extremos, les pagaban el pasaje. Así, en 2011 regresaron al Uruguay un promedio de 350 ilusionados por mes.

    Es claro que, tanto de acuerdo con el Código Penal como con el lenguaje popular, esos retornados sufrieron un daño, y los gobernantes, omisos y mentirosos, para adentro y para afuera, tuvieron un provecho (político) injusto al publicitar en su beneficio su presunta generosidad y altruismo.

    La mentira tiene lengua larga pero patas combas y cortas, como las del presidente. Un informe del Ministerio de Desarrollo Social a través de la Dirección Nacional de Política Social y la Organización Internacional para las Migraciones fue terminante: el gobierno creó falsas expectativas y los retornados padecen hoy sufrimientos de diverso tipo sin expectativas de mejora, informó el miércoles 26 de diciembre “El País”.

    Como reacción a anteriores protestas del Grupo de Retornados, Mujica se molestó: “Están acostumbrados al mundo rico y de pronto las privaciones de tener que arrancar de nuevo les duelen demasiado y los superan”. ¡Increíble! El revolucionario, el filósofo incapaz de dar una solución, se escuda en un discurso que antes hubiera sido denostado por “neoliberal”. La generosidad, el altruismo y las bondades gubernamentales fueron arrastrados por el viento del norte.

    Lo terminante es que muchos ya preparan las maletas para regresar a la crisis que abandonaron porque asumieron que en algunos países es Hollywood al lado de lo que encontraron al llegar a Carrasco.

    El Grupo de Retornados “con todo el cariño que muchos de nosotros tenemos por nuestro presidente”, rechazó sus expresiones y reclamó: “Si la realidad es que Uruguay no está preparado para recibir a los retornados, es mejor decirlo y no seguir generando falsas expectativas”.

    En buen romance, que el gobierno deje de lado la estafa a quienes volvieron esperanzados en reencontrarse con sus raíces, amigos y fuentes de trabajo luego de haber sido seducidos por desafinados cantos de sirena.

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